Fotografía grupal de la banda camorrista de Navy Street
Fotografía grupal de la banda camorrista de Navy Street - Wikipedia

El inesperado soplón que evitó que la Camorra expulsara de Nueva York a la Cosa Nostra

Actualizado:

A principios de siglo XX, Nueva York vivió la llegada de las primeras estructuras criminales de la Mafia a imitación de las existentes en el sur de Italia. Mientras el brutal Giuseppe Morello y sus hermanos conformaron la primera familia de la Mafia siciliana de EE.UU, miembros de la Camarro napolitana extendieron sus tentáculos criminales por otras ciudades norteamericanas. En muchos casos, la Cosa Nostra de Sicilia y la Camorra de Nápoles terminaron enfrentados salvajemente por cada territorio en disputa. Y aunque Nueva York sea hoy mundialmente famoso por la presencia de la Cosa Nostra, como «El Padrino» y otras películas así lo han atestiguado, hubo un tiempo en el que solo la casualidad y el testimonio de un sicario resentido, Ralph «El barbero», salvaron a los sicilianos de ser arrasados por los napolitanos. Un puñado de dólares hubiera bastado para evitarlo.

Entre 1860 y 1914, cinco millones de italianos –lo que equivalía a una tercera parte de la población– se lanzaron a buscar trabajo fuera de la Península Itálica. A las primeras oleadas de trabajadores cualificados procedentes del norte, que fueron recibidos de forma amistosa en Nueva York, le siguió una segunda tanda de inmigrantes analfabetos y empobrecidos procedentes sobre todo de Nápoles y Sicilia. Entre las razones que se escondían detrás de este éxodo desde el sur, estaban las duras condiciones de su tierra natal, el servicio militar obligatorio para quienes no podían pagar por evitarlo y la interminable oleada de desastres naturales –sequías, inundaciones, terremotos, corrimientos de tierra y erupciones de volcánicas– que azotaron el país a finales del siglo XIX. La llegada de los honrados trabajadores no tardó en atraer a los grupos criminales que operaban en Italia a través de familias, que exportaron sus estructuras y métodos a EE.UU.

La Camorra desembarca en Nueva York

Con la «primera familia» de Nueva York herida gravemente –con Giuseppe Morello y sus principales jefes encarcelados por falsificación de billetes–, el resto de familias sicilianas de la ciudad y sobre todo los herederos de Morello tuvieron que hacer frente, postergando por el momento sus disputas, a una amenaza de gran calibre en torno a 1916: la Camorra napolitana, que reclamaba su parte del botín. La Camorra era una sociedad criminal con raíces aún más profundas que la Mafia siciliana. Fundada hacia 1820, la Camorra evolucionó de fraternidad de presos hasta banda de extorsionistas. A grandes rasgos, la diferencia más evidente entre la Camorra y la Cosa Nostra era que los napolitanos tenían una estructura más jerárquica, donde el liderazgo recaía sobre una cabeza reconocida y designada formalmente. Por los demás, ambos grupos mostraban funcionamientos similares y, como la designación de Cosa Nostra, la de Camorra solo era la forma usada por la gente ajena a la banda. Los iniciados de la fraternidad se referían a ella como «Societá dell' Umiltá» (Sociedad de la Humildad).

En torno a 1910, se registró la llegada de importantes camorristas a Nueva York, que se establecieron en la orilla del East River opuesta a donde el siciliano Morello, el primer capo de capos, centraba su negocio antes de ser encarcelado. Dos bandas aliadas entre sí de la Camorra, de unos 40 efectivos, empezaron a operar en la Gran Manzana a través del juego ilegal y el tráfico de cocaína. Pronto se evidenció que había muchos más efectivos de la Mafia siciliana que de la Camorra, lo cual obligaba a los segundos a conformarse por el momento con las migajas de los negocios criminales más lucrativo: el control fraudulento de la venta de hortalizas, frutas, carbón, hielo y lotería italiana. Por momentos, la relación entre ambos grupos italianos fue incluso amistosa hasta que, a raíz de la debilidad mostrada por los hermanos Terranova –herederos de la banda del encarcelado Morello–, los camorristas se lanzaron en 1916 a una guerra por aumentar su poder por todo Nueva York.

