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David Cameron insiste en que sea su sucesor el que inicie y pilote la salida de la UE

Boris Johnson asegura que Reino Unido podrá seguir disfrutando de las ventajas del mercado único sin aportar una libra al presupuesto comunitario

El primer ministro británica, David Cameron, este lunes en el Parlamento ingés
El primer ministro británica, David Cameron, este lunes en el Parlamento ingés - AFP

«No era un juego, era fuego, y habrá que pagar la cuenta del incendio», reza una canción del maestro Calamaro. Una exacta parábola de lo que le está ocurriendo al Reino Unido tras encender la hoguera del Brexit. La libra marcó ayer su peor registro en 31 años. Los separatistas amenazan con la ruptura en Escocia. El Partido Conservador está inmerso en un cambio de líder y en el laborista, Corbyn tendrá que someterse hoy a una votación de confianza, tras la revuelta de 57 diputados y la dimisión de 32 miembros de su ejecutiva. Como guinda, incidentes xenófobos inquietantes, como las pintadas en un centro de cultura polaca del oeste de Londres.

Cameron, de salida, quiere que carguen con la losa del Brexit quienes la promovían, que no son otros que sus correligionarios Michael Gove y Boris Johnson, el probable sucesor tory. El todavía «premier» compareció ayer en el Parlamento, con el ánimo recuperado tras el lagrimeo de su adiós. En plan Poncio Pilatos, insistió en que debe ser el próximo inquilino del Número 10 quien active el Artículo 50 del Tratado de Lisboa para iniciar la desconexión. Vacío de poder en Westminster. Mientras, los mercados zurran duro y Boris Johnson fabula con que el Reino Unido podrá seguir disfrutando de las ventajas del mercado único sin aportar una libra al presupuesto comunitario. Alemania ya respondió con un aviso: no habrá conversaciones informales, no se hablará con los británicos del futuro hasta que inicien formalmente su salida. Pero ni el Gobierno ni los líderes de la campaña por el «Leave» parecen tener ahora prisa por irse.

George Osborne, ministro de Economía, intentó tranquilizar a los mercados con una comparecencia a primerísima hora. No funcionó. La jornada volvió a ser muy dura. El índice FTSE 100 de la Bolsa de Londres cayó un 2,5% y perdió los 6.000 puntos, con los bancos, agencias de viajes y constructoras encajando el mayor castigo (easyJet se dejó un 22%). El FTSE 250, que integra a empresas más locales, todavía se comportó peor: -6,9%. La libra ha sumado entre el viernes y ayer su récord de caída en dos jornadas; su peor registro ante el dólar en 31 años. Credit Suisse anuncia recesión ya el año que viene y Standard & Poor´s retira la triple A a la deuda británica.

Un buen gesto

Alex Salmond, el zumbón ex primer ministro escocés, ahora líder del grupo del SNP en Westminster, se mofaba: «Boris dijo a las nueve de la mañana que la libra está estable. Pero a la hora de comer ya sufría su peor caída en 31 años. Cuando rompes algo, eres el responsable. ¿De quién es la culpa? ¿Del primer ministro que convocó el referéndum o de Boris que lo ha explotado?». En un gesto de buena encarnadura humana, el primer ministro asumió que fue una iniciativa suya.

Cameron, que descartó un segundo referéndum, afirmó que ahora toca acatar la voluntad del pueblo y hacer real un Brexit que él rechazaba. También abogó por buscar el acuerdo que permita mantener la mayor relación económica posible con la UE. Repuesto de la conmoción del viernes, mostró su sentido del humor en una sesión en la que sorprendió la ausencia del diputado más observado del Reino, Boris. En la toma de posesión de una nueva parlamentaria laborista, Cameron bromeó con ella sobre la crisis de su partido y las dimisiones en cascada del equipo de Corbyn: «No apague el móvil, que igual la llaman en cualquier momento para formar parte del gobierno en la sombra».

La sesión tuvo un momento de fair play melancólico cuando Nick Clegg elogió (tenuemente) a Cameron, recordando cuando sirvió con él como vicepresidente. Corbyn, siempre un poco surrealista, despidió al primer ministro destacando de su mandato el matrimonio gay, su revisión del Bloody Sunday y su humanidad tras el asesinato de Jo Cox.

Para acortar el vacío de poder, el Comité 1922 del Partido Conservador, que decide el calendario de la reelección, quiere que haya un nuevo líder el 2 de septiembre. Si se aprueba hoy su propuesta, los aspirantes podrán presentar sus candidaturas desde este miércoles hasta el próximo jueves al mediodía. Los 331 diputados tories votarán hasta que solo queden dos aspirantes, que serán sometidos al voto por correo de los 120.000 afiliados. El congreso anual de partido comienza el 2 de octubre y ahí deberán tener nuevo dirigente y cabeza de cartel para las probables elecciones anticipadas.

Lívidos

Cada vez cunde más la sensación de que el triunfo del Brexit ha dejado lívidos hasta a los que lo auspiciaron. Johnson ha escrito una columna en el periódico donde es articulista, el eurófobo «Telegraph», en la que alardea de que su país disfrutará ahora de lo mejor de los dos mundos: el mercado único de la UE, sin aportar dinero ni acatar sus normas.

Es notable que George Osborne, que llevaba callado desde el jueves, habló en la misma línea: no hay prisa por activar el Artículo 50. Alega que antes habrá que buscar «un nuevo tipo de acuerdo con nuestros vecinos». El ministro también ha querido tranquilizar a los comunitarios que viven en Gran Bretaña y a los británicos que lo hacen en Europa. Durante largo tiempo «nada va a cambiar», los ciudadanos tendrán los mismos derechos y se mantendrá «el comercio libre de nuestros bienes y servicios». El problema es que al otro lado del Canal no parecen dispuestos a transigir, aunque Merkel lo exprese con tacto.

El jefe de la diplomacia estadounidense, el melifluo John Kerry, otro que está de salida, abogó ayer en Londres y Bruselas porque haya un máximo entendimiento en el proceso de divorcio del Reino Unido en la Unión Europea, «una estrategia sensible y responsable». Parece que este Brexit ya solo le gusta a Nigel Farage.

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