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Fantasmagórica celebración del aniversario del golpe de estado de Chávez en 1992

Día 05/02/2013 - 02.13h
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El presidente se limita a enviar una supuesta carta suya, leída por Maduro, en la que lamenta no estar en la celebración por estar recuperándose

La celebración ayer en Caracas del 21º aniversario del fallido intento de golpe militar que intentó dar el líder bolivariano en 1992 fue un acto fantasmal, en el que Chávez estuvo omnipresente, pero en efigie. En forma solo de retratos e históricas cintas de vídeo de hace más de veinte años. Se repitieron hasta la saciedad las aseveraciones de que el presidente venezolano está recuperándose de su última operación de cáncer.

Tan sólo una supuesta carta enviada por él desde el hospital donde convalece fue el único testimonio del presidente venezolano. El vicepresidente, Nicolás Maduro, fue el encargado de leer la misiva en la que el líder bolivariano lamentaba mucho «estar ausente físicamente del territorio patrio por primera vez en esta luminosa fecha de parto, pero así lo exige esta batalla que estoy dando por la plena recuperación aquí en la Cuba revolucionaria y hermana».

Flanqueado por un grupo de actores y artistas nacionales, Maduro leyó un mensaje de siete páginas con la rúbrica del mandatario venezolano. Según Chávez, al que no se ve ni oye desde el 10 de diciembre, un día antes de ser operado en La Habana, «el glorioso 4 de febrero de 1992, en aquella memorable jornada, quedaron reivindicadas todas las luchas» del pueblo. Maduro leyó una retahíla de logros conseguidos, encabezados «por la gesta por la independencia de la corona española que encabezó el libertador Simón Bolívar».

«Han transcurrido 21 años desde aquel 4 de febrero de angustia y madrugada, de valentía y sacrificio y la marcha sigue siendo dura», agregó Chávez quien, al parafrasear a Bolívar, aseguró que el país está avanzando «a un paso de vencedoras y vencedores hacia la independencia definitiva, hacia la patria socialista y liberada». A juicio del líder bolivariano, el pueblo vio ese día «el amanecer y la esperanza» y destacó que salió junto a otros de sus compañeros de armas a empuñar las espadas «en defensa de las garantías sociales, de los derechos de la gran humanidad venezolana».

La carta de ayer, leída por Maduro, es la segunda que Chávez envía desde Cuba en los últimos siete días. En la anterior, se dirigía a los participantes en la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) de Santiago de Chile el día 28. En ella, les saludaba siempre a través del vicepresidente y otros colaboradores.

Maduro, el émulo

Nicolás Maduro, convertido en el auténtico maestro de ceremonias a la sombra del gran timonel de la revolución, mostró la «sorpresita» que había anunciado la víspera, y que no era otra que la condecoración a los oficiales que participaron junto con el entonces teniente coronel Hugo Chávez en el golpe del 4 de febrero de 1992, contra el presidente Carlos Andrés Pérez.

La celebración que ha convertido en héroes a los golpistas de la asonada tuvo lugar en el Museo Militar, donde Chávez depuso las armas y se rindió ante su fracasada aventura con su famosa frase de «¡Por Ahora!», que le dio sus quince minutos de fama y que ayer volvió a ser evocada en la espiritista ceremonia organizada en torno al ausente. Tras ganar las elecciones en 1999, Chávez justificó su pasado golpista alegando que «la violencia era necesaria para lograr la justicia social». Sin ningún tipo de rubor, la efeméride ha sido celebrada con actos y desfiles durante todos estos años. Aunque nunca se llegó a condecorar a los golpistas, como Maduro hizo ayer.

En nombre del comandante en jefe, Nicolás Maduro aseguró que la condecoración del 4-F era por «la resurrección de la patria y la dignidad». Unos cuarenta uniformados recibieron la medalla con lazo rojo, sólo dos civiles fueron galardonados: el diputado Darío Vivas y el excanciller José Vicente Rangel.

En los actos, sus herederos intentaron copiar el discurso retador e insultante para parecerse más a Chávez. Tras los pasos de su mentor, Maduro gritó y trató de ser vehemente, insultando a la «oligarquía» y copiando el provocador estilo chavista. Pero no fue muy convincente. A los quince minutos su voz ya se sentía cansada, melodramática, tartamudeante y repetitiva. Eso sí, su discurso aumentó de tono, cargó las tintas y fue furibundo contra la oposición.

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