Un grupo de alumnos del instituto afectado, en el momento en que era evacuado
Un grupo de alumnos del instituto afectado, en el momento en que era evacuado - AFP

«La clase estaba llena de cuerpos ensangrentados»

Los alumnos testigos de la tragedia describen unos los escalofriantes minutos en las aulas del instituto de Florida

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Como una macabra ironía del destino, el infierno descargó ayer sobre Parkland, un municipio que había sido escogido el pasado año como la ciudad más segura de todo el estado de Florida. Cuando la furia salvaje de uno de sus exalumnos rompió la paz del Stoneman Douglas High School, Samuel Dykes, freshman (alumna de primer año en el instituto), se encontraba en el tercer piso. Tras escuchar los primeros disparos, emprendió una alocada carrera por los pasillos hasta que se detuvo ante una de las aulas: «La clase estaba llena de cuerpos ensangrentados», confesó.

Era la primera hora de la tarde, la que reune siempre en el exterior a los padres para recoger a sus hijos. Megan Walton se sobresaltó al recibir del móvil de su niña el texto «code red» (código rojo), el mismo mensaje con el que la megafonía del centro educativo acababa de alertar del comienzo de los disparos. La policía llegó y acordonó la zona.

En el interior, Jason Snytte, de 15 años, se encontraba en su clase del primer piso, junto a la que se escucharon muchos de los disparos. «El ruido era ensordecedor. Estábamos todos asustados, con el corazón a mil por hora. Corrí a cerrar la puerta del aula, y nos quedamos todos quietos en el suelo, como nos ordenó la profesora».

Según se pudo comprobar en vídeos grabados y subidos por estudiantes en las redes sociales, la interminable ráfaga de disparos de la que parecía ser una semiautomática de repetición obligaba a los alumnos a mantenerse inmóbiles.

Uno de los momentos de mayor angustia lo vivió la familia Milleret, despues de que Dianna, de 16 años, que había logrado salir del centro, mantuvo una larga espera junto con su madre en el exterior, hasta ver aparecer a su hermana melliza Deanna, que se desplaza siempre en silla de ruedas. Finalmente, se produjo el feliz reencuentro.

Lisette Rozenblet, madre de una de las alumnas que fueron testigos de la tragedia, resumía ayer la psicosis que se extiene por un país donde los tiroteos en institutos empiezan a ser costumbre. «El miedo más grande de mi hija era que algo de esto sucediera en su colegio. Siempre me ha dicho que le enseñara en casa para no tener que estar en el colegio si había una matanza».