Internacional

La ruptura de Checoslovaquia fue una decisión impuesta y antidemocrática

Día 03/11/2013 - 13.11h
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Tras la caída del comunismo, los partidos rompieron Checoslovaquia sin ni siquiera celebrar un referéndum que habrían perdido con seguridad

El vuelo más corto entre Praga y Bratislava, una distancia de 320 kilómetros, dura cuatro horas diez minutos. Por supuesto, las carreteras y las vías de ferrocarril pueden reducir notablemente el tiempo de viaje entre las capitales de la República Checa y Eslovaquia. Pero la defunción de los lazos aéreos está ahí, como una más de las consecuencias de veinte años de ruptura de la vieja Checoslovaquia. La memoria del llamado «divorcio de terciopelo», por la suavidad y buenas formas con que se realizó, sigue muy viva entre los eslovacos de aquella generación, que vieron atónitos cómo sus líderes políticos discutían y consumaban la ruptura del país a sus espaldas. Apenas tres años después de la «revolución de terciopelo», que acabó en 1989 con el régimen comunista, los nuevos padres de la patria entraron un día en el Parlamento para reforzar las entidades checa y eslovaca de la federación, y salieron con una declaración de independencia bajo el brazo. «Fue una secesión antidemocrática de libro», afirma una fuente diplomática europea en Bratislava que pide el anonimato.

¿Qué hubiese ocurrido de haber sometido el pacto de separación a un referéndum? Los sondeos indicaban a finales de 1992 que un 70% –porcentaje mayor incluso entre los checos– habría rechazado en las urnas la división del país. El dato era bien conocido por los líderes políticos. La Constitución exigía, por supuesto, un referéndum para el caso de secesión, pero en esos momentos no existía la ley concreta que materializase el precepto, y los partidos mayoritarios en el Parlamento federal decidieron escamotearla, para poder negociar entre bastidores la ruptura.

«Checoslovaquia era percibida como el Gran Hermano, y los grandes negocios estaban en Chequia», afirma Sacha Seszak, un joven guionista de cine eslovaco nacido en Sudáfrica que ha estudiado aquel momento histórico. La presión en favor de la ruptura era mayor en la parte eslovaca, que siempre se sintió el «pariente pobre». En Eslovaquia estaban los campesinos y la gran industria armamentística de la era comunista, finiquitada con la caída del Telón de Acero. En Chequia los negocios, la cultura, y un cierto sentido de superioridad. Los eslovacos son profundamente católicos. El protestantismo y la cercanía con Prusia marcan la mentalidad de muchos checos, que miran por encima del hombro al eslovaco pero admiran su emotividad y su carácter alegre.

Yugoslavia, rota en pedazos y bañada en sangre, aterraba a todos. Así que se negoció, a impulsos de los jefes de Gobierno de las dos entidades, el checo Klaus y el eslovaco Meciar, un arreglo de «divorcio» pacífico y rápido. El presidente federal, Vaclav Havel, dimitió como señal de protesta.

Las dos partes estaban decididas a romper, y una vez aceptada la base de la negociación se alcanzó en diciembre de 1992 el primer acuerdo pacífico de ruptura de un país en la era moderna. No hubo sensación de estafa. Chequia tiene el doble de población y territorio, y esa era aproximadamente la relación de riqueza entre las dos entidades del país, creado en 1918 sobre las cenizas del imperio austro-húngaro. Todo se cumplió según el pacto de caballeros. Las embajadas se repartieron en plan amistoso. En Londres, por ejemplo, Chequia se quedó con la legación anterior y Eslovaquia estableció su sede en la residencia del embajador.

«Perdimos un país que era un actor importante en Europa central», dice Grigorif Meseznikov, presidente del Instituto de Estudios Políticos y quizá el analista más prestigioso de Eslovaquia. La rápida incorporación de Chequia y Eslovaquia a la OTAN y a la UE arregló varios asuntos que habrían sido muy espinosos en otro contexto: el de la nacionalidad, las fronteras o la moneda.El antieuropeísta Klaus dejó a Chequia fuera del euro, y Eslovaquia, una vez superada la primera fase autoritaria de Meciar, se incorporó finalmente a la moneda común. Los problemas logísticos fueron poco a poco encontrando solución, pero el peso político internacional de los dos países cayó de modo abrumador.

