El venezolano José Alvarado compra joyas de compatriotas desesperados en la frontera con Colombia
El venezolano José Alvarado compra joyas de compatriotas desesperados en la frontera con Colombia - Poly Martínez

Cuatro historias de renuncia y dolor en la frontera entre Venezuela y Colombia

Es el drama de miles de venezolanos que huyen de la crisis generalizada en su país, dejando atrás a familiares, amigos, casas, enseres y hasta los anillos de boda

Corresponsal en BogotáActualizado:

Las joyas de familia

José Alvarado, venezolano de Maracay, pasa el día en su oficina-caja fuerte, a unos 300 metros del puente internacional Simón Bolívar. Compra oro, plata, relojes y diamantes. Lleva una lupa colgada de su gorra, guantes quirúrgicos y un cepillo de dientes para limpiar todo lo que pase por sus manos. ¿Lo más triste que ha visto? «Llegó una pareja con 40 años de casados; se quitaron los anillos para venderlos y lloraban mucho. No hay alternativa: sin dinero, con hambre, desempleados. Se llevaron unos pesos y el dolor de vender sus cosas».

Reina Jácome y su hija Rosaí, de Maracay (Venezuela)
Reina Jácome y su hija Rosaí, de Maracay (Venezuela) - Poly Martínez

«Dejé a mi bebé, dormiría en la calle»

«¿Cómo decidiste qué traer en la maleta?», le pregunté. Rosalí Sánchez, una niña muy viva de 12 años, procedente de Maracay (a 737 kilómetros de Cúcuta), me mira y responde: «Traje la ropa que más me gusta». ¿Y ni una muñeca? «No. Tenía que elegir y preferí mi ropa». La madre, Reina Jácome, contable, dice que van a Bucaramanga, a 195 kilómetros más de camino, donde le espera el trabajo que le consiguió un pariente colombiano. Pero no tienen dónde alojarse: en cuanto saben que son venezolanos, les niegan una habitación. «Tengo un bebé. Lloro y me pesa no haberlo traído, pero estaría durmiendo en la calle, expuesto y sin saber dónde bañarlo… Lo dejé con la abuela. Trato de enviarle 40.000 pesos semanales (12 euros). Rosalí me mira en silencio. ¿Qué te gustaría hacer cuando llegues? «Ir a la escuela», sonríe.

Karelis Nieves, mientras miden la longitud de su melena para venderla
Karelis Nieves, mientras miden la longitud de su melena para venderla - Poly Martínez

«Trabajo de cualquier cosa, menos de prostituta»

«Muy corto, mami. Como mínimo 50», dice Adrián Rincón mientras mide la longitud de su pelo. Karelis Nieves agarra su melena y se va: no le alcanza para vender mechones. Tiene 23 años, lleva un mes en Cúcuta y su puesto de arepas que no da para enviar 15 euros a su pequeña Valentina que dejó en Maracay. «No sé qué hacer. Necesito tener el pelo más largo; trabajo de cualquier cosa, menos de prostituta». Quiere ahorrar para regresar, pero tampoco sabe para qué. «El gobierno tomó el supermercado Bicentenario, donde trabajaba. Y todo lo que se toma, lo destruye».

Danny Martínez, a la izquierda, asegura que Chile es la mejor opción
Danny Martínez, a la izquierda, asegura que Chile es la mejor opción - Poly Martínez

«No sé si volveré a ver a mis padres»

«Ya no teníamos amigos. Todos se fueron», dice Danny Márquez (31 años). «Es la primera vez en mi vida que piso un refugio, pero lo peor ya pasó: 12 horas en autobús desde Barquisimeto y las requisas de la Guardia Nacional, que si se enamora de algo, te lo quita», asegura. Profesionales, solteros, ligeros de equipaje. El dinero extra, escondido en el cinturón; la nostalgia es visible en los ojos. «Lloré, mi madre lloró; dos años diciendo “no me voy”, pero ya es imposible», dice Eneido Márquez (33 años). Y hace cuentas: «Chile es la mejor opción, 300 dólares en billetes y pasaporte en regla. Pero soy hijo único y no sé si volveré a ver a mis padres».