Al Assad, un clan que sobrevive como muro de contención contra el yihadismo

La familia controla el poder político y económico de Siria desde hace 44 años

Corresponsal en JerusalénActualizado:

Aunque conserva el mismo rostro que cuando estudiaba Oftalmología en el Reino Unido, Bashar al Assad ha cumplido los 50 en el quinto año de guerra que vive Siria. El regalo para el presidente ha llegado desde Moscú en forma de ataques aéreos contra el grupo yihadista Estado Islámico (EI) y el resto de formaciones de la oposición armada a las que Rusia incluye bajo el amplio calificativo de «grupos terroristas». Cuando su padre y creador de la Siria moderna, Hafez Al Assad, cumplió los 50, le tocó enfrentarse a la crisis más grave de sus 29 años de gobierno, el levantamiento de los Hermanos Musulmanes, recuerda el analista Aron Lund en su último artículo para el «think-tank» Carnegie Endowment For International Peace. Hafez, que también tenía abierto el frente libanés por aquellos días, fue implacable y envió sus tropas a Hama para reprimir un levantamiento que se saldó con miles de muertos, 40.000 según algunas fuentes, y acabar así con tres años de inestabilidad provocada por los miembros de la Cofradía.

En la primavera de 2011 su sucesor trató de imitar el modelo represor cuando las movilizaciones de la Primavera Árabe llegaron a las calles sirias. No lo consiguió. Aquellas movilizaciones han degenerado en una gran guerra en la que potencias regionales y mundiales dirimen sus diferencias. Los sirios han puesto hasta ahora más de 240.000 muertos en esta especie de tablero que ha ido creciendo hasta acoger el primer choque entre Moscú y Washington desde el final de la Guerra Fría. «La vida de Hafez tiene una sola enseñanza: perseverancia. Si no te das por vencido, los demás lo harán en algún momento. Esa fue su estrategia durante sus tres décadas al frente del país y le funcionó tan bien que se convirtió en el primer presidente sirio que murió en el cargo y pudo transferir el poder a su hijo», subraya Lund, para quien Al Assad aplica la enseñanza de su padre y «aunque sufra derrotas y sus tropas hayan tenido que retroceder, nunca se rendirá».

La trinidad del régimen

El rostro con la gran frente, poco pelo, bigotillo y ojos pequeños de Hafez sigue muy presente en las calles de la parte de Siria que controla el Gobierno, aunque haya desaparecido de las nuevas libras emitidas por el Banco Central en las que el protagonismo es para las joyas arqueológicas del país. Los barrios alauíes, secta minoritaria del islam derivada de chiísmo a la que pertenecen los Al Assad, mantienen el culto al líder con imágenes de la familia en cada esquina. Cuesta levantar la mirada y no encontrarse con Hafez, Bashar o su hermano Maher, la auténtica trinidad del régimen.

Sin las cámaras delante, los funcionarios admiten su hartazgo y las ganas de cambio

«Bashar es bueno, listo y generoso, el problema es la gente que le rodea, no ha sabido hacer una purga en el Baaz y tiene a los mismos de la era de su padre», repiten como un mantra los funcionarios del régimen cuando se les cuestiona por el presidente. Su figura ha dejado de ser un tabú y, en voz baja, opositores internos y ciudadanos de a pie, sin cámaras delante, admiten su hartazgo y las ganas de cambio. «El problema ahora es que hay que elegir entre Al Assad o Estado Islámico (EI), y en esta disyuntiva gana Assad», reflexiona el abogado opositor Anas Joude, quien pide a EE.UU. que aplique a Siria «el mismo modelo de negociación que ha usado con Irán en el tema nuclear, hay que centrarse en el EI y dejar la legitimidad de Assad para más tarde».

El círculo que rodea Assad empieza por la propia familia. El régimen es como una cebolla con capas infinitas que cubren un núcleo duro central formado por los Al Assad, los Majlouf (familia de Anisa, madre de Bashar) y los Chaliche (familia política de una de sus tías), clanes que controlan la inteligencia y economía de Siria y cuyos integrantes forman parte de las listas de sanciones individuales elaborada por la comunidad internacional. Si a esto se le suma el apoyo de la jefatura militar, formada mayoritariamente por generales alauíes, y el respaldo sin fisuras de la jerarquía de los distintos grupos religiosos minoritarios se completa en líneas generales el puzle de los apoyos internos que sostienen al régimen. Una coraza de intereses con más de tres décadas de historia que ha encontrado en Irán y Rusia el sustento externo imprescindible para sobrevivir a cuatro años de guerra. Una coraza marcada por un secretismo que se extiende a la madre de Bashar, Anisa, y a su hermana, Bushra, que según distintas fuentes estarían en Dubai desde el estallido de la crisis.

La seguridad personal del presidente está en manos de su hermano Maher, que comanda la Cuarta División del Ejército, la más fuerte. Esta división es hoy la encargada del puesto de control más importante entre la frontera libanesa, la última que controla el régimen, y Damasco. El golpe más duro sufrido hasta ahora por la cúpula de seguridad del régimen fue el atentado del 18 julio de 2012 en Damasco en el que fallecieron el cuñado de Bashar y número dos oficioso del régimen, comandante Assef Shawkat, el ministro de Defensa, general Abdela Rajha, y el general Hassan Turkmani, exministro de Defensa y antiguo jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

Junto a la seguridad, la familia es también el eje de la economía del país. Además de pedir libertad y democracia, los miles de sirios que se echaron a las calles en 2011 pedían el final de la corrupción, igual que los manifestantes en Túnez, Libia, Egipto o Yemen. Los primeros barrios que explotaron en Damasco fueron los del este de la capital, zonas que aportan la mano de obra barata a una economía monopolizada por el clan Al Assad y en la que sin conexiones con este núcleo duro no se pueden realizar grandes negocios. Rami Majlouf, primo de Bashar apodado «el rey de Siria», controlaría antes de la guerra más de la mitad de la actividad económica del país, según «Financial Times» el 60 por ciento, gracias a sus tentáculos en telecomunicaciones, hidrocarburos, turismo, negocios de importación... Los opositores ven en la figura de Rami el gran símbolo de la corrupción sobre la que siempre habla el presidente, pero ante la que no actúa y por la que se ha podrido el sistema.