En materia de símbolos la fórmula aceptada fue más salomónica. Dado que el escudo de armas de Checoslovaquia era una composición de las dos áreas históricas, cada nueva república se limitó a quedarse con su propio símbolo: los checos el león y los eslovacos la doble cruz. El himno era una suma de dos piezas musicales, una en checo y otra en eslovaco (dos lenguas similares), así que el corte fue igualmente limpio. Más problemas planteó la bandera. Los checos decidieron ignorar una prohibición legal y se quedaron con la antigua enseña de Checoslovaquia aunque dotándola de un nuevo significado.

Una sorpresa

La división de Checoslovaquia «fue el negocio de dos personas que nos pilló por sorpresa a todos, pero nadie reaccionó entonces», comenta Anna Duhar, una publicista de Bratislava. «Al principio, tras la caída del comunismo, había una competición entre checos y eslovacos para ver quién era el mejor, pero la división puso punto final a ese debate; hoy se acepta casi como un fenómeno de la naturaleza».

Klaus, democristiano como Havel pero políticamente mucho más hábil, impuso sus tesis: si los eslovacos querían irse, era mejor que se fueran para «dejar de escuchar su cantinela de quejas» contra el centralismo de Praga. En Eslovaquia mandaba el partido de Meciar, exboxeador y excomunista. Quería un país independiente para controlar mejor el paso del comunismo al capitalismo, y beneficiar a su camarilla.

«Los políticos querían ser ricos», resume de modo un tanto simplista y brutal Matej Danis, músico y profesor de eslovaco. Aunque habían hecho la incruenta «revolución de terciopelo» contra el régimen comunista, la mentalidad de quienes mandaban en 1990 en Eslovaquia seguía siendo la misma. «Vivían el refrán de la era soviética: si no robas al Estado es porque estás robando a la familia», concluye Matej. Sacha Seszak también coincide en señalar la culpa de la clase política que surgió tras la caída del comunismo. Para él, la división de Checoslovaquia ha supuesto «la duplicación de los casos de escándalos, con el agravante de que en cada estado son menos las personas para luchar contra ellos». La percepción de que en Chequia se han multiplicado los casos de políticos venales está muy extendida, pero según el analista Grigorij Meseznikov no es del todo exacta. «En Eslovaquia -dice- los casos se quedan simplemente sin investigación porque el presidente se ha negado a nombrar un fiscal general para la corrupción; se han abierto algunos casos pero ninguno ha sido concluido».

¿Vuelta al pasado?

Veinte años después de la escisión de Checoslovaquia, ¿puede haber marcha atrás? El lunes pasado, la República de Chequia celebró como día festivo la creación de Checoslovaquia, un 28 de octubre de 1918. En Eslovaquia la jornada pasó casi inadvertida. Solo un centenar de eslovacos nostálgicos se reunieron para depositar flores en una plaza de Bratislava junto al Danubio.

La historia se reescribe, y la división -sobre todo, el modo vergonzante en que se realizó- hace tiempo que dejó de ser tema de discusión entre checos y eslovacos. En Bratislava la memoria histórica acaba desembocando en la Plaza del Levantamiento Nacional Eslovaco (SNP), donde los comunistas se levantaron contra los alemanes en 1944 y los checoslovacos contra los comunistas en 1989. La vida religiosa tiene su centro en la catedral de San Martín, donde se coronaron varios reyes húngaros. Checoslovaquia ha sido, sí, solo un capítulo en el devenir de este cruce de culturas de Europa central, pero quizá el más brillante. Entre 1918 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Checoslovaquia fue uno de los países más prósperos del mundo.

A modo de consuelo, la cultura sigue siendo refugio de quienes creen al menos en la república de las letras. La partición del país ha dejado menos huella en el mundo del libro, los medios de comunicación y el espectáculo. Los eslovacos siguen viendo las películas dobladas al checo, disfrutan sus culebrones televisivos, y el telediario en checo está en el «prime time» de la televisión eslovaca. Por su parte, la música popular eslovaca, más alegre que la checa, es muy escuchada en la república vecina. Hay, todavía hoy, entre checos y eslovacos una «federación de las emociones» que se resiste a morir.

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