Cuando España dominaba las gigantescas Texas y Luisiana con un puñado de hombres

Los Reyes viajan a Nueva Orleáns y San Antonio para conmemorar los 300 años de la fundación de dos ciudades que formaron parte del vasto territorio español en Estados Unidos

MadridActualizado:

Hace 300 años, mucho antes del nacimiento de los Estados Unidos de América, se fundaban dos ciudades esenciales en la historia de Norteamérica: San Antonio, en el actual estado de Texas, y Nueva Orleáns, en lo que aún se conoce como Luisiana. La primera fue creada por los españoles, mientras que la segunda tiene origen francés. En cualquier caso, España estuvo en poder de ambas largo tiempo, cuando Texas y Luisiana formaban parte de sus vastísimas posesiones en ese continente. Por eso los Reyes de España se desplaza este jueves a EE.UU. para conmemorar el tercer centenario de las dos.

La historia española en Texas y Luisiana es la de la lucha por dominar unas regiones gigantescas, remotas y plagadas de tribus a menudo hostiles, para cuya defensa apenas disponía de un puñado de hombres. Su esfuerzo y la sangre que derramaron merecen ser recordados.

Aunque ya en el siglo XVI hubo distintas exploraciones españolas, la conquista de Texas empezó a finales del XVII y respondía, como antes en Florida, a la competencia con los franceses. El 9 de abril de 1682, René Robert Cavelier, señor de La Salle, había tomado posesión formalmente en nombre de Luis XIV de la cuenca del Misisipi, una considerable expansión del territorio de Francia en Norteamérica, donde ya poseía Canadá. Los nuevos territorios se llamarían Luisiana, en honor al monarca.

El Álamo, la antigua misión de San Antonio de Valero fundada por los españoles en 1718
El Álamo, la antigua misión de San Antonio de Valero fundada por los españoles en 1718 - Reuters

La presencia gala en la costa norte del golfo de México, que los españoles habían recorrido ya en el siglo anterior, era una grave amenaza. «El principal temor era la competencia de los comerciantes franceses», pero también preocupaba «que los franceses podrían usar sus bases costeras de Luisiana para atacar posesiones españolas clave como Panamá, o incluso lanzar una invasión de México», apuntan en «Colonial America» (Wiley-Blackwell, 2011) Richard Midddleton y Anne Lombard.

Tras llegar estas noticias a México, se lanzaron una serie de expediciones al mando de Alonso de León para parar los pies a los súbditos de Luis XIV. En esas incursiones se encontró el fuerte francés de St. Louis, abandonado por las enfermedades, el acoso de los nativos y un motín en el que fue asesinado La Salle, y el franciscano Damián Massanet fundó en 1690 la misión de San Francisco de los Tejas, tomando una palabra indígena que significaba «amigos». Era la primera misión en el este del actual estado de Texas, región llamada entonces Nueva Filipinas.

Sin embargo, el escaso éxito misionero y las epidemias dieron al traste en pocos años con este primer intento español por establecerse en la zona. Además, dado el desgraciado final de la aventura de La Salle, España no tenía nada que temer por el momento y aparcó un tiempo la conquista de Texas.

Pero a fines del siglo XVII, Francia volvió a la carga y Pierre Le Moyne, señor de Iberville, fundó en las cercanías del delta del Misisipi los asentamientos de Biloxi (en el actual estado de Misisipi) y Mobile (hoy Alabama), en 1699 y 1702, respectivamente.

En 1716, el capitán Domingo Ramón encabezó una pequeña fuerza que, al llegar al río Rojo, comprobó que los franceses habían erigido el puesto de Natchitoches. Dado que los dos países se hallaban ahora en paz, tuvo que resignarse, aunque fundó en las cercanías dos misiones, la de San Miguel de los Adaes y Nuestra Señora de los Dolores de los Ais, así como el presidio de Nuestra Señora de los Dolores de los Tejas, con los que al menos esperaba impedir que Francia siguiera avanzando hacia el oeste.

Para reforzar la presencia española en aquella desolada región, el virrey de Nueva España, Baltasar de Zúñiga y Guzmán, marqués de Valero, autorizó una nueva misión a orillas del río San Antonio. Así fue como el 1 de mayo de 1718 fray Antonio de Olivares, un franciscano de Moguer (Huelva), fundó la misión de San Antonio de Valero, germen de la ciudad que, tres siglos después, visitan los Reyes. Días después, el 5 de mayo, se puso en marcha el cercano presidio de San Antonio de Bexar.

Nuevas misiones se fundaron en los años siguientes y la población de Texas, tanto española como de nativos cristianizados, fue creciendo, aunque nunca llegó a ser muy numerosa. A finales del siglo XVIII, no había más de 5.000 habitantes.

