Pedro Rodríguez

Con el currículo al aire

Giuseppe Conte ilustra la paradoja política de aparentar formación sólida pero con desprecio a lo académico

Pedro Rodríguez
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Cuando Luigi Di Maio, el líder sin oficio ni beneficio del Movimiento 5 Estrellas, desveló la opción para encabezar el nuevo gobierno de Italia acordado con la Liga Norte lo hizo en los siguientes términos: «El nombre que le hemos dado al presidente de la República es el nombre de Giuseppe Conte». Un profesor de Derecho de 54 años y mucho fondo de armario que Di Maio describió como «un profesional del más alto nivel».

El previsible escrutinio al que ha sido sometido el currículo de Giuseppe Conte ha demostrado que tiene más agujeros que un queso suizo. Su trayectoria, especialmente en lo referente a estudios de postgrado, está algo más que embellecida. Ya que contiene casi más trolas que verdades, lo cual no le ha descalificado para recibir formalmente el encargo de formar gobierno y convertirse en el «abogado defensor del pueblo italiano».

Sin base política ni experiencia de gobierno, la mayor cualificación de Giuseppe Conte parece ser su voluntad de implementar la delirante agenda acordada por el populismo anti-sistema respaldado en las urnas hace dos meses por un 50 por ciento de los votantes italianos. Un preocupante desembarco en el núcleo político del Viejo Continente aliñado con xenofobia, nacionalismo, guerra al multilateralismo de la Unión Europea y muchísima comprensión hacia las «cositas» del presidente ruso Vladimir Putin.

Al quedarse con el currículo al aire, Giuseppe Conte ilustra esa paradoja política de aparentar una formación sólida pero con un profundo desprecio a lo académico. Problema compartido por otras democracias occidentales donde es posible hacer carrera en la política a partir de muy limitados méritos disimulados con la obsesión por alardear de títulos, cualificaciones y estudios de un carácter más bien inventado. Sin olvidar la connivencia de partidos políticos convertidos en agencias de colocación para personajes con tanta ambición como mediocridad.

Esta calaña de «movers and shakers», por supuesto, no respeta ni la universidad, ni la academia, ni la inteligencia, ni el conocimiento. En última instancia, son catedráticos y doctores en medrar mientras se pitorrean de todos aquellos que han invertido el tiempo, el estudio y esfuerzo requeridos para formarse.

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