PRIMERA GUERRA MUNDIAL Sarajevo 1914: El pistoletazo nacionalista que incendió Europa

Se cumplen cien años del asesinato del heredero del Imperio Austro-Húngaro, el atentado que desencadenó la Primera Guerra Mundial y el auge de los nacionalismos en Europa

El heredero austriaco y su esposa, en Sarajevo
El heredero austriaco y su esposa, en Sarajevo - ARCHIVO ABC
Antonio lópez vega - Actualizado: Guardado en: Internacional

Cuando la mañana del 28 de junio en Sarajevo, el joven nacionalista serbio Gavrilo Princip se encaramó al estribo en el coche descapotable del archiduque Francisco Fernando, heredero del cetro Austro-Húngaro, disparándole a quemarropa, se encendió la mecha de la gran hoguera que incendiaría Europa en los siguientes cuatro años. El nacionalismo se iba a convertir a partir de entonces en un factor esencial del siglo XX.

Como artefacto político e ideológico, el nacionalismo había tomado carta de naturaleza con las revoluciones americana y francesa a finales del siglo XVIII, cuando se vinculó el Estado-nación con el principio de soberanía nacional -plasmado en la constitución española de 1812-. Ya en la primera mitad del XIX, al configurarse jurídica y conceptualmente el Estado de Derecho, cuajó un nacionalismo legalista-Inglaterra, Francia, España- que concebía a la nación como la comunidad de ciudadanos titulares de la soberanía nacional, y de los derechos y libertades individuales.

Junto a él surgió un nacionalismo cultural que encontraba el origen de las naciones en una historia compartida, que habría ido conformando los diferentes caracteres jurídicos, institucionales, lingüísticos, religiosos, sociales o, en definitiva, culturales, y que se traduciría en una voluntad común de los ciudadanos libres e iguales ante la ley para conformarse en nación-Estados Unidos, Italia, Grecia o Irlanda-. Y, también, ya en la segunda mitad de la centuria, surgió el nacionalismo esencialista, para el que la nación era un ente abstracto anterior a las personas que la componían, con una serie de características -etnia, territorialidad, costumbres- que habrían prevalecido a lo largo de la historia y que sus miembros compartirían, lo quisieran o no.

Teóricos nacionalistas

Al comenzar el siglo XX, convivían en el mundo naciones-Estado pero, también, numerosísimas naciones sin Estado que, alimentadas por minorías étnicas y culturales, iban a convertirse en protagonistas. Así, el pistoletazo de Princip simbolizó un cambio en el perfil político del nacionalismo. Con teóricos como D’Annunzio o Marinetti en Italia, Maurras o Barrès y Acción Francesa en el país galo, o Treitsche, H. S Chamberlain y la Liga Pangermánica u organizaciones similares en Alemania y Austria-Hungría, el nacionalismo abonó el terreno para la emergencia de dictaduras autoritarias tras la I Guerra Mundial.

La retórica del presidente norteamericano Wilson, impulsando el derecho de autodeterminación de los pueblos, tampoco ayudó demasiado. Inspirados por una idea cultural de la nación, los mandatarios reunidos en Versalles en 1918 consideraron, sobre parámetros decimonónicos, que una Sociedad de las Naciones, vertebrada a partir de Estados-nación homogéneos, contribuiría a consolidar una comunidad internacional donde los sistemas parlamentarios liberales rigieran, por la senda de la paz, el destino del mundo. El nacionalismo fue visto entonces como una forma de liberación, un derecho de los pueblos a su autogobierno y a la defensa de su identidad como tales. Sin embargo, la realidad fue exactamente la contraria.

El nacionalismo ya no era el del XIX. En la posguerra mundial, se asistió a la consolidación de regímenes autoritarios de corte nacionalista, en muchos casos militares, que, ante el aparente colapso de los sistemas parlamentarios liberales, buscaron implantar gobiernos fuertes para regir los designios de la nación, convertida en el fin primordial del Estado, supeditando al mismo el individuo. Los partidos únicos que los articularon, hablaban de la regeneración de sus países a través de proyectos de salvación nacional (Hungría, Italia, España, Portugal, Polonia, Lituania, Albania, Yugoslavia, Alemania, Letonia, Estonia, Bulgaria, Grecia o Rumanía).

Al mismo tiempo, la URSS, fruto de la revolución bolchevique que tomó el poder en Rusia en 1917, puso en marcha una alternativa política totalitaria donde policía, ejército y partido único consolidaron la revolución comunista. Había llegado la era de las tiranías (Élie Halévy). Entre todas estas dictaduras, la soviética, por un lado, y la fascista mussoliniana y la nazi de Adolf Hitler, por otro, significaron un punto y aparte. Se abrió entonces la puerta al episodio más oscuro de la historia europea.

Si la Alemania nazi representó la versión más brutal del nacionalismo esencialista, no conviene perder de vista que la vertiente violenta fue, asimismo, adoptada por otros nacionalismos, también de origen cultural, que no lograron la hegemonía total del poder estatal. Quizá el ejemplo paradigmático fue el nacionalismo irlandés. El fallido levantamiento de Pascua de 1916, reprimido fácilmente por el Ejército británico, se saldó con la ejecución de sus líderes, lo que otorgó a su causa una fuerza que antes no tenía y que presentó, desde entonces, la identidad irlandesa como irreconciliable con la británica. En 1918, el Sinn Féin de Éamon De Valera y Michael Collins obtuvo una victoria electoral aplastante sobre las opciones unionistas. Un año más tarde, los parlamentarios electos del Sinn Féin se constituyeron en parlamento y proclamaron la independencia de la República de Irlanda. Las autoridades británicas lo disolvieron por la fuerza y detuvieron a los principales líderes del ese partido. Collins fundó entonces el Ejército Republicano Irlandés (IRA), que inundaría de terror y sangre buena parte del siglo XX británico.

El «broche» de los Balcanes

Tras la II Guerra Mundial, paralelamente a la lucha entre los bloques democrático-liberal y soviético, también se asistiría a diferentes manifestaciones nacionalistas en el contexto de la configuración de entidades supranacionales como los denominados Países No Alineados (1955) o el proceso de construcción europea (1957). Fueron los llamados Movimientos de Liberación Nacional, la mayoría de inspiración revolucionaria marxista-leninista como ETA, o grupos surgidos en países de Latinoamérica o el Magreb.

Si la centuria comenzó con un atentado de Sarajevo, terminó paradójicamente con una nueva explosión nacionalista, también en los Balcanes, que causó la primera guerra en suelo europeo después 50 años. Pero no fue el único conflicto étnico-nacionalista de entonces. Las Repúblicas independientes surgidas como consecuencia de la desintegración de la URSS; el terrorismo checheno; la Liga Norte de Umberto Bossi, palanca para que Berlusconi alcanzase el poder y marcase la vida política de Italia; el actual rebrote del problema de vertebración nacional en España; la autonomía en 1999 de Gales y Escocia en Gran Bretaña; la irrupción de varios partidos nacionalistas, xenófobos y antieuropeístas en Francia, Austria u Holanda; y, fuera de Europa, conflictos como el palestino-israelí, la cuestión kurda, Cachemira en Pakistán o el nacionalismo tamil en Sri Lanka, harían del siglo XX un siglo marcado políticamente por el nacionalismo.

Antonio López Vega es autor de «1914. El año que cambió la historia»

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