«La Pantera Rosa» Videla, en vida: «No están vivos ni muertos, están desaparecidos»
Videla, en una imagen de 1976 - abc

«La Pantera Rosa» Videla, en vida: «No están vivos ni muertos, están desaparecidos»

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"Los argentinos somos derechos y humanos". Quizás esta frase sea una de las que mejor identifique al difuntoJorge Rafael Videla. La pronunció cuando su Gobierno mataba y hacía desaparecer por miles a sus ciudadanos.

El dictador nació en la localidad bonaerense de Mercedes el 2 de agosto de 1925. Su nombre es la suma del de dos hermanos mellizos que murieron de sarampión. Se casó con Alicia Raquel Hartridge Lacoste, una mujer de carácter fuerte que defendió siempre a su marido. "Si las madres (de los desaparecidos) se hubieran ocupado de sus hijos, ellos estarían vivos", declaró en 1996 en una entrevista a ABC. Ni ella ni él mostraron nunca signo de arrepentimiento.

El matrimonio tuvo siete hijos, el tercero, Alejandro, nació con problemas mentales. El joven estuvo internado bajo los cuidados de, entre otras, Léonide Duquet, una monja francesa a la que conocían personalmente. Eso no impidió que fuera asesinada.

"Si no están, no existen y como no existen no están. Los desaparecidos son eso, desaparecidos; no están ni vivos ni muertos; están desaparecidos". Mientras el presidente de Argentina que había protagoniza el golpe a la viuda de Juan Domingo Perón, pronunciaba estas palabras, miles de argentinos eran arrojados, algunos con vida, al río de La Plata y como la corriente comenzaba a devolver los cadáveres a la orilla, la ruta de los vuelos de la muerte se trasladó al Atlántico. Videla calculaba: "Pongamos que eran siete mil u ocho mil las personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión".

A Videla se le conoce por sus obras y por sus palabras. Ironías del destino, a su lado tuvo al hombre que, posiblemente, más le despreciaba: el almirante Emilio Eduardo Massera, el mismo que le bautizó "la pantera rosa", por su facha alargada y su forma de andar. Uno y otro formaban la doble cara del régimen. El rostro de Videla era el de un militar sudamericano del siglo XX en estado puro. De misa diaria, durante el juicio a los militares leía la Biblia. No movía un músculo. En su Gobierno, además de imponer el terror, impuso la censura a libros como El Principito de Saint-Exupéry.