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El duque de Windsor sigue avergonzando a Inglaterra

Una película de 1933 en la que la Familia Real inglesa hace el saludo nazi evoca el oprobioso coqueteo del breve Rey Eduardo VIII con el tirano Adolf Hitler

El duque de Windsor y su mujer, Wallis Simpson
El duque de Windsor y su mujer, Wallis Simpson - abc
luis ventoso - Londres - Actualizado: Guardado en: Internacional

«Tras mi muerte, el chico arruinará su reinado en doce meses». La profecía es del adusto Rey Jorge V de Inglaterra, fallecido en enero de 1936. Lo clavó. En realidad a su primogénito, el eterno adolescente Eduardo, conocido en la Familia Real como David y por su mujer como «Peter Pan», le sobraron veinte días respecto al vaticinio de su padre, que lo detestaba. Solo reinó 325 días, antes de abdicar por amor para casarse con una arribista estadounidense de aspecto andrógino, dos veces divorciada y que coleccionaba amantes, Wallis Simpson.

Hoy aquella crisis constitucional, provocada por el Gobierno «tory» de Stanley Baldwin y por la presión de la Iglesia de Inglaterra, que por entonces condenaba el divorcio, nos parece un tanto forzada, casi absurda. En nuestra Europa contamos con reinas con un divorcio en su biografía y se asume en general con naturalidad. Incluso se puede componer una relectura del idilio de Eduardo VIII y la señora Simpson, los primeros y últimos duques de Windsor, en clave de gran historia de amor contra la adversidad. Así lo hizo la cantante Madonna, que dirigió en 2011 una película sobre su relación.

Menos digerible, sobre todo para los ingleses, es la segunda parte de la controversia que envuelve al duque de Windsor: sus simpatías y coqueteo con Hitler, que los años han ido haciendo más nítidos, a medida que se han ido desclasificando documentos, como los que prueban que el espionaje inglés lo marcaba de cerca por esa firme sospecha.

Todavía hoy, las librerías inglesas reservan amplios anaqueles a la Segunda Guerra Mundial, gesta suprema en la historia de un pueblo orgulloso. Pero recorriendo las mayores de Londres en busca de documentación biográfica es más fácil topar con volúmenes sobre la vida de Sarah Ferguson que sobre el único rey inglés que abdicó sin ser forzado por las armas. Eduardo, el filonazi, es una verdad incómoda, que retornó de las tinieblas hace dos semanas, cuando el amarillo «The Sun» aireó una película doméstica de 17 segundos en que Isabel II, de 7 años, su madre y su tío hacen el saludo nazi en 1933, en sus posesiones escocesas de Balmoral.

¿Era Eduardo un cretino esnob, ingenuo y muy conservador, que de buena fe admiraba a Hitler como muro contra el comunismo? ¿O se trataba de un felón, que cuando Hitler ya había destapado su naturaleza criminal siguió deseando su victoria?

En sus memorias tras la guerra, el duque de Windsor, exiliado en París de por vida, reconoció que había admirado a Hitler, pero negó ser nazi y lo tildó de «figura ridícula y teatral». Pero cuesta mucho pasar por encima de la frase que dijo en una entrevista en plena guerra al periodista estadounidense Fulton Oestler, con el que habló siendo gobernador de las Bahamas, adonde Churchill lo había alejado por las sospechas de traición: «Sería trágico para el mundo que Hitler fuese derrocado. Hitler es el líder correcto y lógico para la gente de Alemania. Es un gran hombre».

Todo se agrava además por el hecho de que la dinastía inglesa es de estirpe alemana. De hecho en la Primera Guerra Mundial cambiaron su apellido germano, Sajonia-Coburgo-Gotha, por el más británicamente digerible de Windsor.

Eduardo, nacido en 1894 y fallecido en 1977 en París, con 72 años, debido a un cáncer de garganta por su contumaz tabaquismo, fue un niño huérfano de amor paterno. Arrastró siempre problemas de anorexia nerviosa y tics, y su reloj se quedó parado en una eterna adolescencia. Era también de carácter despreocupado, un «bon vivant» atractivo, delgado y deportista hasta lo patológico, bebedor, amigo de birlarle sus mujeres casadas al prójimo, vago en los asuntos de despacho. Un pequeño dandy de 1,70 de talla, probablemente estéril por unas paperas, que marcó época en el gran mundo frívolo (seguramente lo único que ha dejado como legado son sus innovaciones en la moda, donde relajó la etiqueta victoriana; todavía hoy se habla del tejido «Príncipe de Gales»).

