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Taiwán, el Estado «indefinido»

Día 22/05/2013 - 13.41h
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Pekín exige a Taipéi que reconozca que China solo hay una, mientras los taiwaneses apelan a la comunidad internacional para que resuelva el complejo limbo jurídico en el que sobrevive

Taiwán, el Estado «indefinido»
É. MONTAÑÉS

Hasta hace muy poco tiempo, el nombre República de China (conocida por el acrónimo en inglés de Republic of China, ROC) no se podía escribir ni en el correo postal. Y eso que encarrila ya su segundo siglo de vida, al ser la primera República que se constituyó en toda Asia, el 1 de enero de 1912. No obstante, ese término defendido por los académicos de la isla esmeralda del Pacífico (Taiwán es el término en mandarín para ROC) entraña por sí solo abrir un auténtico cisma diplomático.

Taiwán, el Estado «indefinido»
É. M.
Centro histórico de Taipéi

Mientras la conocida isla de Formosa se desarrolla democráticamente desde 1996, cuando se oficializó el derecho al voto, «China usa el nombre de Taiwán de facto para arrebatar a los taiwaneses su realidad», se queja a micrófono abierto el número dos del Ministerio de Asuntos Exteriores de este territorio, Kuoyu Tung.

En convenciones, citas y congresos internacionales, la China continental presiona para que la que considera aún una de sus obsoletas 36 provincias –el estatus de algunas como Mongolia ha cambiado, y en la actualidad computa 25– sea mentada por todos como eso, como china únicamente y con esta intención le cuelga cada vez que puede la «medalla» de Chinese Taipei.

Ocurrió en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y desencajó el estupor en la bella isla. «Sin embargo, sabemos que si en esas citas cambiáramos el nombre a nuestro territorio, esta área se convertiría en algo muy, muy peligroso», advierte el representante del Kuomintang taiwanés, el Partido Nacionalista Chino que lleva cuatro años y medio en el poder.

Más de un millar de misiles

Tung y el Gobierno del presidente Ma Ying-jeou se saben bajo el yugo de miles de misiles apuntando desde el otro extremo del Estrecho de Taiwán, según los últimos datos del Pentégono. El superior potencial armamentístico, pero a su vez el económico, ha forzado al partido que defiende precisamente intereses nacionalistas a virar el rumbo y diseñar una estrategia de acercamiento a la China popular, que desde esta semana lidera Xi Jinping.

«La diplomacia no se ha interrumpido ni un solo día» desde que el presidente Ma accedió al poder, recalca su viceministro de Exteriores en un encuentro con periodistas internacionales. Su partido ganó las elecciones presidenciales en 2008, después de ocho años de Partido Democrático Progresista (PDP), que ahora abandera la oposición con argumentos como el de que, a medida que el poder taiwanés estrecha lazos con la dictadura en Pekín, la economía en la isla decrece de forma exponencial.

En 2012, ha caído alrededor de un 4% y el trabajo es también aquí una inquietud de envergadura nacional.

Los argumentos para no «irritar a China»

Son varios los argumentos de aproximación a la China continental esgrimidos por una formación que defiende que Taiwán sea reconocido como interlocutor válido para mantener relaciones bilaterales con otros Estados, y a la vez trata de no «irritar» a esa China que juega con demasiadas cartas a su favor.

Las inversiones chinas en Taiwán son uno de esos razonamientos. El volumen de las exportaciones de la isla a la China continental ya se eleva al 40%, mientras que unos dos millones de chinos viajan anualmente al territorio de Formosa.

Así que la tesitura para Taiwán y su Gobierno democrático no ha sido otra que la de instalarse en una «actitud observativa» hacia China, nos dice el embajador o representante de este país (porque los nombres oficiales siguen siendo una lucha a perpetuidad en todas las instancias de Taiwán en el exterior) en la Oficina Comercial de Taipéi en Madrid. Y, citando una información de ABC, señala que «la política que urge ahora en la isla es la de esperar».

Cercado entre aguas chinas

En origen, Taiwán lucha por mantener el «status quo» adquirido, tras pasar de la dominación japonesa a la hegemonía china, después de la Segunda Guerra Mundial, y no ser arrogada como propiedad de nadie, sino que recaló en la escena internacional como «estado indefinido».

Taiwán crece como en una especie de limbo jurídico y político y, en medio de ese vacío de representación legal, se arma con herramientas democráticas como una Constitución para conquistar a los Estados más avanzados, como Estados Unidos, la Unión Europea y, también, Japón.

Parece contradictorio, pero, mientras tanto, la ciudadanía confía en un partido nacionalista que tenderá puentes cordiales con China continental –como lo ha hecho con la firma de 18 importantes acuerdos–, consciente de que no tendría demasiadas opciones frente al despliegue militar chino con tantos misiles dirigidos sobre su sien.

«El presidente Ma no es malo, pero no es suficientemente bueno para la población taiwanesa», opina una joven de 30 años, trabajadora en el sector del Marketing, que mientras nos guía a una estación de uno de los mejores suburbanos del mundo, se muestra reacia a «mojarse» sobre si la juventud del país es más o menos soberanista que antes.

«El camino del medio»

La misma cara que encontramos en el templo budista-taoísta de Longshan cuando preguntamos a dos treinteañeros. Liu Wen-Zheng, que prefiere no comentar nada sobre la independencia, dice que aproximadamente la mitad de la población se enrolaría a favor de la soberanía de la que ya goza Taiwán, pero reconocida en el contexto mundial, mientras que la otra mitad apostaría por la conveniente relación con la China continental. Se quedan «con el camino del medio».

