El hombre de Estado que pasaba tres horas al día con sus nietos
Mandela, junto a algunos de sus hijos y nietos, celebrando su 92 cumpleaños en 2010 - reuters

El hombre de Estado que pasaba tres horas al día con sus nietos

El expresidente que se hacía la cama todos días, el devorador de periódicos, el embaucador. Nelson Mandela, que sacrificó su vida personal por la liberación de su pueblo, dedicó sus últimos días a su familia

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Cuando en 1992 el Congreso Nacional Africano (CNA) contrató a Xoliswa Ndoyiya como cocinera del más prominente de sus activistas, el que sería el próximo presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela, le pidió una carga extra de trabajo: sus años de encarcelamiento le impidieron ver crecer a sus hijos, y por eso ahora quería tener a su nietos cerca de él.

Así es como Xoliswa Ndoyiya, la mujer que alimentó a Nelson Mandela hasta el fin de sus días, comenzó a cocinar hamburguesas al mismo tiempo que preparaba canapés a altas horas de la madrugada para reuniones de Estado donde se negociaba el final del régimen racista del apartheid.

Sus nietos Mandla, Ndaba, Mbuso, Rochelle y Andile llevaron calor a aquella casa de Johannesburgo a la que regresaba tan pronto como se lo permitían sus obligaciones como jefe de Gobierno. «Siempre ha tenido un especial cariño a los niños. No oyó sus voces en 27 años de prisión», explica Ndaba.

En 2009, el primer presidente negro de Sudáfrica, ya retirado, se entregó a sus nietos y bisnietos durante dos semanas; de ahí salió un documental realizado por Kweku Mandela, uno de aquellos niños que años atrás comían las hamburguesas de Xoliswa Ndoyiya. «Se sentaba tres horas al día con nosotros para hablar de cualquier cosa. Los más pequeños le preguntaban por sus canciones favoritas o los trajes tradicionales de la tribu Xhosa; los adultos sobre su vida, sus principios políticos…», recuerda su nieto Kweku.

De esta manera recuperaba Mandela el tiempo que le arrebató su compromiso con las ideas por las que estuvo dispuesto a morir. Sus años de prisión le hicieron incapaz de expresar sus emociones, dice su hija Makaziwe, apartada de su padre a los 9 años tras su condenada a cadena perpetua.

Para su nieto Ndaba, sin embargo, fue la persona cercana de la que no pudieron disfrutar sus hijos. «Alguien que se preocupó tanto por su familia… Aunque tuvo que hacer un sacrificio; algo que hizo no solo por ellos, sino por el bien de todo un país».

«Ya os llamo yo»

La vida del «ciudadano Mandela» comenzó en 2004, a los 86 años, cuando finalmente se despidió de la vida pública con su habitual sorna: «No me llaméis, ya os llamo yo».

Así conquistaba los corazones de sus seguidores y las voluntades de sus adversarios. «El sentido del humor y la distensión, incluso cuando tratas cosas serias, te ayuda a conseguir aliados», reconocía el estadista que leía a Maquiavelo y al mismo tiempo escribía en un bloc de notas con dibujos de Garfield. «Es esa capacidad de conectar con cualquiera, de hacerte sentir importante», reconoce Verne Harris, jefe del archivo de su fundación.

Su amigo, el abogado George Bizos, que le defendió en el juicio de Rivonia y le vio asiduamente durante sus años de prisión, retrata a un Mandela al que le gustaba recibir visitas en casa sin previo aviso. «Es como nosotros», dice. Se hacía su cama todos los días, incluso si estaba en un hotel. Su cocinera recibió instrucciones de preparar para él comida tradicional africana. Se cansó de comer marisco en sus años de cárcel; era el único sustento disponible en la isla-prisión de Robben Island.

En su retiro, Bizos y Mandela se sentaban juntos a ver los deportes, fútbol, rugby, y a hablar de los viejos tiempos de lucha contra el apartheid. «Cuando te haces viejo el pasado cobra mucho sentido. Recordamos a los compañeros, las aventuras, y acabamos por terminarnos mutuamente la frases».

Mandela era un devorador de periódicos; eran más preciados que el oro para los presos políticos en las cárceles sudafricanas. Ni siquiera apartó los ojos del diario cuando uno de los motores del avión en el que viajaba se averió en pleno vuelo, describe el escritor Richard Stengel, que le asistió en la edición de su autobiografía «El largo camino hacia la libertad».

Nelson Mandela obtuvo el premio Nobel de la Paz en 1993 por el papel fundamental que jugó en la reconciliación entre razas, en la sustitución de la revancha por la convivencia en un país donde la élite blanca privó de todos sus derechos a la mayoría negra durante cuatro décadas.

George Bizos recuerda aquella ocasión en que la Universidad de Witwatersrand (WITS) organizó una cena en honor a Mandela con todos los alumnos de su promoción. Su amigo le pidió que localizara a un estudiante blanco que un día se cambió de pupitre para no sentarse a su lado. «No fui capaz de encontrarlo. Un día le pregunté por qué tenía tanto interés en verle. Me dijo: quiero darle la mano y decirle «Te perdono». Él realmente creía en eso».

Imperfecciones

Pero la figura de Nelson Mandela tiene también sus miserias; una autoridad y una convicción que a menudo se convirtió en obstinación; la vanidad que él mismo confesó, su disipada vida sentimental y los supuestos malos tratos que su primera mujer Evelyn Mase denunció en su demanda de divorcio y que el siempre negó.

«No soy un santo –reconoció el propio Mandela–. A menos que un santo sea un pecador que sigue intentándolo».

Esa es quizá su grandeza, como escribió el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, en el prólogo del libro «Conversaciones conmigo mismo», una recopilación de textos del exmandatario sudafricano. «Mandela nos recuerda que no es un hombre perfecto. Como todos nosotros, tiene sus fallos; pero son precisamente esas imperfecciones las que deben inspirarnos a todos y cada uno de nosotros».