Millones de «cobardes» y dos metros de «vergüenza» para llegar al mar del Sahara
Ahmed Salem, víctima de minas, junto a su hijo - e.p.h.
muro del sáhara

Millones de «cobardes» y dos metros de «vergüenza» para llegar al mar del Sahara

Un muro de 2.700 kilómetros separa el Sáhara ocupado por Marruecos de los territorios liberados por el Polisario. Bajo la arena aguardan cerca de siete millones de minas antipersona

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Dicen que la mina es el arma más cobarde, tanto por su forma de matar como por su eficacia. No avisa, espera a que su víctima se acerque sin hacer ruído. Además, de un solo chasquido destruye familias enteras, las anula psicológicamente e invalida, en muchos casos, sus posibilidades económicas. Bajo la arena que circunda el muro de varios tramos de 2.700 kilómetros que divide el Sáhara ocupado por Marruecos y los territorios liberados por el Frente Polisario aguardan entre siete y diez millones de ellas, según cifras de las Naciones Unidas.

«No escuchamos nada, solo fue un golpe rápido y salimos por los aires. El coche se partió en dos y perdí la memoria», recuerda Ahmed Salem, un nómada del desierto. Era septiembre de 1988, Ahmed estaba buscando a su rebaño de camellos cuando explotó la mina. «Ya se me habían perdido quince y ese era mi modo de vida. Sabía que estarían allí por qué en esa zona hay pastos verdes», explica cuando se le pregunta por qué se aventuró en los territorios liberados en una zona peligrosa, a solo 30 kilómetros del muro.

Con su accidente, la familia de Ahmed perdió su medio de subsistencia y tuvo que sedentarizarse. En la actualidad residen en el campamento de refugiados de Dajla, en Argelia y viven de la ayuda internacional que reciben. Ahmed cuenta con una prótesis para la pierna que perdió en la explosión, pero es raro vérsela puesta. «Me la proporcionó una asociación belga, pero es antigua y muy pesada», lamenta. Su historia es la de muchos saharauis, algunos de ellos niños.

Poner una mina es mucho más fácil que quitar una mina. Comprar una cuesta cerca de tres dólares, sacarla del terreno, unos doscientos. Algunas organizaciones internacionales se han implicado en el desminado. Action on Armed Violence, una ONG británica, ha rastreado más de 22.000 artefactos en los territorios liberados. A pesar de ello, cada año llegan nuevas noticias de víctimas de las minas. El último fue hace menos de un mes, Ahmeitu Mahmud, un pastor que se encontraba en los alrededores Smara, donde las explosiones son frecuentes.

«Sin sangre, no hay morbo ni prensa»

El «muro de la vergüenza», como lo llaman los saharauis, tardó sólo siete años en alzarse y es la construcción humana más larga por detrás de la muralla china. El Gobierno de Hassan II lo mandó construir en los años ochenta del pasado siglo bajo la idea de «divide y vencerás». El muro no era solo un muro sino un dique de contención que impedía que el pueblo saharaui permaneciera unido, debilitándolo. A un lado, el oeste, quedaban los territorios ocupados por Marruecos, con salida al mar e importante valor económico; al otro, el este, un desierto yermo y más allá, la «hamada» argelina, un territorio hostil, donde se asentaron los campos de refugiados saharauis que habían escapado de su tierra tras la llegada de la Marcha Verde marroquí en noviembre de 1975.

Las nuevas generaciones que han nacido al otro lado del muro y que nunca han visto el mar buscan cambios, algunos a toda costa, hartos de esperar una respuesta de la comunidad internacional. «Si no podemos vivir como queremos, entonces moriremos como queremos», afirma Tiba, miembro de la plataforma «Gritos contra el muro», una asociación de base juvenil que organiza protestas pacíficas frente a la alambrada que los separa del muro. El problema es que como Tiba, cada día son más los que se han cansado de esta vía pacífica.«La muerte es una ley natural. Pienso que es mejor morir que vivir como vivimos», reitera. En la organización se suceden las asambleas de debate en las que unos siguen apostando por esperar y otros llaman a volver a las armas, como única forma de hacer ruido y ser recordados. Los marroquíes y el Polisario firmaron un alto el fuego en 1991 qe puso fin a la guerra, pero no a las hostilidades ni, por supuesto, al conflicto.

El ala radical a la que pertenece Tiba considera que hacer las cosas bien, optar por la vía pacífica y esperar a una decisión de la comunidad internacional no les ha llevado, de momento, a ninguna parte. «No somos un conflicto que venda, si no hay sangre, no hay morbo y no importamos a la prensa. Así no hay nada que hacer», concluye Tiba.