Donald Trump con el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong
Donald Trump con el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong - REUTERS

EE.UU. y Corea del Norte ultiman los detalles de la cumbre Trump-Kim de mañana en Singapur

Mientras ambas partes discuten la desnuclearización del régimen de Kim Jong-un, el presidente Trump se reúne con el primer ministro singapurense, Lee Hsien Loong

Enviado especial a SingapurActualizado:

Con una Coca-Cola Light y un par de botes de kétchup en el desayuno, el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, ha empezado este lunes (de madrugada hora española) una jornada decisiva para la cumbre de mañana entre el presidente Donald Trump y el dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un. «Seguimos comprometidos con la completa, verificable e irreversible desnuclearización de la Península Coreana», tuiteaba Pompeo una foto de su desayuno junto al embajador estadounidense en Filipinas, Sung Kim, su negociador con el régimen comunista de Pyongyang.

Poco después, Kim partía hacia el hotel Ritz Carlton, donde se ha reunido con la delegación norcoreana para ultimar los detalles del histórico encuentro de este martes. Ambas partes intentan llegar a un acuerdo sobre esa «desnuclearización» que la Casa Blanca le exige al régimen de Kim Jong-un. Aunque Corea del Norte dice estar dispuesta a «desnuclearizarse», parece poco probable que el joven dictador renuncie a las armas atómicas que ya posee, que son precisamente las que le blindan en el poder. En cambio, los expertos creen que podría suspender sus ensayos nucleares y de misiles y volver al Tratado de No Proliferación, pero conservando el arsenal atómico que ya tiene. Como gestos de buena voluntad, Pyongyang ha destruido el silo donde llevaba a cabo sus pruebas nucleares y ha liberado a los tres estadounidenses que tenía presos.

Por ese motivo, reclama a cambio a Estados Unidos que le garantice que no va a derrocar su régimen, como hizo en el pasado con otros dictadores como Sadam Husein o Gadafi en Libia. Con esos precedentes, no es de extrañar que la propuesta de desnuclearización «a la libia» planteada por John Bolton, consejero de Seguridad Nacional del presidente Trump, estuviera a punto de echar a pique esta cumbre.

Además de esas garantías de seguridad, el régimen de Pyongyang aspira al levantamiento de las sanciones internacionales que están asfixiando su precaria economía, que había crecido sensiblemente durante los últimos años y mejorado la situación en el país, sobre todo en Pyongyang y otras ciudades. Tras dejar atrás los oscuros tiempos de la Gran Hambruna, que se cobró entre 300.000 y dos millones de vidas a mediados de los 90, dicho cambio se debe al florecimiento de una incipiente economía capitalista gracias a la proliferación de mercados callejeros donde se venden todo tipo de productos traídos de contrabando de China.

Pero las sanciones de la ONU que pesan sobre Corea del Norte por sus constantes ensayos nucleares y de misiles parecen haber impactado en dicha mejora económica, lo que ha llevado finalmente a Kim Jong-un a volver a la mesa de negociaciones. A ello también ha contribuido la mediación del presidente surcoreano, Moon Jae-in, muñidor de este deshielo que empezó en febrero con los Juegos Olímpicos de invierno celebrados en su país, a los que asistió una delegación del Norte encabezada por la hermana de Kim Jong-un.

Junto a las crecientes amenazas de Trump, que parecen haber convencido a todo el mundo de que era capaz de comenzar una guerra con devastadoras consecuencias atómicas, el factor más importante para la vuelta al diálogo ha sido el éxito del programa militar norcoreano. Con seis pruebas nucleares desde 2006 e innumerables ensayos de misiles, algunos capaces de alcanzar en teoría suelo estadounidense, el régimen de Pyongyang tiene ahora mejores cartas para arrancar concesiones.

Entre sus demandas, destaca la normalización de las relaciones diplomáticas y comerciales con EE.UU., lo que entrañaría la firma de un tratado de paz que pondría fin oficialmente a la guerra de Corea, concluida en 1953 solo con un alto el fuego. Debido a la complejidad de un acuerdo nuclear, como el alcanzado en 2007 que acabó en agua de borrajas, dicho tratado de paz se antoja como algo más posible. Pero exigiría también la rúbrica de China y la ONU, que firmaron el armisticio con que EE.UU. y Corea del Norte silenciaron las armas hace seis décadas. Alimentando las especulaciones, en los últimos días no solo se ha anunciado la probable visita del presidente surcoreano, Moon Jae-in, sino también de su homólogo chino, Xi Jinping. En caso de que así fuera, se trataría de un hito histórico porque pondría punto y final al primer conflicto de la Guerra Fría, y al último que queda por resolver de aquella convulsa época.

Mientras ambas partes siguen negociando, el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, se ha reunido este lunes con Donald Trump en un almuerzo de trabajo tras recibir ayer a Kim Jong-un. Mañana, ambos harán historia al convertirse en los primeros dirigentes en activo de sus países en verse cara a cara.