Un grupo de inmigrantes controlados por la Policía macedonia cruzan la frontera entre Macedonia y Grecia
Un grupo de inmigrantes controlados por la Policía macedonia cruzan la frontera entre Macedonia y Grecia - efe

Hungría sopesa frenar con el ejército la ola de refugiados en su frontera serbia

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El viaje de decenas de miles de inmigrantes y refugiados a través de los Balcanes hacia la UE continúa generando tensiones. Mientras el Parlamento de Hungría se prepara para debatir si se utiliza o no al Ejército para tratar de frenar la actual oleada migratoria, se han producido los primeros incidentes violentos entre las fuerzas de seguridad húngaras y los recién llegados. Por razones aún no aclaradas, la Policía húngara empleó ayer gases lacrimógenos contra dos centenares de extranjeros que protestaban en un centro de registro en Röszke, muy cerca de la frontera con Serbia.

Según algunas versiones, entre los refugiados se difundió la noticia de que el día anterior el Gobierno alemán había declarado que no pondrá en práctica con los sirios la llamada Normativa de Dublín con los refugiados sirios, que estipula que un solicitante de asilo debe hacerlo en el primer país de la Unión Europea en el que pone el pie. Pero según esa misma regulación, en caso de que su caso sea aprobado, dicho solicitante debe quedarse en ese mismo país.

Ese es el motivo de que miles de personas traten de cruzar media Europa clandestinamente para llegar a Alemania, Holanda o los países escandinavos, en lugar de pedir asilo en otros países como Bulgaria o una Grecia en bancarrota. También parece ser la razón de que ayer se produjese el pequeño motín de Röszke, cuando algunos de estos refugiados no sirios exigieron ser enviados a Alemania para no teenr que eudarse en Bulgaria o Grecia.

El Gobierno húngaro anunció este miércoles el envío de otros 2.106 policías adicionales a la frontera sur, así como de helicópteros y perros.

Además, según el portavoz gubernamental Zoltan Kovacs, el Parlamento podría abordar la semana que viene si se despliega también a las fuerzas armadas como refuerzo. «El Gobierno y el gabinete de seguridad nacional húngaros han discutido la cuestión de cómo podría utilizarse al Ejército para ayudar a proteger la frontera de Hungría y la Unión Europea», afirmó Kovacs.

Más abajo, en la frontera entre Serbia y Macedonia, las cosas parecen haberse calmado. En Tabanovtse, el último pueblo en territorio macedonio, el ACNUR ha instalado algunas tiendas para que los refugiados puedan guarecerse del inclemente sol, así como un par de váteres químicos. Pero desde que se reabriera el paso a finales de la semana pasada, ya nadie se queda aquí mucho tiempo.

«Cada día vemos pasar a unas tres mil personas», explica el doctor Abdulsalam Sabuj, un sirio formado en la Yugoslavia de Tito, que tras la violenta descomposición del país se instaló en Skopje, donde da clases en la Facultad de Medicina. «Llegan en tren, en bus, en taxi, en todos los medios posibles, las veinticuatro horas del día», afirma.

«Aquí solo comen y descansan, usan el cuarto de baño, y siguen para Serbia. Aquí les damos comida y agua, y si lo necesitan, tenemos algunas medicinas», dice Sabuj, que está trabajando con la Cruz Roja Macedonia. «Muchos llegan con pequeñas dolencias del estómago por la comida, insolaciones y problemas en las piernas por haber caminado mucho», comenta a ABC.

La ruta que siguen estos migrantes es la misma: los sirios vuelan de Damasco a la ciudad libanesa de Trípoli, desde donde se desplazan a la ciudad turca de Mersin. De allí, a Estambul o Izmir, donde aguardan los preparativos para la patera. Entonces les llevan en camión hasta algún punto secreto de la costa turca, que ni ellos mismos saben identificar, donde embarcan para la isla griega de Mitilene.

«Es muy pequeña, y está muy cerca de Turquía», indica Jaled, que salió de Alepo el 14 de agosto con su mujer y sus dos hijos, un niño de 13 años y una niña de 12. «Allí esperamos durante tres días a que nos dieran un ‘permiso de ruta’ para llegar hasta Atenas, y desde allí directamente hasta aquí, en tren, sin parar», comenta este técnico alimentario de 50 años, que hasta hace poco trabajaba para una empresa italiana. La familia acaba de llegar a Tabanovtse un par de horas antes, y saldrá en el primer tren hacia el norte de Serbia.

Ante la ofensiva lanzada este verano por la aviación del régimen de Bashar Al Assad en Alepo, la más intensa desde el inicio de la guerra, Jaled decidió que había llegado el momento de marcharse. «Ya no se puede vivir en Alepo. Cuando mis hijos se van a la escuela, no sé si van a volver vivos o no», dice con amargura. «La ciudad vieja ya no existe, ha sido totalmente destruida. Faltan agua y electricidad desde hace un año, y mucha gente no puede pagar el combustible porque no hay trabajo», relata.

Poco después, un grupo de doce jóvenes sirios entra caminando en el campamento. Salieron de la capital siria hace diez días, nos dicen, y han seguido la misma ruta que Jaled. «Los terroristas tienen rodeado Damasco y es demasiado peligroso», afirma Hassan Nouh, un ingeniero que hace las veces de cabecilla del grupo.

Los últimos 171 kilómetros desde Gevgelia, en la frontera con Grecia, los han hecho en taxi, y ahora esperan montarse en el próximo tren hacia Serbia. «Tenemos que llegar a Hungría antes de que terminen la valla. De lo contrario, cruzar ilegalmente se va a poner difícil», dice Nouh. «Hay muchísimos más sirios en camino».