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En esa enciclopédica curiosidad que asalta por lo general a los jóvenes, incluso cuando han superado su etapa de. los permanentes porqués, una tarde de agosto me preguntaba un joven compañero de localidad --que en el siglo XXI también los hay- en el tendido «1» si es verdad que los toreros rezan. Tuve que confesarle que si lo que pretendía eran confirmaciones rotundas, no lo sabía, por más que supusiera que debía ocurrir como en tantos otros quehaceres de la vida,.porque tendría toda la lógica que en el mundo de los toros, en sus nuevas generaciones, se produjeran niveles de interés o de despreocupación similares a los que puedan darse en otros sectores de nuestra sociedad.
Si nos fiamos de unos cuantos datos comprobables, que no debieran considerarse simplemente una anécdota, pero que tampoco cabe tomar como pruebas irrefutables para nada, llama la atención que a la mayoría de los toreros que hemos visto salir en triunfo de una plaza, se les oyó dar las gracias a Dios. Y en sentido contrario, cuántas tardes se ha visto a un torero, cuando decide recorrer ese camino de angustias que distancia el burladero de capotes del portón de toriles, que lo último que hace en su dramática espera es siempre la señal de la cruz. Me niego a creer que todo eso no sean más que lo que algunos llaman «usos y costumbres» sociales; tiene que ser bastante más.
Y cuando ha sido necesario cruzar las puertas del quirófano, en las que tantas penas se han llorado a lo largo de los años, la confianza está puesta siempre en la ayuda especialísima que se pide insistentemente a Dios, confiados también en esa especie de «milagro de las causas segundas» que nace de las manos de los cirujanos de turno, que forman con los rezos un binomio que no se acierta muy bien a separar, deudores todos de la esperanza misma.
Incluso, cabría aducir cómo en todas las plazas de toros nunca faltó su Capilla, la mayoría de ellas incluso hasta con capellán, como lugar para el sosiego del espíritu de casi todos los que van vestidos de sedas y alamares, cuando entran al patio con sus caras circunspectas por el ramillete de incógnitas y dudas que les espera más allá de la puerta de cuadrillas.
Religiosidad popular
Alguna vez se me ha ocurrido pensar que todo esto debe tener bastante relación con la religiosidad popular. Si se dejan al margen consideraciones teológicas mayores, que más de una se ha escrito con mucho fundamento, en la realidad cotidiana se puede encontrar un factor bastante explicativo. Y así, esa religiosidad de los toreros suele ir muy ligada a elementos que nos hablan de sus lugares natales, de tradiciones antiguas enraizadas en la cultura de su pueblo, incluso de costumbres de familia, tantas veces heredadas de los abuelos y transmitidas amorosamente por las madres. De hecho, se podría realizar una cierta genealogía del torero, con tan sólo observar los componentes de esa capilla improvisada que muchos tienen en su habitación del hotel.
Quizás por la mayor expresividad de aquella tierra, que hasta por razones de clima está abocada a vivir mirando hacia la calle y los espacios anchos, por todos los lugares de Andalucía se comprueba, por ejemplo, la cantidad de imágenes de Cristo y de la Virgen que llevan por sobrenombre «de los toreros». Sin ir más lejos, más de uno y más de dos aficionados cuando se acercan al barrio de San Bernardo por la Semana Santa, para admirar el paso, tan sevillano, de su Virgen del Refugio, no pueden ocultar en paralelo una cierta añoranza hacia Pepe Luis.
En sentido contrario, si se toman como referencia las manifestaciones propias, se comprueba que en estos tiempos no se contabilizan por encima de la docena y media los toreros, en sus distintas categorías, que rechazan de plano cualquier referencia religiosa. En todos los demás se encuentra siempre un rasgo al menos que tuviera que ver con la religiosidad, a lo mejor no muy fundamentada en los conocimientos, pero que respeta lo esencial de la trascendencia: la relación de Dios y el hombre.
Con estos pocos datos en la mano, con los que tampoco se trata de construir una demostración cartesiana, podría pensarse que la realidad nos responde abrumadoramente que los toreros sí rezan. Cabría intuir que muchos no rezarán ave marías y glorias, sino que más bien se pondrán cara a cara con Dios y con su Madre en los momentos decisivos, que para ellos son, por lo menos, tantos como paseíllos forman la temporada.
No lo sé con certeza, ni resulta prudente romper con preguntas situaciones de tanta intimidad para ellos, pero tengo para mí que en esos rezos los toreros implorarán la vida y el triunfo, en especial en aquellos momentos que suelen ser tan claves para su proyección en la historia. Pero también supongo que, como todos los que viven en los linderos de la blanca frontera de lo eterno, en ese diálogo en el que las palabras sobran se dejarán abrazar, a lo mejor sin advertirlo del todo, por las manos amigas de la Misericordia.
Si se toman prestadas las palabras nacidas de la gracia pensativa de un gran poeta sevillano, no puede extrañar que en ese trance el torero no rece con «la tranquila voz de quien contempla crepúsculos bonitos y atardeceres bobos», ni como se canta a «la hermosura quieta, que sólo es hermosura»; más bien lo hará «con voz quemada y escocida en la garganta del amor», que es como «el hombre busca un poquito de Dios para las ramas altas de su sueño».
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