Las sangrientas luchas con las tribus nativas y la falta de viabilidad económica lastraron el desarrollo de los asentamientos españoles. No obstante, la paz con los apaches en 1749 permitió que prosperaran los ranchos, un legado español que el cine y la literatura han incorporado a la iconografía de EE.UU. como algo genuino. Incluso las típicas vacas «longhorn», de larguísimos cuernos, proceden de las reses mostrencas importadas desde las marismas del Guadalquivir, que habrían evolucionado en la lucha por la supervivencia frente a pumas, coyotes, lobos y chacales, explican Fernando Martínez Laínez y Carlos Canales Torres en «Banderas lejanas» (Edaf, 2009).

La Luisiana, de Francia a España

En una fecha desconocida de 1718, el mismo año en que nació la misión de San Antonio de Valero, Jean-Baptiste Le Moyne, señor de Bienville, fundaba la ciudad de Nueva Orleáns en el delta del Misisipi. La Luisiana ofrecía a Francia una posición estratégica en Norteamérica y un lucrativo negocio de pieles con las tribus de aquellos parajes. En cambio, fracasó el intento de desarrollar una economía basada en plantaciones de tabaco, ya que la invasión de tierras de los natchez desató en 1729 una guerra que se saldó con centenares de muertos.

El conflicto de Francia con Gran Bretaña entre 1756 y 1763 marcó el destino de Luisiana. Tras perder la guerra, los galos entregaron a los británicos Canadá y la región al este del Misisipi a cambio de recuperar las islas de Guadalupe y Martinica, muy rentables gracias a la producción de azúcar. Mientras, cedieron a los españoles la Luisiana, por la que habían perdido interés. Compensaban así a España por su contribución en la guerra, en la que había entrado tarde y mal. Gran Bretaña se había apoderado de La Habana en 1762 y para recuperarla, Carlos III tuvo que entregar a los británicos la Florida (que volvería a manos españolas un par de décadas después).

Fuera como fuese, España contaba en 1764 con una enorme porción de lo que son los Estados Unidos actuales. Solo la Luisiana abarcaba más de dos millones de kilómetros cuadrados (cuatro veces la actual superficie de España). Estos inmensos territorios al oeste del Misisipi se extendían desde los grandes lagos hasta el golfo de México. A ello se sumaban Texas y lo que hoy son estados como Arizona o Nuevo México. Más tarde los territorios se seguirían ampliando hacia el Pacífico, incluyendo California, e incluso se llegaría a plantar la bandera roja y gualda en la lejana Alaska. Además, con la independencia de Estados Unidos, España recuperó la totalidad de la Florida.

En la Luisiana, los españoles no solo tuvieron que hacer frente a las dificultades de controlar con escasez de hombres una superficie tan descomunal y de lidiar con las distintas tribus que habitaban en ella, sino también a una población mayoritariamente francesa que recelaba de sus nuevos señores.

Un clásico barco del Misisipi pasa frente a la catedral de San Luis, en Nueva Orleáns
Un clásico barco del Misisipi pasa frente a la catedral de San Luis, en Nueva Orleáns - ABC

En la Guerra de la Independencia americana (1775-1783), la Luisiana española tuvo un papel clave a la hora de hacer llegar a los rebeldes armas, municiones y otros suministros a través del Misisipi. Además, las conquistas de Bernardo de Gálvez en las plazas británicas del bajo Misisipi, Mobile y Pensacola, así como la heroica defensa de San Luis (en el actual Misuri) por Fernando de Leyba, dieron oxígeno a los sublevados y contribuyeron a su victoria final.

Luisiana fue devuelta en 1803 a la Francia de Napoleón, que a su vez se la vendió a los aún jóvenes Estados Unidos, que de esta manera prácticamente duplicaban su territorio.

Texas pasó entonces a ser un territorio fronterizo con el cada vez más poderoso país norteamericano. Aunque con muchos sufrimientos, Texas siguió siendo española hasta la independencia de México en 1821, momento en que pasó a formar parte de ese nuevo país.

Más tarde, en 1836, se desencadenó una revolución que proclamó la República de Texas. Fue durante esa revuelta cuando tuvo lugar la mitificada batalla de El Álamo, nombre con el que había pasado a conocerse la antigua misión de San Antonio de Valero tras su secularización en 1793. Allí se atrincheraron un grupo de rebeldes texanos, a los que liquidaron las tropas del general mexicano Antonio López de Santa Anna el 6 de marzo de 1836. Sin embargo, la brutalidad empleada contra los defensores alentó a los insurgentes, que acabarían venciendo mes y medio después, el 21 de abril, en la batalla de San Jacinto. Finalmente, Texas se incorporó a los Estados Unidos en 1845.