Los proyectos de Hitler

A los 16 años fue promovido a Príncipe de Gales. Tras pasar por Oxford sin más provecho que jugar bien al polo, comenzó a representar a su padre, con 16 giras por el imperio entre 1916 y 1935. Era inmensamente popular y todavía lo fue más cuando tuvo el gesto de visitar barriadas devastadas por la miseria tras el crack del 29. El soltero más famoso del mundo. El árbitro del estilo. El Príncipe encantador.

El 10 de enero de 1931 conoce a una nueva casada que despierta su interés, Wallis Simpson, de 35 años; él tiene 37. Ella es una flaca de Baltimore, de formas algo hombrunas, una socialite que va por su segundo marido. Eduardo enloquece, quiere ser dominado por ella. Wallis, que mantiene un romance paralelo con un vendedor de coches, que hasta ha sido amante del embajador nazi en Londres, Von Ribbentrop, no lo ve claro. Pero Eduardo la amenaza con suicidarse si lo abandona. Se dice que ella nunca lo amó. Aunque lo cierto es que le fue leal hasta su muerte, doce años antes que la de ella.

En enero de 1936, Eduardo VIII es el nuevo Rey. En octubre Wallis obtiene el divorcio. El monarca quiere casarse con ella. Pierde el pulso constitucional y abdica el 10 de diciembre de 1936: «No puedo cumplir mis deberes como rey como querría hacerlo sin la ayuda y apoyo de la mujer que amo», lee en su adiós para la radio, ante un pueblo acongojado. En junio de 1937 se casan y se les concede el título de duque y duquesa de Windsor, con orden del nuevo Rey, el famoso tartamudo de la película, Jorge VI, de que no asomen bajo ningún concepto por Gran Bretaña, adonde solo volverá tres veces para funerales.

En 1936, Eduardo había enviado un telegrama a Hitler deseándole «felicidad y bienestar» en su 47 cumpleaños. Pero en octubre de 1937 comete su gran locura: un viaje de doce días por Alemania, como huésped de honor de los nazis. Saludos con mano alzada del exrey inglés, que acude al pabellón de caza de Goering e intercambia confidencias con Goebbels. Incluso lo llevan a ver un campo de concentración, disfrazado de cierto decoro, y visita a Hitler en su retiro de montaña de Berchtesgaden, donde charlan 50 minutos a solas. «Su abdicación fue una severa pérdida para nosotros. Si hubiese seguido todo habría sido muy diferente», comentó Hitler a su círculo, añadiendo que Wallis «habría sido una buena reina».

Con la guerra en curso, el duque de Windsor es nombrado jefe de enlace militar en París, un puesto más bien simbólico. Tras las sospechas de que ha filtrado parte de los planes militares en Bélgica a los alemanes es evacuado en un navío británico a Niza. Luego cruza a España, donde se alojan en la habitación 501 del Ritz de Madrid. Los alemanes lo tientan en la que llaman «operación Willi». El plan es ofrecerle que se asiente en un palacete en Ronda, aprovechando que España está por entonces en la órbita alemana, a la espera de que la caída de Inglaterra permita reponerlo como rey títere. Eduardo es indiscreto. Con poca delicadeza y menos patriotismo, comenta sin cuidarse entre su círculo que las bombas sobre Londres pueden ayudar a traer la paz más rápido. Churchill lo obliga a pasar a Lisboa. Allí continúa levantando una polvareda de dudas y se opta por enviarlo lo más lejos posible: las Bahamas.

Tras la guerra vive entre París y Niza, en palacetes que le facilita el Gobierno francés, que lo exime de impuestos. Eduardo y Wallis llevan una rutilante vida social. Por su casa de París desfilan estrellas del cine, fotógrafos de moda, Onassis y Callas, Marlene... Gore Vidal los va a ver. Con su colmillo acerado retratará la banalidad absoluta de su conversación, la oquedad de dos seres sin alma, sostenidos a golpe de alcohol y humo, obsesionados con la flacura y que solo parecen reservar afecto para sus dos canes.

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