Elecciones Alemania 2013: La lucha por la vida de los alemanes
Un hombre corre por delante de un cartel electoral con las manos de Merkel en Berlín - afp

Elecciones Alemania 2013: La lucha por la vida de los alemanes

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Recorriendo las calles de Berlín, la primera sensación que experimenta el viajero es paz. Rodeada de bosques, atravesada por ríos, con un enorme pulmón verde en el centro, no es de extrañar que uno no tenga la sensación de estar en una ciudad de tres millones de habitantes que recorren sus anchas calles sin tirar jamás un papel al suelo. Y no por la multa de veinte euros, sino porque no cabe en su forma de pensar. Andando por Numbergerstrasse decido comprobar algo de lo que me han hablado varias veces. Arranco una hoja de mi libreta, hago con ella una pelota y la arrojo al suelo. Unos metros después me giro y observo cómo una señora que pasea con un carrito se detiene, lo recoge y lo arroja a la papelera. Me acerco a ella y le pregunto por qué lo ha hecho.

–Es mi ciudad –responde, encogiéndose de hombros.

Desentrañar el modo de vida alemán es un desafío. No basta sólo con comparar los fríos números, que suelen ser engañosos, sino que hay que ir un poco más allá. El alemán medio nace y crece en un ambiente afectivo de cierto desapego emocional. No es extraño que una persona esté una semana en el hospital sin que nadie acuda a visitarlo. Para comprobarlo viajo hasta el hospital universitario de la Charité, y paseo por las habitaciones. Hay puertas abiertas y familias acompañando, pero las facciones y los idiomas delatan el origen extranjero de quienes allí aguardan.

El alemán es puntual hasta el aburrimiento, tardará mucho en apearte el usted, siempre da la mano, las gracias y habla bajo en público. Su pasión por la técnica y por las cosas bien hechas y sus rasgos de respeto pueden ser confundidos con frialdad, y algo de eso hay en ellos, pero detrás de sus sonrisas corteses existe una profunda humanidad. Y al igual que cualquier ciudadano de cualquier país del mundo, debe luchar por la vida de forma diaria, solo que ellos lo hacen con unas armas algo distintas a las nuestras.

–El español tiene que recortar donde debe, afirma Fritz, un contable de 43 años al que localizo en una terraza leyendo un diario económico-. No donde sea más fácil, sino donde el gasto sea más superfluo. He oído que hay un aeropuerto en Mallorca donde no aterrizan aviones. ¿Qué es ese sinsentido?

Protección social

Fritz se equivoca en la ubicación, pero no deja de tener razón el fondo. Su sistema social es mucho más sólido que el español. Sus habitantes están cubiertos en materia de Sanidad, con un gasto en 2012 del 10,6% del PIB, frente a un 9,6% en España. Todo empleado que gane más de 400 euros debe aportar obligatoriamente el 6,5% de su sueldo a Sanidad.

Este modo de afrontar la organización social tiene un coste elevado, de un 26% del PIB, frente al 20,5% de media de los países de la OCDE. Su ventaja es que nadie se plantea si debe o no pagar sus impuestos.

–Nuestra oficina de atención al consumidor no sólo ataca a las empresas que hacen algo mal. Si Hacienda se equivoca, también van contra ella. Aquí nadie está indefenso –me cuenta Fritz, orgulloso–. Y si por lo que sea no puedes pagar impuestos, no te declaras en bancarrota. Pactas con Hacienda una cantidad al mes. Mi cuñado tenía una deuda de 4.000 euros con ellos y acordaron cuotas mensuales durante tres años. Así salió del bache.

Diferencias sociales

No es oro todo lo que reluce en Alemania, donde sigue habiendo enormes desigualdades y diferencias entre ricos y pobres. Un trabajador cualificado puede ganar 45.000 euros al año, pero sigue siendo la patria de los «minijobs», donde 1,2 millones de trabajadores a jornada completa no ganan 850 euros al mes.

Pese a su importancia como ciudad más influyente en la política del continente, Berlín es la capital más endeudada de Europa, y sufre de un paro del 15%, inaudito para el país, que tiene una media de desempleo del 7,9%. Por eso los precios de alquileres y cesta de la compra son muy inferiores a los del todopoderoso Munich. Los salarios son más bajos, y también las condiciones de vida. Sí, es posible conseguir una habitación en un barrio céntrico por 300 euros, pero muchos trabajadores viven al día, cobrando jornada a jornada al terminar una media de 100 euros por ocho o diez horas de duro trabajo, especialmente aquellos que no están cualificados.

Las condiciones de acceso a empleos con futuro son también mucho más duras. Paseando por la enorme Kurfürsterdamn me encuentro con Lottar, un limpiacristales que trastea con sus bártulos en la furgoneta de la empresa, y me cuenta cómo para acceder a su puesto tuvo que estudiar durante tres años.

–Sólo para lograr el aprendizaje –me cuenta, sin dejar de verter el jabón en un enorme cubo, con un aplomo y una dicción perfecta de inglés que desmienten la aparente humildad de su oficio–. Es una tradición heredada de los gremios de la Edad Media, primero se estudia tres años para lograr el acceso y después otros tres años con un maestro para convertirte tú también en maestro, lo que te posibilita instalarte por tu cuenta y otorgar a otros la maestría. No sólo estudiamos cómo se mueve el cepillo. Aprendemos normas de seguridad, eficiencia en las tareas, optimización de tiempo y resultados.

En tierras bávaras hay una profunda desconfianza hacia la capital y el pedigüeño norte, que ha llevado a los habitantes a un deseo de independencia, algo que nos trae recuerdos de casa. Hojeando los anuncios de alquileres en Munich, llama la atención como muchos de ellos incluyen al principio del anuncio: «Piso disponible sólo para los ciudadanos libres de Baviera».

–No vaya a ser que se les meta en casa un turco con un minijob o un berlinés que ame a su país -me aclara el quiosquero.