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Desabastecimiento de productos subsidiados en Argentina

Día 06/06/2013 - 14.40h
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La decisión de congelar el precio de varios artículos provoca la escasez

«No recibimos tarjetas desde hace semanas. Podemos recargar la "Sube", pero no darle una nueva». Las explicaciones del dependiente del Correo Argentino se repiten en diferentes locales de barrios tan dispares como la Recoleta, similar al barrio de Salamanca, Villa Urquiza, equivalente con matices a Bravo Murillo, o Belgrano, un barrio residencial de Buenos Aires. La «Sube» es la versión argentina del Metro Bus, aunque más parecida a una tarjeta de crédito que al cartoncillo español.

La escasez de un artículo de uso cotidiano como este obliga desde hace semanas al usuario a recurrir al pago con monedas y abonar mucho más caro el billete. El problema con la «Sube» es un botón de muestra extensible a buena parte de los quinientos productos de la «canasta nacional» de alimentación y limpieza, cuyos precios están congelados desde el sábado por disposición del Gobierno, tras alcanzar un nuevo acuerdo con los supermercados. Éstos poco tienen que objetar si quieren evitar represalias como inspecciones, multas o cualquier otro mecanismo de amedrentamiento que se le ocurra a Guillermo Moreno, el secretario de Comercio. Moreno acostumbra a imponer su voluntad, por las buenas o por las malas (en ocasiones lo ha hecho hasta con un revólver sobre la mesa, como reconocen ejecutivos y detallan en su biografia «El buen salvaje» los periodistas Diego Cabot y Francisco Olivera).

La medida del Gobierno, un intento de «tapar el sol con las manos», según expresión del dependiente de Carrefour, se ha traducido en góndolas semivacías de los productos subsidiados por quienes los fabrican. Las cadenas tratan de sortear la nueva «prórroga» al congelamiento de precios por distintas vías. Algunas marcas, directamente, interrumpen la producción o modifican detalles del producto para que éste quede fuera del cepo impuesto por Guillermo Moreno.

Al secretario de Comercio se debe también los enormes obstáculos y bloqueos a la importación, que han dejado reducido el consumo de artículos del exterior a su mínima expresión. Eso abarca desde equipos de música o electrodomésticos hasta embutidos, repuestos de coches, cosméticos, pañales, elementos de fontanería, aparatos de telefonía «made in…» cualquier país que no sea Argentina, incluidos los del Mercado Común Suramericano (Mercosur) al que pertenecen Brasil y Uruguay. Estos dos países han alzado su voz por estas restriccionesque se aplican por las bravas o mediante un complejo sistema de licencias. Así están las cosas, cada día hay menos donde elegir.

El Gobierno trata, con la lista de los 500 productos seleccionados, de controlar una inflación real que ronda el 25 por ciento (la oficial está descalificada por las mediciones del Congreso, provincias y hasta el FMI).

No como Venezuela

La inflación argentina es la segunda más alta del continente por detrás deVenezuela, que bate su propio récord cada semana y además sufre desabastecimiento en elementos de primera necesidad y hasta de higiene, como el papel higiénico. Pero en Argentina, de momento, no hay escasez de esa naturaleza. Lo que sucede -en general- es un goteo de productos, marcas únicas o poca variedad y límites de compra de algunos como el azúcar o el aceite, pero no es igual en todos los barrios ni provincias.

Las tiendas de «los chinos», en su mayoría, hacen caso omiso a estas medidas y, como le sucedió a Jacqueline Ormeño, en San Fernando, periferia de Buenos Aires, un litro de aceite de girasol se lo vendían a 18 pesos cuando el «oficial» está marcado en 4,54 pesos. «No tienen los precios colocados. Los descubres cuando llegas a la caja», comenta la mujer.

Sin el precio puesto

El truco de no etiquetar no sucede únicamente en las tiendas de comestibles. En la librería Cúspide, de la calle Vicente López, no hay un solo artículo con el precio puesto. «¿Para qué? van cambiando con la inflación», confía el dependiente.

Cuando faltan menos de cuatro meses para las elecciones legislativas -se renuevan parcialmente las Cámaras-, el Gobierno tuvo una idea que entusiasmó a la presidenta. En cadena nacional -es decir, en un mensaje a la nación que todos los canales de televisión están obligados a retransmitir, interrumpiendo su programación-, Cristina Fernández de Kirchner comunicó la campaña «Mirar para cuidar» junto al incombustible Moreno. «Vamos a utilizar la fuerza de los movimientos políticos, sociales, juveniles, para desplegarlos en todo el territorio», anunció antes de preguntar a su audiencia «¿Mirar qué?: los precios. ¿Cuidar qué?: el bolsillo del pueblo».

Dicho esto, un ejército de jóvenes de La Cámpora (la milicia kirchnerista) y afines se preparan para fiscalizar los precios y evitar el desabastecimiento incipiente en algunos enclaves. Curiosamente, es en Santa Cruz, la provincia patagónica que gobernó el matrimonio Kirchner más de una década, donde faltan entre «el 50 y el 60 por ciento» de los 500 productos oficiales. El «rastreo» lo hizo Jorge Arias, titular de la Secretaría de Comercio provincial. «Más de la mitad de los artículos –reconoció- no estaban en góndolas… Faltaba entre 50 y 60 por ciento».

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