«Debe usted consentir que se mate a los Morello, pues sabe que allí en Harlem hay mucho dinero que ganar. Usted y yo hemos estado allí antes. Si abrimos una cantina, podremos ganar dinero con el hielo y el carbón», recoge una carta dirigida por la banda napolitana de Pellegrino Marano –jefe de la organización de la Camorra establecida en Coney Island– a la otra banda de la ciudad, dirigida por Alessandrio Vollero, quien mantenía negocios en común con los Morello. La codicia, sin embargo, se impuso y ambos grupos se unieron contra la primera familia sicialiana. Como el historiador Mike Dash narra de forma minuciosa en «La Primera Familia» (Debate, 2010), los camorristas convocaron el 7 de septiembre de 1916 a los hermanos Terranova y a otros capos sicilianos a una reunión en un restaurante de Navy Street, aparentemente para tratar de estrechar lazos entre compatriotas. Tras ocultar las pistolas en las paredes y untar las balas con ajo y pimienta, que se creía provocaban la infección de las heridas, los napolitanos abrieron fuego contra los capos de la Cosa Nostra matando, entre otros, a Nick Terranova, el más capaz de los hermanastros de Morello. Terranova apenas tuvo tiempo de sacar su revolver antes de desplomarse en la cuneta con seis impactos de bala sobre su cuerpo.

La emboscada fue seguida de una oleada de muertes que afectó a doce miembros de la banda de Morello-Terranova y se extendió a Filadelfia, un importante foco de la Camorra, donde varios sicilianos fueron asesinados. En medio del caos, los dos hermanos del fallecido Nick Terranova, Ciro y Vincenzo, tomaron el mando de la banda siciliana, pero lo hicieron de forma casi clandestina. Los camorristas buscaron sin éxito mil maneras de borrar del mapa a los escurridizos hermanos: años después se reveló que llegaron a planear la forma de introducir una enorme bomba en el sótano del bloque de edificios donde vivían. Mientras tanto, Marano y Vollero se apoderaron de los negocios de los Morello-Terranova, para inquietud del resto de familias sicilianas que empezaron a temer un ataque similar por parte de los camorristas. Las altas exigencias de los napolitanos se encontraron con una enconada resistencia por parte de los comerciantes, quienes sospechaban que los sicilianos no tardarían en expulsar de nuevo a los invasores.

Ralph «El barbero», un matón de poca monta

Precisamente cuando la Camorra presumía de que había llegado a Nueva York para quedarse durante mucho tiempo, una operación policial cayó sobre ellos por sorpresa. El sicario Alfonso Pepe, alias Ralph «El barbero», era un matón de poca monta que trabajaba para los camorristas y era distinguible físicamente por la cicatriz de 20 centímetros que atravesaban su mejilla de lado a lado. Tras cometer un asesinato en el transcurso de un negocio de venta de cocaína –el que se suponía el octavo de su carrera–, Ralph «El barbero» huyó en compañía de su amante de 17 años hasta la ciudad de Reno (en el estado de Nevada). Al quedarse sin dinero, el camorrista escribió a su antiguo jefe Vollero para que le enviara algo de dinero y sus pertenencias.

La falta de respuesta de Vollero convenció a Ralph que su única posibilidad era entregarse a la policía de Nueva York antes de que ella le cazara a él. La información que Ralph «El barbero» dio en 1917 abrió en canal la presencia de la Camorra en la ciudad. Sirvió para resolver hasta 23 crímenes sin resolver y dio pistas sobre varios centenares de delitos menores. El detallado testimonio del sicario, que tardó dos meses en redactar, condenó a la cárcel prácticamente a todos los jefes de tanto la banda de Navy Street como la de Coney Island, e incluso salpicó a los dos hermanos Terranova supervivientes, que finalmente solo sufrieron condenas menores.

Alessandrio Vollero y Pellegrino Marano recibieron fuertes condenas en medio de su guerra por desplazar a los sicilianos de Nueva York. Vollero fue condenado a muerte, aunque consiguió reducirlo a cadena perpetua, y Marano a 20 años de prisión por su implicación, entre otros asesinatos, en la emboscada a los sicilianos el 7 de septiembre de 1916. La Policía había dejado fuera de juego a la Camorra con el testimonio de un matón de poca monta que, paradójicamente, solo había reclamado un puñado de dólares a cambio de guardar silencio. El testimonio de Ralph «El barbero» impidió la más que previsible victoria de los camorristas sobre los sicilianos, que, entre otras consecuencias, habría reducido la presencia de la Mafia de Harlem a un papel irrelevante en Nueva York. Al contrario, fue la Camorra la que no volvió nunca a intentar extender su influencia por la ciudad.