La reina Isabel de Braganza fue la fundadora del Museo del Prado
La reina Isabel de Braganza fue la fundadora del Museo del Prado

Las infantas portuguesas que reinaron en España

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Fueron hijas legítimas de los reyes portugueses que se casaron con príncipes herederos o reyes de otros reinos peninsulares, convirtiéndose en reinas de León, Castila, Aragón y España. En total fueron once infantas lusas que entre 1165 y 1816 subieron al trono español. A lo largo de setecientos años contribuyeron, gracias a su matrimonio, a estrechar los lazos ibéricos y sus nombres quedaron asociados a acontecimientos de relevancia. La historia de alguna de ellas ha tenido mayor destaque que las restantes como es el caso de las madres de Isabel la Católica y de Felipe II, ambas procedentes de la realeza lusitana. Otras han sorprendido a michos, como la de Juana de Portugal hija de Duarte y hermana de Alfonso V, que se casó con Enrique IV de Castilla protagonizando un raro episodio de la época. Fue la primera reina católica que cometió abiertamente adulterio y concibió un hijo del amante.

Sin embargo, hay que reconocer que las historias de estas infantas, salvo algunas excepciones, son bastante desconocidas. “Ello es así porque la historiografía suele interesarse más por las reinas propietarias. Y estas mujeres, siendo consortes, en el mejor de los casos, obtuvieron el poder por delegación. A pesar de que algunas surgían de un “humus” cultural muy sofisticado”, explica a ABC el historiador italiano Marsilio Cassotti, autor del libro “Infantas de Portugal. Reinas de España”. “Es el caso de la esposa de Fernando IV de Castilla, la infanta Constanza de Portugal, cuya madre, santa Isabel de Portugal, nacida infanta de Aragón, se había llevado a tierras portuguesas a su dama de compañía, Vetaxa Lascaris, nieta de un emperador bizantino. El matrimonio de Constanza introdujo en Castilla el uso del nombre Isabel”, puntualiza.

La vida y el destino de las once infantas fueron muy diferentesCassotti se interesó por la vida de estas infantas mientras investigaba un tema relacionado con la monarquía en España. “Me di cuenta de que, desde el nacimiento del reino de Portugal hasta comienzos del siglo XIX, once infantas portuguesas (doce, si se considera a una que vivió poco tiempo) fueron reinas consortes de León, Castilla, Aragón y, finalmente, España”. Destaca además que se trata de la nacionalidad más importante, desde el punto de vista numérico, de entre todas las consortes de origen extranjero que detentaron coronas hispánicas.

La vida y el destino de estas once mujeres fueron muy diferentes en algunos aspectos. Las bodas de las tres primeras (Urraca, Teresa y Mafalda) sirvieron para sellar alianzas y alcanzar la paz en un momento en el que Portugal luchaba por consolidar el reino. Todas ellas sufrieron la humillación y las dificultades que conllevaba la separación matrimonial impuesta por el Papa, porque el Código Graciano prohibía la unión entre parientes consanguíneos hasta el séptimo grado. Cassotti recuerda además que ser reinas españolas “casi nunca sería una tarea fácil para ellas”. A comenzar por la infanta Urraca de Portugal, casada en 1166 con el rey Fernando II de León, con la finalidad de que dos territorios unidos hasta hacía poco hicieran las paces. “Después del nacimiento de un heredero el matrimonio de Urraca fue anulado y ella tuvo que retirarse a un convento de por vida”, explica el historiador italiano.

Matrimonios pactados

Fueron todos matrimonios pactados y hasta el siglo XVI, el acento estaba puesto, sobre todo, en la mejora de las relaciones entre las dos partes, “desgastadas de tanto en tanto por el intento de recuperación de la antigua unidad territorial”, dice Cassotti. Algo que resulta evidente en el matrimonio de Isabel de Portugal con Juan II de Castilla. “La unión de los padres de la futura Isabel la Católica intentaba reparar los daños producidos después de que, en el reinado anterior, los castellanos invadieran Portugal”. Más tarde, tras la instauración de la casa de Braganza en Portugal, a mediados del siglo XVII, el nexo de las uniones dinásticas se encuentra también, en la búsqueda de soluciones a conflictos ambientados en los territorios coloniales americanos.

Adaptadas a su papel de reina

El hecho de que la mayoría de las madres de esas infantas portuguesas fuera de origen español (gracias a la institución de los “dobles matrimonios”: una infanta portuguesa se casaba con un rey o un príncipe heredero español y viceversa) hacía que sus hijas, por lo general, conocieran la lengua y las costumbres del país de adopción. “Muchas veces los servidores de una reina consorte portuguesa eran hijos de la nobleza que había servido a su madre en España de soltera”, subraya Cassotti. Un caso singular caso de “inadaptación” se produjo cuando la infanta María de Portugal, esposa de Alfonso XI de Castilla, después de ser testigo de varios homicidios perpetrados por su hijo, Pedro I el Cruel, o sus acompañantes, ante el temor de convertirse en la próxima víctima, decidió regresar a Portugal.

Pero lo verdaderamente importante en la vida de estas mujeres es que cumplieran bien su papel y el principal cometido de una reina consorte era dar descendencia a la corona. “Y este fue cumplido por casi todas las de origen portugués. Una de las notables excepciones fue Bárbara de Braganza, culta y abnegada esposa de Fernando VI de España, protagonistas de un caso de amor conyugal; de hecho, el marido enloqueció después de la muerte de la reina”, recuerda e historiador. Bárbara no tuvo hijos porque el rey era estéril pero cumplió con otros deberes característicos de las consortes regias de su época, el patrocinio de instituciones religiosas, la fundación conventos, en su caso el de las Salesas Reales de Madrid y el mecenazgo a artistas, como Domenico Scarlatti, maestro de música particular que ella se había traído de Portugal.

