Una cumbre este jueves y viernes de líderes europeos ha puesto de manifiesto las fuertes diferencias que existen entre los Estados miembros ante la crisis siria, mientras el frente militar en el país árabe se estanca. Francia y Reino Unido lideran los esfuerzos por aliviar el embargo de armas europeo sobre los rebeldes. «Queremos que Europa levante el embargo», afirmó el jueves el presidente francés, François Hollande. «Puesto que tenemos que presionar y demostrar que estamos dispuestos a apoyar a la oposición, debemos dar ese paso», insistía el líder galo a sus colegas.
Francia da por hecho que Rusia e Irán envían armas al régimen de Al Assad
El Reino Unido, por su parte, anunció ya la semana el envío de vehículos blindados a los rebeldes, después de que la Unión Europea autorizara ayudarles con material militar «no letal». Según ha trascendido, Londres no descarta vetar la renovación del embargo de armas a Siria, una decisión que debe tomarse cada tres meses y que será discutida de nuevo en mayo. El primer ministro, David Cameron, explicaba este miércoles que no descartaba «tener que hacer las cosas a nuestra manera». Pese al ímpetu de los dos países que lideraron la intervención en Libia, en la mesa europea el ambiente es reticente.
Alemania, reacia, está dispuesta a «discutir»
Alemania, y otros países como Austria o Suecia, no parecen tener ganas de involucrarse en el conflicto, y se aferran al reforzamiento de las sanciones europeas hace dos semanas. El ministro alemán de Exteriores, Guido Westerwelle, se mostraba dispuesto a «discutir» las ideas francesas, pero poco más. Mientras, fuentes oficiales británicas citadas por «The Guardian» se esfuerzan por afinar el análisis de la situación: «El embargo de armas nos impide ayudar a los moderados; el régimen recibe ayuda, los extremistas [grupos armados yihadistas] reciben ayuda, los moderados no reciben ayuda».
Entre los expertos, las opiniones parecen inclinarse hacia el escepticismo ante el aparente ánimo belicoso de París y Londres. «Estas propuestas son más un intento de incrementar la presión sobre el régimen», cree Toby Dodge, experto en Oriente Medio de la London School of Economics. «Las consecuencias del colapso del régimen sirio serían tan grandes en la región que comprar más armas no haría más que exacerbar esas implicaciones», explicaba este jueves en la presentación en Londres del «Military Balance 2012» del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), uno de los informes estratégicos más influyentes.
Los autores de la última edición insisten en que «el riesgo de un final rápido del conflicto sería tan desestabilizador como su prolongación», y concluyen, en relación a una hipotética intervención exterior, que «Siria no será una nueva Libia». «El régimen sabe que una intervención extranjera directa sigue siendo poco probable siempre que no crucen ciertas líneas rojas, como por ejemplo el uso de armas químicas», advierten. Esta línea de pensamiento parece coincidir con la estrategia adoptada hasta ahora por Estados Unidos, que no parece interesado en un nuevo conflicto en un país musulmán mientras se centra en retirarse de Irak y Afganistán.
El nuevo secretario de Estado, John Kerry, se reunió recientemente con su homólogo ruso, Sergei Lavrov, que este jueves se encargaba de recordar desde su cuenta oficial en Twitter la posición de Rusia: «Los sirios están atrapados en una tragedia y una crisis humanitaria, pero armar a la oposición no es una opción». Ha trascendido, sin embargo, que EE.UU. ha establecido un centro de entrenamiento en Jordania para los rebeldes sirios, y se da por hecho que la CIA opera de manera encubierta en la frontera entre Turquía y Siria en apoyo de la oposición.
«El problema de los rebeldes es su falta de unidad, no la falta de armas»
Insiste en que los rebeldes sirios –un amalgama de grupos armados enfrentados entre sí que incluye organizaciones yihadistas con vínculos con Al Qaida, como el frente Al-Nusra, y unidades «moderadas» del Ejército de Siria Libre– no necesitan «armamento particularmente sofisticado, aunque su equipamiento puede mejorar, claro». El problema, y en ello coinciden casi todos los analistas, «es que su falta de unidad política les impide sacar provecho en el frente del gradual debilitamiento militar del régimen».
Según los cálculos del IISS, las fuerzas armadas sirias iniciaron la guerra civil hace dos años con unos 220.000 soldados. Estiman que, para el otoño del año pasado, la cifra se había reducido a la mitad. Y concluyen que el régimen solo puede confiar en la lealtad plena de unos 50.000 hombres, «básicamente las Fuerzas Especiales alauitas, la Guardia Republicana y las divisiones de élite Tercera y Cuarta». Así, a pesar de las ínfulas de Francia y Gran Bretaña, las escaramuzas diplomáticas en Bruselas, por ahora, no parecen capaces de alterar la determinación del régimen de mantenerse en pie tras dos años de levantamiento, ni la capacidad de los rebeldes de doblegar esa determinación. «Aunque Assad no puede ganar, los rebeldes todavía podrían perder», aseguran en el informe del IISS.













