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Medio millón de personas tienen acceso a la misma información que Snowden

Día 18/06/2013 - 02.31h
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Las cifras oficiales indican que 4,9 millones de estadounidenses tienen acceso a información considerada «confidencial y secreta» y que 1,4 millones acceden a información «top secret»

Medio millón de personas tienen acceso a la misma información que Snowden
reuters
Cartel de protesta

Nunca la inteligencia estadounidense tuvo tantos empleados, ni tantos fueron contratados en tan corto periodo de tiempo. Las urgencias creadas por el 11-S de 2001 hicieron que la prioridad antiterrorista multiplicara plantillas y presupuestos. Ante la imposibilidad de un crecimiento orgánico, muchas tareas de seguridad e inteligencia fueron encargadas a empresas privadas.

Eso es lo que ahora está en cuestión en Estados Unidos. ¿Cómo es posible que Edward Snowden, de 29 años, empleado como técnico informático en una de esas empresas subcontratadas, hubiera tenido acceso a los importantes secretos que ahora ha divulgado? Las acciones judiciales de la Administración Obama contra topos como Snowden -más que ningún presidente anterior-, ¿no revelan una creciente dificultad para mantener callados a los cinco millones de estadounidenses que tienen acceso a información oficial confidencial?

«Cuando aumentas el volumen de contrataciones externas exponencialmente, pero no inviertes en el personal necesario para gestionar y supervisar esa fuerza de trabajo, cada vez quedas más expuesto. Esto es lo que pasa cuando tienes asombrosas cantidades de gente con acceso a este tipo de información», advertía el experto Steven Schooner a «The Washington Post», diario que junto con el inglés «The Guardian» ha publicado las filtraciones de Snowden.

Información «top secret»

Las autoridades de EE.UU. no revelan cuánta gente trabaja en inteligencia. Las cifras oficiales, no obstante, indican que 4,9 millones de estadounidenses tienen acceso a información considerada «confidencial y secreta» y que 1,4 millones acceden a información «top secret». El 21% de los primeros (1,1 millones) y el 34% de los segundos (483.000, Snowden entre ellos) trabajan para las casi dos mil empresas privadas subcontratadas. Estas se llevan el 70% del presupuesto federal en inteligencia.

Poner orden en este maremágnum es tarea del Director de Inteligencia Nacional (DNI, por sus siglas en inglés), figura creada tras el 11-S ante la evidencia de descoordinación entre las distintas agencias. James Clapper, que ocupa ese cargo, supervisa deiciséis entes, entre ellos la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA). En la coordinación también se incluyen actores con una vertiente policial, como la Oficina Federal de Investigación (FBI) y la Administración de Cumplimiento sobre Drogas (DEA).

Tanta sigla puede parecer como un cubo de Rubik, y uno de esos objetos que rompen la cabeza para dar con la correcta colocación de sus partes fue la contraseña de Snowden. Los espías estadounidenses llaman cubo de Rubik a la sede de la NSA, debido a que el edificio central, a 40 kilómetros de Washington, tiene forma de cubo, aunque no es de colores sino de cristal negro. Dedicada a interceptar y descodificar comunicaciones transmitidas en todo el mundo, la NSA intenta dar con las claves para resolver los cubos de Rubik de tramas terroristas y espionajes extranjeros.

Con uno de esos cubos, como señal para ser reconocido, se presentó Snowden un día de mayo a la entrada del hotel de Hong Kong donde había convocado a una autora de documentales, Laura Poitras, con la que contactó primero, y a un bloguero del diario inglés «The Guardian», Glenn Greenwald, que Poitras había recomendado. Separadamente, también por indicación de Poitras, Snowden se puso en contacto con un periodista de «The Washington Post», Barton Gellman.

El material suministrado por Snowden, que días antes había abandonado Hawai, donde los últimos tres meses había trabajado para la NSA, hacía referencia a dos programas de vigilancia llevados a cabo por esa agencia desde hace siete años. Uno es el almacenamiento de los metadatos de llamadas telefónicas que se realizan en Estados Unidos (números, duración y lugar de las llamadas, pero no identidad de usuarios ni acceso a las conversaciones). El otro, llamado Prism, es el acceso a las comunicaciones mantenidas en el exterior a través de las principales empresas de internet (Google, Microsoft y Facebook, entre ellas).

La controversia radica en que, a pesar de que por ley la NSA no puede espiar a estadounidenses, el primer programa maneja importantes datos de los ciudadanos, y el segundo permite incidentalmente supervisar las comunicaciones digitales de nacionales que tengan relación con extranjeros sospechosos de terrorismo. Ambos programas, conocidos por el Congreso en comisiones a puerta cerrada, se aplican con autorización de un tribunal especial. Cuando se desea investigar específicamente a un estadounidense hace falta también una autorización expresa.

Sin dar cuenta a nadie

La polémica también se debe al enorme volumen de datos que, sin saberlo los ciudadanos, está almacenando el Gobierno. Curiosamente, la clásica novela «1984», en la que George Orwell habló por primera vez del «Gran Hermano», ha tenido un notable alza de ventas esta semana.

«A medida que avancé, aprendí la peligrosa verdad tras las políticas que Estados Unidos, quiere desarrollar poderes secretos e irresistibles y concentrarlos en las manos de unos pocos que no dan cuenta a nadie», denunció Snowden desde Hong Kong, donde espera la batalla judicial para la petición de extradición que prepara Washington.

Obama ha destacado que los programas denunciados son legales: se acogen a la Ley Patriot, aprobada tras los ataques del 11-S y cuya sección 215 permite obtener registros de comunicaciones privadas si eso ayuda a la lucha antiterrorista.

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