Cartel del dimitido primer ministro libanés, Saad Hariri, en la ciudad de Trípoli, con la frase «Dios te protege»
Cartel del dimitido primer ministro libanés, Saad Hariri, en la ciudad de Trípoli, con la frase «Dios te protege» - Afp

Arabia Saudí abre el frente libanés en su lucha contra Irán

La renuncia del primer ministro del Líbano, Saad Hariri, aviva el pulso entre Riad y Teherán por la hegemonía regional

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Líbano vive momentos de confusión tras la petición de Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes y Bahrein a sus ciudadanos de que abandonen el país, una medida que apuntaría al propósito de Arabia Saudí de abrir un nuevo frente en la región, el libanés, con el fin de recuperar influencia frente a Irán.

La pugna entre las dos potencias escenificaba su penúltima representación el pasado sábado con el inesperado anuncio de dimisión del primer ministro libanés, Saad Hariri, como jefe del Ejecutivo. Desde Riad, Hariri justificaba su decisión por el clima de violencia política que reina en su país -una situación que le hacía temer por su vida- y acusaba a Irán y a la organización chií Hezbolá de tener el control del Líbano.

La renuncia por sorpresa del político libanés, y que coincide con la purga anticorrupción lanzada por el príncipe heredero saudí, Mohammad Bin Salman, ha disparado los rumores de que el mandatario podría estar incluso sometido a arresto domiciliario. Los miembros de su partido político, el Movimiento Futuro, siguen considerándolo por el momento como «su líder nacional», mientras que el presidente del Líbano, Michel Aoun, tampoco acepta el abandono del cargo hasta que Hariri no presente su dimisión formal ante el Parlamento. La tensión no ha hecho más que incrementarse tras las declaraciones del líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah, pidiendo a los saudíes que se mantengan al margen de los asuntos libaneses.

Con su abandono, Hariri ha recordado a sus compatriotas el enorme peso de unas injerencias externas que lastran la realidad del Líbano desde hace décadas. Una realidad en la que coexisten por un lado el bloque encabezado por Hariri, un político suní apoyado por Arabia Saudí, y por el otro, el grupo de los chiíes de Hizbolá, siempre respaldados por Irán.

En el medio aún queda espacio para cristianos y drusos y un sistema de alianzas imprevisible y cambiantes que hace caer gobiernos al tiempo que dificulta la formación de los mismos. Resulta difícil contemplar la dimisión de Hariri como resultado de las propias dinámicas internas de un país acostumbrado a vivir en la cuerda floja, y sí más como un primer paso de Arabia Saudí para forzar al gobierno libanés a distanciarse de un Irán cada vez más fortalecido en la región tras sus éxitos en Siria e Irak. «Parece que los saudíes han decidido que la mejor forma de enfrentarse a Irán es empezar en Líbano», manifestaba un anónimo diplomático europeo a Reuters esta semana.

Líbano, por su parte, se muestra de acuerdo en que no debería producirse una escalada de la tensión después de que durante los últimos años tanto Hezbolá como el partido de Hariri hayan trabajado con grandes dificultades para no llevar el conflicto sirio a territorio libanés. A pesar de ello, el destino político del país ha estado fatalmente ligado desde el final de la guerra civil sobre todo a los saudíes, como patrocinadores financieros de la causa suní, y a Irán, sacando músculo de la mano de Hezbolá.

Rivalidad entre Riad y Teherán

En esa guerra fría entre Irán y Arabia Saudí, Hezbolá, miembro de la coalición política que gobierna el Líbano, se ha revelado estos años como aliado decisivo y vital para mantener al presidente sirio Bashar al Assad en el poder y alejar a Daesh de la frontera libanesa. Su participación en el conflicto ha permitido además a la organización incrementar su arsenal hasta convertirse a día de hoy en una fuerza militar que supera al propio ejército libanés.

Hizbolá es asímismo la misma agrupación acusada de estar detrás del asesinato de Rafik Hariri, padre del recién dimitido Saad, con un coche bomba en Beirut en 2005. «Hezbolá es Irán», en palabras del propio Hariri, y frente a ella se levanta como rival una Arabia Saudí que, a sus hostilidades con Qatar y Yemen, parece querer sumar ahora un nuevo frente en el Líbano.

La beligerante oleada de arrestos impulsada por el príncipe heredero Bin Salman contra numerosos cargos políticos y de la monarquía ha hecho especular a muchos analistas con la posibilidad de que el príncipe esté tratando de consolidar su poder sirviéndose de acusaciones de corrupción para despejar el territorio de competidores. El mismo Salman se ha lanzando a responsabilizar también al régimen iraní de suministrar los misiles con los que los rebeldes chiíes hutíes de Yemen intentaron el sábado pasado alcanzar el aeropuerto de Riad. Las autoridades saudíes calificaron el ataque como «acto de guerra» de Irán.

De acuerdo con fuentes militares consultadas por este periódico, la acumulación de crisis exteriores en el reino saudí y la inestabilidad interna que reflejan las últimas detenciones propiciadas por el futuro rey requieren de un líder con un perfil «menos incendiario e impaciente» para manejar la situación y «embarcarse en el gran juego contra Irán». Las perspectivas para el futuro próximo se antojan sombrías, teniendo en cuenta que tanto Estados Unidos como Israel han recrudecido igualmente, y no por casualidad, su discurso contra Irán y Hezbolá.