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¿Quiénes son Boko Haram?

Pese a su corta historia, el grupo nigeriano ya se ha cobrado la vida de al menos 5.000 personas

EDUARDO S. MOLANO - Actualizado: Guardado en: Internacional

En 2002, ante la crisis económica que asolaba el norte del Nigeria (de mayoría musulmana), cerca de 200 estudiantes de clase alta decidieron establecerse, junto al líder religioso Mohamed Yusuf, en un campamento cercano a la frontera con Níger.

El nombre de esta comuna -Afganistán- dejaba pocas dudas sobre las intenciones del grupo: establecer un Gobierno islamista en la región.

Sin embargo, fue curiosamente la muerte de su líder lo que radicalizó al grupo. El 30 de julio de 2009, Yusuf fallecía en un enfrentamiento con las fuerzas armadas tras, presuntamente, intentar escapar después de haber sido detenido momentos antes. Durante esos días, al menos 186 personas perdieron la vida en la ola de violencia causada por su captura.

Desde entonces, la diplomacia del «Tomahawk» se ha convertido en el único modo de vida de estos talibanes africanos: ya el 7 de septiembre de 2010, en el considerado por la mayoría de analistas el prólogo de su dilatada carrera terrorista, el grupo armado había liberado a 721 prisioneros que se encontraban retenidos en la cárcel de Bauchi. Ese mismo año, en varios ataques sincronizados contra templos cristianos durante el día de Navidad, el grupo asesinaba a 86 personas.

Y su biografía mortal no deja de dilatarse. Solo desde 2009, el grupo se ha cobrado la vida de al menos 5.000 personas.

Dudas sobre su liderazgo

El pasado mes de agosto, el Ejército nigeriano aseguraba que Abubakar Shekau, líder actual de la milicia islamista, fue herido durante un ataque de las Fuerzas Armadas a una base insurgente en Sambisa, al noreste del país. Posteriormente, el caudillo radical habría viajado a Amitchide, una comunidad fronteriza de Camerún, para ser tratado de sus lesiones. Sin embargo, la cura sería en vano, y habría fallecido entre el 25 de julio y el 3 de agosto.

Verdad o ficción, desde entonces la confirmación (real) sobre la muerte de Shekau continúa sin producirse.

Las especulaciones sobre cómo consigue Boko Haram financiación son constantes. En 2012, David Alton, miembro de la Cámara de los Lores británica, denunciaba que organizaciones de caridad basadas en Reino Unido captaban fondos para el grupo radical.

Para poner fin a estas conexiones internacionales, a finales del año pasado, el Departamento de Estado norteamericano incluía al grupo yihadista en su lista de organizaciones terroristas. La decisión estaba encaminada a congelar los activos del grupo armado, imponer prohibiciones de viaje a sus miembros, así como impedir que cualquier ciudadano estadounidenses ofrezca material de apoyo a los milicianos.

Pese a ello, la realidad demuestra que las operaciones sobre el terreno de la milicia islamista no son para nada costosas. Primero, ante la facilidad para reclutar tropa base en el deprimido norte. Ya el 7 de septiembre de 2010, en el considerado por la mayoría de analistas el prólogo de su dilatada carrera terrorista, el grupo armado había liberado a 721 prisioneros que se encontraban retenidos en la cárcel de Bauchi. Apenas un año después, en enero de 2012, otros 40 correligionarios del grupo huían del penal de Damaturu, a cerca de 280 kilómetros del anterior centro.

Las estrategias reclutadoras de Boko Haram se desarrollan a cuatro niveles: Incentivos financieros, parentesco (muchos de los nuevos afiliados están relacionados con miembros del grupo primigenio), reconducción del histórico conflicto religioso y radicalización de los líderes (caso de Ibrahim Datti Ahmed, quien provocó una sangrienta campaña contra los efectivos sanitarios del país).

Segundo, ante el flujo de armas heredadas del conflicto libio que ha inundado la región. De acuerdo con un informe hecho público por Naciones Unidas a comienzos de 2012, la rebelión en Libia frente a Muamar Gadafi habría servido de retroalimentación a los grupos armados que operan en la región africana del Sahara y el Sahel, caso del propio Boko Haram.

El papel del Gobierno local

La identidad de sus socios financieros es también otra de las grandes incógnitas. Como reconocía recientemente a ABC el imán Hussein Zakaria, uno de los principales líderes religiosos locales, «sin el apoyo de buena parte del Gobierno nigeriano, el desarrollo de Boko Haram habría sido imposible».

Para Zakaria, el séquito político alrededor de Kashim Shettima, gobernador de la región de Borno, resulta clave para entender este sostén: «Ya en enero de 2012, uno de los principales sospechosos de la masacre de Madalla (al menos 44 personas perdieron la vida en un ataque contra una iglesia cristiana el día de Navidad de 2011) fue detenido en la propia residencia del gobernador. Solo unos días después, el reo escapaba del control policial. El apoyo de Borno es evidente», denuncia el líder religioso.

No es la primera acusación que recae sobre las autoridades políticas de esta región. En 2012, el general Jeremiah Useni, presidente del Arewa Consultative Forum (una organización formada por líderes del norte del país), acusaba a Ali Modu Sheriff, exgobernador local, de ser la mano negra detrás del explosivo crecimiento de la milicia.

«En 2002, Boko Haram tan solo era una sociedad estudiantil. Sin embargo, durante su campaña electoral, Ali Modu Sheriff subvencionó y proporcionó armas al grupo para que se convirtieran en camorristas de su candidatura. Simplemente, se le fue de las manos», reconoce el general.

La guerra sucia, eso sí, parece ampliarse. Recientemente, Amnistía Internacional condenaba la detención arbitraría sin cargos de «cientos de personas acusadas de vínculos con Boko Haram», así como «las ejecuciones extrajudiciales o desapariciones forzosas» llevadas a cabo por las fuerzas armadas.

De igual modo, la organización recordaba a las dos partes en conflicto que «hay un círculo vicioso de violencia actualmente en Nigeria» y «el pueblo nigeriano está atrapado en medio».

Y los números, lo cierto, le otorgan la razón.

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