Internacional / entrevista a Alain Finkielkraut

«La identidad nacional de Francia está amenazada por el multiculturalismo»

Día 30/12/2013 - 04.48h
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Alain Finkielkraut, ensayista y politólogo francés, aborda con crudeza en «La identidad desgraciada» la crisis de un país que está cambiando su rostro cultural, étnico y religioso

Francia se encuentra hoy en una encrucijada, víctima de la amenaza de un relativismo y multiculturalismo que están erosionando de manera inquietante los antiguos cimientos de su identidad nacional. Esta es la preocupación que muchos ignoran en Francia, pero que Alain Finkielkraut aborda con valentía. Una crisis para la que faltan soluciones tanto desde la izquierda como desde la derecha, y que necesita un debate urgente si no se desea que los extremismos capitalicen un problema que no deja de crecer con el tiempo. Ensayista emérito, su ensayo «L’identité malheuruse» (La identidad desgraciada) culmina provisionalmente una obra que ocupa un puesto singular en la escena europea, convirtiéndose en un «bestseller» que aborda con crudeza la crisis de una Francia que está cambiando su rostro cultural, étnico y religioso.

—¿Porqué es el multiculturalismo una amenaza para Francia?

—El problema quizá afecte a toda Europa. Oficialmente, Francia «cerró» sus fronteras a la inmigración ilegal en 1974. Sin embargo, la población de origen inmigrante no ha dejado de crecer con gobiernos de izquierda y derecha. A través del derecho a la reagrupación familiar, la legalización de ilegales y otros mecanismos, la población inmigrante no ha dejado de crecer, y Francia se encuentra hoy en una encrucijada, con dos alternativas posibles. Bien Francia se convierte en una nación asimilada, corriendo el riesgo de perder su identidad propia. O bien se transforma en una sociedad multicultural con una identidad todavía desconocida. Francia oscila entre esas dos alternativas, sin saber muy bien qué camino tomar, convirtiendo esa alternativa en un factor de tensión y angustia social.

—¿Cual es la parte responsabilidad del sistema político en esta crisis?

—En verdad, Francia vive hoy dos crisis paralelas, superpuestas, en cierta medida. Hay una crisis económica, social, política, que cada cual juzga a su manera. Los gobiernos de izquierda y derecha intentan responder, a su manera. Es una crisis clásica. Pero hay una crisis más profunda: hay una crisis de Francia y los franceses, una crisis del vivir juntos, con valores que están amenazados y algunos creen que están en peligro. Ante esa crisis, ni la izquierda ni la derecha aportan soluciones o debates claros que permitan reflexionar sobre nuestra identidad. Los extremismos, por su parte, atizan nuevos problemas, inflamables.

—En su fondo último, se trata de una degradación de lo que en otro tiempo se hubiese llamado la vida del espíritu, la vida de la cultura, que fue uno de los cimientos más sólidos de la civilización europea, hoy víctima de la degradación de la enseñanza y, más genéricamente, de la degradación de las humanidades.

—Europa entró en el siglo XVII en un proceso de secularización. A partir de entonces, la cultura comenzó a ocupar el puesto que siglos antes tuvo la religión. Durante varios siglos, el escritor impartía una suerte de magisterio, ligado a su tarea de transmisión de la palabra. Nosotros asistimos al inquietante proceso de sustitución de la cultura, amenazada, por el consumo de productos presuntamente culturales. Los antiguos creyentes en algo, en Dios, en la cultura, se han convertido en consumidores felices de naderías que se compran, se venden, y se tiran a la basura. El resultado parece evidente... En Estrasburgo, por ejemplo, millares de turistas visitan diariamente su majestuosa catedral gótica: pero no entienden nada, ni les interesa entender, ni comprenden ni desean comprender el significado, herencia y legado de esa catedral, esa arquitectura. No muy lejos de la catedral de Estrasburgo se encuentran una mezquita: esa mezquita está llena de fieles y creyentes, que sí saben, sí comprenden y sí creen en el significado del lugar donde ellos se reúnen para celebrar el mensaje religioso al que ellos son fieles. En nuestro caso, esa conversión de los antiguos creyentes en consumidores felices nos está hablando de una metamorfosis inquietante.

—Desde esa óptica, las nuevas tecnologías, con sus posibilidades, también tienen algo de naderías vacías de significado, si no somos capaces de utilizarlas de manera creativa.

—Cada día se leen, en los periódicos, casos de padres que son incapaces de controlar y ordenar, orientar, la vida de sus hijos, seducidos y drogados, en cierta medida, por los aparatitos de las nuevas tecnologías. Esa dependencia crea riesgos temibles para algo esencial que Ortega definió como nuestra continuidad histórica. En nuestro caso, la escuela y el sistema educativo cumplen mal o muy mal sus funciones básicas. Y la comunicación está amenazando la transmisión de saberes esenciales. Los otros días escuché a una ministra de François Hollande diciendo que lo esperaba todo de las nuevas tecnologías numéricas. Me puse a temblar, aterrando. Esa ministra no comprende que no se puede curar la toxicomanía tecnológica aumentando las dosis de esa droga dura.

—Algunos medios de comunicación o incomunicación de masas se han convertido en algo parecido a comisarios políticos al servicio de la basura o la nadería ideológica.

—En Francia, Hitler nunca ha estado tan vivo como ahora. Vivo Hitler, muchos franceses preferían callar, ocultarse, colaborar. Durante la ocupación nazi, grandes personalidades que luego serían de extrema izquierda estrenaban en los teatros parisinos con mucho éxito y presencia de las autoridades del ejército nazi. Hoy, sin embargo, los nuevos policías de la ideología dominante ven síntomas e indicios nazis y fascistas por todas partes. Son incapaces de comprender e intentar razonar la realidad inmediata, tienen miedo a la democracia y prefieren refugiarse en un pasado fantasmal, rechazando con violencia a quienes le recuerdan la realidad inmediata. En ese terreno, los nuevos policías de la fe de nuestro tiempo son implacables con los disidentes.

—¿Es usted optimista o pesimista?

—No soy muy optimista. Pero tampoco tenemos derecho al nihilismo o la melancolía. Tengo un hijo, y quiero para él un mundo mejor. Debemos ser vigilantes e intentar que las cosas no vayan a peor.

—¿Cree que Hollande es consciente de los problemas que plantea la nueva sociedad multicultural francesa?

—En Francia hay cinco o seis millones de franceses musulmanes. Hay otros tres o cuatro millones de franceses de raza negra. Ningún presidente puede ser elegido, sin el apoyo de esas «minorías visibles» como suele decirse. Hollande fue elegido con buena parte de esos votos. Sin embargo, su reciente viaje a Israel le permitió dejar clara su amistad y solidaridad con políticos como Benjamín Netanyahu. Quizá esa solidaridad de fondo con Israel pudiera decir que el jefe del Estado no está maniatado a una parte sustancial de los votantes que le dieron la victoria decisiva.

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