Por Álvaro Martínez
Tradicionalmente las empresas que han llevado la gestión de Las Ventas —plaza de titularidad pública, no lo olvidemos— han optado por fidelizar a los abonados con la vieja técnica del «a la fuerza ahorcan». La fórmula —bastante canalla desde el punto de vista del respeto y consideración que merecen quienes conforman el principal sostén económico de los festejos que se dan cada temporada en Madrid— consiste en obligar a los abonados a sacar, de pitón a rabo, las entradas de todas las corridas de San Isidro, de la Feria de Otoño y todo evento pintón que se idee para hacer caja. Así, sin apenas anestesia, si los aficionados quieren conservar su asiento (incómodo como ninguno otro en el mundo) se ven obligados a realizar un dolorosísimo pase de pecho, llevarse la mano a la cartera de la chaqueta y salir del encuentro con la taquilla con un cerro de entradas en la mano y un rejón de castigo en todo lo alto de la cuenta corriente.
El método «a la fuerza ahorcan» resulta muy eficaz (para el empresario, claro) porque le concede la posibilidad de confeccionar los carteles como mejor le convenga (al empresario, claro), ya sabe que dispone de un dineral fijo, y por adelantado, que le suministran (al empresario, claro) los abonados. De ahí el desigual interés con que la empresa de turno se toma la confección de cada serial isidril u otoñal. Con casi el 80 por ciento del aforo (18.000 localidades de las 24.000 que tiene la plaza) sometido al régimen semi-feudal del abono «a la fuerza ahorcan» para qué se va a meter (el empresario, claro) en el lío tremendo de confeccionar una feria cuajada, de ésas de bofetás ante la cola de la taquilla y de runrún en los cafés, las tabernas y las tertulias. «¿Para qué hacer unos carteles con enganche si a éstos (los abonados) ya los tengo enganchados por vía administrativa?», pensará el empresario, claro. Otras empresas, en otras épocas, no estaban en eso y pese a que usaban el «a la fuerza ahorcan», los seriales que contrataban hacían de Madrid un referente ineludible. Hoy no es así y hay ferias (Nimes, sin ir más lejos) que dan sopitas con honda a la recta final de San Isidro 09.
Porque, sin ánimo de exagerar, los carteles de esta isidrada presentan para el aficionado idéntico atractivo al de un documental sobre la psicoterapia en los Cárpatos durante la era Ceaucescu, filmado en blanco y negro y exhibido en versión original sin subtítulos. Aunque quizás sí sea exagerada la analogía: visto lo visto (con tristeza y desazón) y tras tanta terna sin imán, tanta ausencia de figuras y figurones, tanto festejo morucho y tantos carteles sin rematar con tantos «quién es ése» a uno casi le apetece más atizarse el documental rumano y que sea lo que Dios quiera. San Isidro 2009, o como convertir agosto en mayo. Ni el célebre David Copperfield hubiera podido ejecutar tan esmerado ejercicio de ilusionismo.
Es probable que no haya otra plaza (o institución, empresa o club) que trate con más distancia y desapego a ese «pan nuestro de cada día» que, para el empresario, suponen los titulares de un abono. Ni un festejo de regalo, ni un corrida «homenaje al aficionado», ni un detalle ni gracias ni una atención. Y ahora que la crisis arrecia, menos. Quizá competa a la propiedad de la plaza urgir a sus concesionarios a que piensen algo más en la afición. ¿Por qué no librarles de la obligatoriedad de comprar un tercio de la feria?
Además de aliviarles el bolsillo en estos tiempos de fatigas se pondrían un montón de entradas más en la taquilla.¿No son tan atractivos los carteles de esta feria? ¿No son tan buenos? Pues hala, hala, a liberar entradas para que la gente se pegue por ellas.
Pero temo que el Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid siga perfeccionando su magisterio en la suerte del Tancredo. Ya saben: más quieto que Manolete, más callado que en Misa y sin enmendar un ápice el maltrato al abonado de Madrid, ese aficionado fiel, ése que paga por adelantado, ése que sostiene todo este invento y ése que año tras año es condenado a que pensar que, en Madrid y por mayo, «a la fuerza ahorcan».