|
Domingo López Ortega nació el 25 de febrero de 1906 en Borox, aunque el cossío fecha su alumbramiento en 1908. Andrés Fagalde me lleva diciendo que en 2006 se cumplía el centenario de Ortega desde minutos después de que sonasen las campanadas en la Puerta del Sol. Fagalde, en esta su enésima juventud, sigue maravillado por la personalidad y el toreo de aquel labrador borojeño que se curtió como El Cid bajo el seco sol de Castilla, en las terribles capeas de sus pueblos, que no cesaban de arrojar muertos sobre las raíces de los orígenes de la fiesta. Ortega cautivaba con su temple de cuero, su látigo de seda, su danza. Y luego con su verbo y su inteligencia natural. A su magnetismo no se resistieron Ortega y Gasset, Cossío, Ignacio Zuloaga, Jiménez Díaz, Luis Calvo, Sebastián Miranda, Antonio Díaz-Cañabate. Una pléyade de gentes de mente privilegiada de las que Ortega supo rodearse primero Y empaparse después, hasta acabar dando su conferencia magistral en el Ateneo (29/3/1950): «La normas clásicas del toreo».
A los tres cánones clásicos de parar, templar y mandar añade, introduce o intercala, uno más: cargar la suerte. Y lo enfatiza: «Parar, templar, cargar y mandar». Para Domingo Ortega, sin cargar la suerte no se puede mandar. Dicen lenguas afiladas que su lección portaba una carga, a modo de vendetta escondida, contra los modos amanoletados, contra el toreo perfilero y la muleta retrasada. Y algo de eso hay.
El Caña reseñó la conferencia de Ortega para la revista «El Ruedo»: «A los pocos días de recibir la invitación de Pedro Rocamora para dar una conferencia en aquella tribuna, Domingo Ortega cogió un lápiz y unas cuartillas y empezó a escribir. Resueltamente, sin titubeos, se fue derecho al toro, ya las pocas líneas lo había dominado. Una de las características más sobresalientes del arte torero de Domingo Ortega radica en su arquitectura, en cómo construye las faenas. Muchas veces, presenciando con él una corrida, le he oído decir: "Ese muchacho no tiene plan". Esta falta de plan se deja notar casi constantemente en el toreo actual. La inmensa mayoría de las faenas son un caos». Díaz-Cañabate, ferviente amigo y partidario del ilustrado paleto de Borox, carga también la suerte y suma: «Está construida de una manera perfecta. El razonamiento se desarrolla sin que nada superl1uo lo perturbe».
Ortega era un dominador que ensalza el poder sin desdeñar la estética. Pero antepone los verbos poder y someter a todo: admira «el germen de los Romero. Pues gracias a las normas de Pedro, X (ejemplo incógnita de torero), cuando se forma en su toreo, es decir, en el clasicismo del bien hacer, llega a reducir a los toros de. tal forma que un buen día', al cuarto pase, fíjense bien que digo al cuarto pase, puede impunemente pasarle la mano por la testuz a muchos toros de su época. Porque no se trata de atontar a los toros a los quince o veinte pases, sino de torearlos». La exposición de D.O. es dura. Elegante pero dura: «Los aficionados tienen mucha culpa por no haber seguido fieles a las normas clásicas: parar, templar y mandar. A mi modo de ver, estos términos debieron completarse de esta forma: Parar, templar, cargar la suerte y mandar; pues, posiblemente, si la palabra cargar hubiese ido unida a las otras tres desde el momento en que nacieron como normas, no se hubiese desviado tanto el toreo». Y Ortega ejemplifica su danza, barriendo con inteligencia, para casa, para su toreo: «La mayoría cree que parar, templar y mandar es esperar a que los toros vengan a estrellarse en el objeto, sin que el torero se mueva; esto es un error, porque si te paras, no puedes templar, y mucho menos mandar».
Ortega, dominio y sabiduría, disertó sobre el toreo, y en muchas cosas adivinó el futuro: los toreros actuales «son hijos de las normas que había y hay en el ambiente, están adulterados por el clima en que se formaron. Desde hace unos años han oído decir a aficionados, periodistas, folletos y demás propaganda, que el toreo había llegado al súmmum de la perfección, que era lo nunca visto (...) Quieren sostener lo insostenible, conformándose con decir que se torea mejor que nunca, pero conociendo en el fondo la monotonía que existe en este toreo».
MÁXIMAS ORTEGUIANAS
Cargar la suerte. «Parar, templar y mandar. A mi modo de ver. estos términos debieron completarse de esta forma: parar. templar. cargar y mandar. Sin cargar no se puede mandar».
Reducción del toreo. «Se ha reducido el toreo a la mitad; se le ha quitado la parte más bella. la de delante, aquélla en que el torero se enfrenta con el toro echándole el capote o la muleta adelante».
Toreros actuales. «Quieren sostener lo insostenible, conformándose con decir que se torea mejor que nunca. pero conociendo en el fondo la monotonía».
|