Un manifestante en las calles de Bujumbura durante las protestas contra Nkurunziza
Un manifestante en las calles de Bujumbura durante las protestas contra Nkurunziza - reuters
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Burundi, del conflicto étnico a la protesta política

Los manifestantes rechazan la candidatura de Pierre Nkurunziza a las elecciones presidenciales del mes de junio

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No se llama Jean, pero vive en Burundi y la crisis abierta en su país puede comprometer su seguridad. Tiene 28 años y cuando charla con ABC se interesa por la temperatura en España, confiesa que nunca ha visitado Europa y admite que jamás ha necesitado un abrigo en Bujumbura, la capital, donde vive desde la adolescencia. Su ciudad nace a las orillas del río Tanganica y su población asciende a las 800.000 almas. Muchas participaron en las protestas de estas últimas semanas. Las calles, llenas de barricadas, han acogido la muerte de 25 burundeses asesinados por la policía. Los ciudadanos rechazan que Pierre Nkurunziza, presidente de la nación desde 2005, concurra a las elecciones de este mes de junio e intente prolongar su liderazgo con un tercer mandato. La Constitución, que lo prohíbe de forma expresa, les respalda.

Este jueves, Jean comenta que no va a trabajar por temor a las «balas perdidas». Una infancia cerca de la guerra no bloquea el miedo a la muerte. Parte de su niñez transcurrió en un campo de refugiados de Buhiga, en una región del interior de Burundi. La frontera del país dibuja la forma de un corazón humano y su tierra, su paisaje de colinas ha sufrido los estragos de la violencia. El conflicto civil arrasó la nación de 1993 a 2005, alimentado por una confrontación étnica entre hutus y tutsis que segó la vida de 300.000 personas. El primer paso para la paz fue la firma de los Acuerdos de Arusha en diciembre del año 2000. El documento responsabilizaba a los colonos alemanes y belgas de encender la mecha del odio racial «en el marco de una estrategia pensada en dividir para reinar».

Alemania perdió su imperio colonial tras su derrota en la Primera Guerra Mundial. La Sociedad de Naciones, antecesora fallida de las Naciones Unidas, cortó la tarta y otorgó a Bélgica el mandato de Burundi en 1921. Durante esos años, los europeos introdujeron ideas en boga en nuestro continente en el período de entreguerras. Así establecieron que los tutsis, una etnia minoritaria dedicada a la ganadería y clase dirigente, eran racialmente superiores. La mayoría hutu, de agricultores, quedó relegada a un segundo lugar. Solo por encima de los twa, el pueblo pigmeo que siempre careció de derechos. La independencia lograda en julio de 1962 no trajo la paz. En 1972, los tutsis masacraron a los hutus. Las cifra de muertos varía entre las 100.000 y 300.000 personas.

La guerra civil de Burundi terminó en 2005, cuando Pierre Nkurunziza fue elegido en las urnas para liderar el país. Su partido, el CNDD-FDD —Consejo Nacional para la Defensa de la Democracia-Fuerzas de Defensa de la Democracia—, combatió como milicia durante el conflicto. Cuenta con el apoyo de la mayoría hutu, a la que también pertenece el presidente.

Una crisis política

La sombra de los enfrentamientos étnicos planea sobre Burundi, pero no está en el origen de las tensiones que vive el país. Un cooperante que trabajó en África durante años, al que llamaremos Juan, remarca este aspecto: «Nkurunziza es hutu y el que quiere coger el poder también», indica en referencia a Godefroid Niyombaré, el general que dio un golpe de Estado fallido el pasado 13 de mayo. Ese día, el presidente se encontraba en la ciudad tanzana de Dar el Salaam, en una cumbre celebrada para lidiar con la crisis. Los militares rebeldes aprovecharon su ausencia y ocuparon una radio privada, desde la que lanzaron un mensaje a la población: debía renunciar. Tras dos días de incertidumbre, todo quedó en una algarada.

Antoine Kaburahe, director del medio burundés «Iwacu», tampoco considera que el componente étnico juegue un rol clave en la crisis. Su medio fue cerrado unos días, después de la intentona de golpe de Estado. Durante una conversación, el periodista expresó su admiración por la madurez mostrada por su pueblo: «Hay un elemento esencial a destacar: las movilizaciones contra el tercer mandato están formadas por hutus y tutsis». Preguntado sobre las heridas de la guerra civil, considera que están curadas y reivindica el espíritu de las protestas. En las calles de Bujumbura, señala, hay «jóvenes, viejos, hombres, mujeres».

Los manifestantes apelan a los Acuerdos de paz de Arusha y al respeto a la Constitución, que en su Artículo 96 señala que «el presidente de la República es elegido por sufragio universal directo para un mandato de cinco años renovable una vez». Juan aprecia su legado pero cuestiona su insistencia por aferrarse al poder. «Durante diez años el país ha progresado muchísimo», explica. Sobre todo en aspectos sociales, dado que el político promovió «que los partos fueran gratuitos para todo el mundo» y garantizó que los gastos hospitalarios de los niños de menos de cinco años corrieran a cargo «del gobierno». Kaburahe es más crítico. El periodista teme «que un solo hombre pueda quemar el país».

«Cientos de miles de manifestantes mostraron su alegría cuando un grupo de oficiales anunció un golpe de Estado», cuenta Kaburahe. El responsable, Niyombaré, cayó en desgracia en febrero, cuando el presidente le destituyó por criticar su nueva candidatura. Antes había ocupado puestos de responsabilidad, como el de director del Servicio de Inteligencia del país africano. «Es un guerrillero», explica el periodista sobre el general, «pero un hombre pacífico y abierto». El clima de incertidumbre que ahora se cierne sobre el país preocupa a defensores de los derechos humanos. Un miembro de Aministía Internacional, que también pidió ocultar su identidad, expresa su inquietud por las represalias que pueden sufrir los manifestantes detenidos.

«Pedimos que los arrestados sean presentados ante un tribunal civil y tengan derecho a un juicio justo», explica. El activista también critica las carencias que padece la libertad de expresión en Burundi. «Las cuatro emisoras de radio independientes y privadas han sido saqueadas, al parecer por la policía, y la gente tiene una información muy reducida». Reducida y también oficialista. Según otro periodista de Bujumbura, que tampoco quiso dar su nombre, la situación de los medios «es catastrófica». «Han atacado radios muy populares, así que ahora solo queda la radio nacional, la pública, podemos decir que la presidencial», señaló durante una conversación telefónica. Los responsables fueron «los partidarios del presidente Nkurunziza», en concreto las juventudes de su partido, los temidos «Imbonerakure».

Según un informe publicado por la ONG «Human Rights Watch», los miembros de «Imbonerakure» cometen «actos de violencia, que incluyen asesinatos, palizas, violaciones, amenazas y extorsiones contra sus opositores y otros burundeses». Una percepción confirmada por la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). En un análisis del 15 de mayo, la organización denunció que más de 105.000 ciudadanos han huido de Burundi desde que comenzaron las manifestaciones. Muchos de ellos narran las amenazas sufridas por estas milicias, «que pintan marcas rojas en las casas de las personas que se convierten en su objetivo».

Este sábado, los líderes del movimiento contrario al tercer mandato de Nkurunziza aceptaron una pausa en las manifestaciones y comenzaron a negociar con las autoridades. Las elecciones legislativas y comunales, que debían celebrarse a finales de mayo, han sido retrasadas hasta el 5 de junio. Las presidenciales continúan programadas para el día 26 de ese mes. El futuro de Burundi está en el aire.