John Kelly (izquierda), con Rob Porter, dirigiéndose al helicóptero Marine One para un viaje con Donald Trump
John Kelly (izquierda), con Rob Porter, dirigiéndose al helicóptero Marine One para un viaje con Donald Trump - Reuters

El escándalo del asesor maltratador acorrala al jefe de gabinete de Trump

La versión del FBI sugiere que el general Kelly mantuvo a Rob Porter pese a conocer las denuncias de sus dos exmujeres

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Los peores fantasmas vuelven al entorno de Trump en la Casa Blanca, si es que en algún momento habían llegado a abandonarlo del todo. El general John Kelly, el disciplinado y veterano general que intentó ordenar con más o menos éxito desde el pasado verano el caótico equipo que rodeaba al presidente, se ha convertido en víctima del desorden que combatía. Desde que estallara hace ocho días, al publicarse las denuncias de maltratos de las dos exmujeres del secretario de gabinete, Rob Porter, investigado por el FBI, el escándalo ha crecido exponencialmente.

La declaración del director de la oficina federal, Christopher Wray, ante el Comité de Inteligencia del Senado, que contradice el calendario de recepción de información sobre las pesquisas que servía de coartada a la Casa Blanca, sitúa al atribulado general en una situación límite. En especial, porque su subordinado Porter contó durante más de medio año con un permiso provisional de acceso a información clasificada, después de que el FBI avisara de que su truculenta vida privada comprometía la obligada investigación que debe afrontar todo alto cargo.

Aunque la sucesión de fechas y de hechos salpican también a otros asesores de alto rango, lo que deja abiertas otras posibles medidas para frenar el escándalo. Frente a la primera versión oficial de la Casa Blanca, que sostenía que hasta enero no había llegado la primera información a manos del jefe de gabinete, el director del FBI precisó que la investigación a Porter por maltrato se completó en julio, cuando el informe fue remitido al 1600 de Pennsylvania Avenue. A ello añadió Wray que, a requerimiento de la propia Casa Blanca, la oficina federal amplió y completó los trabajos, que fueron enviados en noviembre.

El primero de los informes incluía las declaraciones de las dos exmujeres, pero no la declaración del acusado negando los hechos, que sería objeto de un interrogatorio posterior. Eso significa que durante más de medio año, el general Kelly habría estado al tanto de la investigación, del contenido y la gravedad de las denuncias y de las dificultades para un acusado de maltrato pudiera seguir en su cargo.

Pese a ello, cuando «The Daily Mail» publicó las declaraciones de las exmujeres de Porter el 7 de febrero, la secretaria de prensa, Sarah Sanders, aseguró que la Casa Blanca oficialmente pensaba que la investigación seguía abierta, razón por la que Porter «mantenía el permiso provisional de acceso de información clasificada». Entones, la primera reacción de Kelly fue salir en su defensa. Este mismo miércoles, en declaraciones a «The Wall Street Journal», el general insistía en que la gestión del asunto había sido «la correcta».

Sin embargo, no hay duda de que en el mes de julio cuando la Casa Blanca recibió el informe oficial del FBI, que fue a parar a la Oficina de Seguridad Personal, que aborda todos los asuntos relacionados con los permisos, bajo la dirección de Joe Hagin. Las versiones son contradictorias sobre quién más recibió la información. Algunos señalan a Don McGhan, consejero de la Casa Blanca y asistente de Trump, extremo que no ha llegado a ser confirmado. Tampoco existe la certeza de que Hagin hiciese llegar el informe a Kelly. Pese a ello, dos detalles confirmados comprometen al jefe de gabinete del presidente: que en noviembre recibió una llamada de otra expareja de Porter, Samantha Davis, alertándole de la gravedad de las denuncias de sus dos exposas, y que el propio acusado advirtió informalmente meses antes a Kelly de que tenía ese «problema» sobre sus espaldas.

La primera de sus esposas, Colbie Holderness, más discreta en los medios, se ha limitado a decir que «era verbal, emocional y psicológicamente agresivo. Por eso le dejé». La segunda, Jennifer Willoughby, que ha aportado fotos del puñetazo en un ojo que habría recibido de su marido ya en la luna de miel, relata con detalle además toda una serie de insultos y de desprecios durante los dos años que duró su matrimonio.

Por si faltara algo al vodevil en que se encuentra inmersa la Casa Blanca, Porter mantiene una relación sentimental con su directora de Comunicación, Hope Hicks. Una de las personas de mayor confianza de Trump y que, según diversas fuentes, habría colaborado con Kelly en la primera nota oficial emitida tras estallar el escándalo. Hasta ahora, el presidente se ha limitado a ensalzar las virtudes profesionales de Porter y a asegurar que tiene «una gran carrera por delante».

Mala gestión

Pero las implicaciones políticas del escándalo no se detienen. Una serie de exasesores y ex jefes de gabinete ha cuestionado la gestión de Kelly, algunos de ellos pidiendo se cabeza. Y no sólo de las administraciones demócratas de Bill Clinton y de Barack Obama. Ayer se sumó a la exigencia quien fuera durante diez días director de Comunicaciones de la Casa Blanca, el controvertido Anthony Scaramucci: «Es inexcusable. Debe dimitir».

El asunto también ha llegado a las cámaras legislativas, donde una docena de congresistas demócratas presentaron un escrito en el que exigen la comparecencia oficial de Kelly para aclarar su gestión. Preguntado por la postura republicana, el presidente del Congreso, Paul Ryan, mandó su particular recado a la Casa Blanca: «Claramente, el sistema de investigación no ha funcionado, y deben arreglarlo». En otra de las numerosas comparecencias en las que se obligado a salir al paso de los controvertidos episodios que rodean a Trump, el líder republicano aseveró su «rotunda condena a cualquier tipo de violencia doméstica».