Los ciudadanos del país se mueven en esa fina línea central, y estas palabras no las repiten ni uno ni dos de los preguntados, sino tanto jóvenes y adultos a los que se les reitera con insistencia la misma cuestión. «Estamos a la mitad», dice también a ABC.es Robert Yang, quien desempeña un puesto honorífico dentro del Ministerio de Asuntos Exteriores (MOFA) de la República de China, aunque el desapego hacia el Gobierno comunista del otro lado es notorio.

Malestar latente

Existe un malestar latente que no muchos verbalizan; sí lo hacen con más holgura varios jóvenes latinos estudiantes de chino mandarín en Taipéi y disgregados en uno de las decenas de mercados nocturnos que jalonan la capital. Jean Karlo Belmonte, dominicano de 24 años, José Gochez, salvadoreño de 23, y sus amigos llevan tres meses aprendiendo ese idioma con el que esperan labrarse un mejor porvenir a su regreso.

Hablan de que en su academia les ha llamado la atención el caso de Jianne, una joven china que forma parte de uno de los programas de intercambio puestos en marcha por las dos partes. Está en Taiwán y «la miran raro», es como si la «despreciasen o marginasen en clase por el hecho de ser china», objetan.

Cuando a otro alto cargo del Gobierno taiwanés se le interpela por si sucede lo mismo a la inversa, responde de forma tímida que sí, aunque como en la vida «hay de todo, chinos que consideran peyorativo todo lo taiwanés y taiwaneses que defenestran todo lo chino».

En lo idiomático y religioso solo les separan algunos factores casi anecdóticos, el acento y algunos términos concretos, como el verbo jugar, ejemplifican los estudiantes iberoamericanos.

China presiona; el resto reacciona

En medio de esas buenas relaciones que atraviesan formalmente, los dos interlocutores se hacen guiños armónicos al menos cara a la galería. Por ejemplo, el Gobierno de Ma rehusó la opción querida de que el Dalai Lama visitase la isla de forma oficial, para «no irritar a China» (frase de uno de los diplomáticos del Gobierno nacionalista taiwanés).

Aunque no hace demasiado tiempo que se produjo uno de esos gestos que acabaron por cabrear a Taiwán desde las vísceras. No es tampoco un solo alto cargo de Taipéi quien lo menciona en solitario: en los Juegos Olímpicos de este verano, el Gobierno chino «presionó» para que Taiwán no se llamase de ninguna otra forma que no fuese Chinese Taipéi, uno más de esos reveses tácitos de la comunidad internacional hacia las ambiciones de la isla.

Como representantes de esas aspiraciones de identidad y soberanía, se agolpan a las puertas de la Estación ferroviaria de Taipéi algunos miembros de la Alianza para el Referéndum de Taiwán (Alliance for Referendum of Taiwan) que defienden activamente la posibilidad de arrojar luz a las confusas estadísticas que se elaboran sobre la percepción de si los taiwaneses se sienten chino-taiwaneses, o más bien taiwaneses que quieren prescindir de la primera parte de ese «combinado».

Las mismas fuentes diplomáticas inciden en que si a finales de los años 80 solo un 10% de los taiwaneses se sentía identificado con este término en solitario, en 2007 un 75% de los residentes en este territorio no más extenso que Aragón se confesaban «solo taiwaneses» y un 5% chinos. Una vuelta más a la sempiterna diatriba lingüística.

«La situación no está madura»

«En este país sentimos que hay más libertades y no queremos que nada malo suceda, pero tampoco queremos estar bajo los dictados del régimen chino», comenta el joven de 30 años del templo cuando se incorporar tras rezar a la deidad budista.

Desde la Embajada u Oficina Comercial de Taipéi en España también recalcan la necesidad de ser reconocidos por alguno más de los 23 estados del mundo que no tienen problemas en entablar de tú a tú relaciones bilaterales con este país.

«El caso de Taiwán es único en el mundo, no hay ningún otro que viva en esta misma situación», aseveran uno tras otro los diplomáticos taiwaneses que siguen atentos el caso de Cataluña en España, reproducido también en los medios de este país.

«El Gobierno de Artur Mas pretende hacer una consulta para ser un Estado, pero nunca antes lo ha sido. Nosotros, tras la hegemonía nipona y china, conseguimos el statu quo en 1949 de Estado; no queremos ser independientes, que ya somos de facto, sino que se nos reconozca desde fuera por la comunidad internacional en conjunto» y China no mueva sus hilos siempre tejidos a base de sus extraordinarias cifras económicas para torpedearlo.

Tensa calma

En esta tensa calma viven los muy conservadores ciudadanos taiwaneses, separados solo por 180 kilómetros de aguas bravas de un régimen de extrema izquierda que ha relevado estos días a su cúpula en el seno del XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista Chino.

Del lado continental, la única alusión del presidente saliente Hu Jintao en su informe en el Congreso fue la de expresar su confianza en que Taipéi y Pekín exploren temas políticos relativos a una futura unificación y firmen «un acuerdo de paz».

A este otro lado, esas palabras suenan más como un eufemismo y una señal de aperturismo hacia su propia parroquia, pero se pliegan al pragmatismo económico y no pueden obviar la necesidad de explotar un mercado cercano de nada menos que 1.300 millones de habitantes.

El «milagro taiwanés» de los años 70 se ha matizado y ahora la isla esmeralda y su potente industria manufacturera y tecnológica se sitúan a la cola de los cuatro tigres asiáticos (con 21.000$ de ingresos per cápita), así que resiste el envite de la China popular con el lema al que pone voz Robert Yang: “Keep quiet”. “La situación no está aún madura”, dijo en una rueda de prensa reciente el ministro de Defensa, el general Luo Shuo-he, y así llevan más de 60 años.

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