La felicidad de las reinas

La vida privada de todas ellas está llena de sorpresas. Sus bodas, embarazos, rivalidades con la reina madre y con las amantes del rey sin olvidar la educación de los príncipes o la lucha por el poder con las nueras. También fueron mecenas de pintores, músicos y arquitectos sin olvidad sus vocaciones religiosas. Y al final ¿fueron felices estas reinas? “Si por felicidad se entiende ser bien tratada por el rey y honrada por los cortesanos, es probable que la infanta Beatriz de Portugal, segunda esposa de Juan I de Castilla, fuera feliz”, afirma Marsilio Cassotti. “Y ello a pesar de no dar descendencia a su marido, el cual se había casado con ella para fundamentar sus derechos a la corona portuguesa”, añade. Aunque ese plan terminó con la derrota de los castellanos en Aljubarrota, ello no afectó al tratamiento de la consorte. “Por lo menos la documentación muestra que Beatriz fue muy bien tratada por los hijos de un anterior enlace del rey, los cuales, tras la muerte de la madrastra, mandaron levantarle un magnífico sepulcro de alabastro en el convento de Sancti Spiritus de Toro, en el que se la connotaba como reina de Castilla y Portugal”.

Por su parte, Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España, consiguió la admiración de la corte y la veneración de sus súbditos. “Pero en el epistolario de la emperatriz durante sus regencias se vislumbra alguna educada queja sobre la soledad a la que la sometía el cónyuge”, aclara el historiador. Sin embargo, Isabel tuvo la última palabra, sobre el emperador, en la elección del hombre que educaría al heredero, el futuro Felipe II, “quien posteriormente convertiría a su madre en modelo a seguir por las sucesivas reinas consortes españolas”.

Juana de Portugal

Entre todas las infantas portuguesas que acabaron por ser reinas en España el historiador Cassotti no duda en destacar la historia de Juana de Portugal, esposa de Enrique IV el Impotente, a la que ha dedicado recientemente una biografía, “La reina adúltera”. “Una mujer con la capacidad de seducción de una Diana de Gales y la determinación de una Margaret Thatcher, todo ello inoculado con altas dosis de disimulación”, empieza por explicar. “La visión que la historiografía española ha dado de ella está condicionada por la versión del cronista Alonso de Palencia, que la conoció personalmente y la odiaba. Y sobre todo, porque a Juana le tocó el antipático rol de antagonista de una mujer tan emblemática como la futura Isabel la Católica. Pero se olvida que incluso ésta pasó de los once a los diecisiete años de edad en la casa de la reina portuguesa, y que allí adquirió unas destrezas que le permitirían, ya durante su reinado, recibir de un leal y culto súbdito el calificativo de “maestra de disimulaciones”, en el sentido de dominio del arte de gobierno” continúa exponiendo. Mientras Juana había intentado convencer a Isabel de que casara con el rey Alfonso V de Portugal, hermano de la reina, “la infanta castellana había leído, en portugués, una obra de Cristina de Pisán, básica para la formación de las soberanas, que se hallaba en la rica biblioteca de su cuñada. Por otra parte, los once documentos de época que se presentan en su biografía apoyan la hipótesis de que Juana fue sometida a ciertas “maestrías” para solventar la impotencia, que no esterilidad, del marido. Cassoti explica igualmente que el Dr. Maganto Pavón, especialista en urología de un importante hospital de Madrid, considera a alguno de esos documentos como el primer registro histórico conocido de una forma rudimentaria de inseminación artificial o asistida, practicada por físicos judíos a la reina. “Otra cuestión es que el resultado de esas “maestrías” fuera la princesa Juana, la Beltraneja”, puntualiza.

“Mucho antes de que Virginia Woolf escribiera que a una mujer le hacía falta “un cuarto propio” para ser independiente y dedicarse a la escritura, aquella “poderosa señora” portuguesa (según definición del poeta contemporáneo Gómez Manrique), comprendió que una consorte real, si quería llevar adelante sus propias estrategias políticas, debía contar con una sólida base económica”, sigue relatando el historiador. La portuguesa no sólo obtuvo, de su marido, una de las dotes más cuantiosas de la época, sino que la envió a Portugal para ser administrada y mantener a buen recaudo. “Pero su cometido de lograr la “Unión ibérica” por el lado portugués fracasó, porque Juana se topó con alguien más astuto que ella, Fernando de Aragón, el adecuado novio elegido por Isabel”, finaliza Cassotti.

Investigación

Ha sido un extranjero quien ha traído al conocimiento de los portugueses la vida de estas mujeres olvidadas. Con sus biografías se entiende mejor la historia de Portugal y por consiguiente, la de España. El autor de “Infantas de Portugal. Reinas de España” llevó a cabo una difícil labor de investigación y recopilación de datos porque lo poco que se ha escrito es a través de cronistas e historiadores del pasado que escribieron “con mejor estilo literario que rigor histórico (y un alto grado de intencionalidad política)”. Sus crónicas acabaron por influenciar lo poco que se conoce sobre ellas que responde a clichés o chascarrillos populares. Entre ellos, el que mofaba a Isabel de Portugal, esposa de Fernando VII (“Fea, pobre y portuguesa, ¡chúpate esa!), “olvidando que los estudios de pintura de esa infanta le permitieron aconsejar a su marido la creación de una galería abierta al público donde exponer antiguos cuadros que permanecían arrumbados en un depósito de El Escorial, origen del Museo del Prado de Madrid”, recuerda el historiador.