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El Gallo leyendo en los ojos del toro como en un silabario. Unamuno adivinando la Fiesta en el «bisonteo altamirano». Belmonte alborotando la arena con una espuerta llena de libros y otra de utillaje: «¡Torero más leído y más bañado no lo ha habido ni lo habrá jamás!», piropean al hijo del quincallero. Siete en punto de la tarde. Y sobre el ruedo ibérico hace el paseíllo una literatura queda, callada, que se confiesa a medias con el toreo, «la fiesta más culta que hay en el mundo», entroniza Federico García Larca. Esta letra escarlata arranca con el vermut granate de Wenceslao Fernández Flórez en loor de Rafael el Gallo, el hombre del traje gris, cetrino, menudo. Y prosigue con el bronce gitano y el mármol exangüe de Benlliure sobre el eterno descanso de Joselito bajo el sol de justicia del cementerio de San Fernando, que hacía más espantosa la muerte, como «cinceló» en ABC Agustin de Foxá. Y a su lado, fiel, Ignacio Sánchez Mejías -dramaturgo, novelista, actor, poeta y anfitrión de la Generación del 27 con su sombrerillo ladeado...-, o sea, «el cartel sonrosado de papel de aleluya, volandero entre los miradores de Talavera ya bajo tierra». El príncipe sevillano de la calle de la Palma convence a Rafael Alberti para que se vista de banderillero en Pontevedra (segunda despedida). El poeta recordaría entonces a aquel barbilampiño aprendiz de pintor que en tardes de mar callada vencía las tapias de su Puerto del alma para lidiar vaquillas. Y el marinero en tierra entendería la infinita distancia que hay entre un ser, mortal y rosa, sentado ante un soneto y otro de pie y a cuerpo limpio bajo el sol, «delante de ese mar ciego, rayo sin límite, que es un toro recién salido del chiquero».
El Papa Negro, el faraón, el duende
Tono el Grande, a la grupa de su «Codorniz», vende calzoncillos taurinos, que él mismo inventa, en el tendido: «¡Una prenda de doble capa que se infla con una goma, señoras y señores!», vocilera. y el respetable desliza sus rectas curvas, curvas rectas en el calzón taurómaco. «¡Al final de la corrida abran el taponcito, dejen salir el aire y despeguen!», arenga el genio del humor al gentío. Valle-Inclán le pide a Belmonte la gloria en el Siglo de Oro de la tauromaquia: «Ahora, Juan, ya sólo te queda morir en la plaza». Y el semidiós, al que sus fieles quisieron procesionar por el puente de Triana en andas, promete: «Se hará lo que se pueda, don Ramón». El llanto lorquiano por Ignacio a las cinco en punto de la tarde, cuando «un niño trajo la blanca sábana, la espuerta de cal ya prevenida, a las cinco de la tarde...». Gerardo Diego canta a Antonio Ordóñez; «hondo, manda y cimbrea, va y viene el lance jondo. La luz torea». Hemingway, con su corazón rondeño partido en un verano sangriento entre Luis Miguel y don Antonio. César González-Ruano condena con su recado de escribir la cogida del Papa Negro, Manuel Mejías Bienvenida, que hubiera hecho época si en la aciaga tarde del 10 de junio de 1910 no se le cruza «Viajero», un toro cárdeno, entrepelao, que llevaba marcado en un anca el número trece. El Guerra repiensa a Ortega: «Tié que habé gente pa tó». Cela, Nobel y becerrista por la piel de toro. Daniel Vázquez Díaz retrata a Manolete con el Séneca del toreo aún vivo -apretujado en tabaco y oro, en elegancia y señorío, en caballerosidad y silencio-- y culmina su trazo tras su muerte en Linares delineando la tragedia, la mirada lejana, la frente llena de presagios, el terrible presentimiento. Fernández de Moratín canta a Pedro Romero, «pides la venia, hispano atleta, y sales/ En medio, con braveza/ Que llaman ya las trompas y timbales».
En el libro de arena se dibuja el toreo nietzschiano y eterno de dinastías literarias como Vázquez y Bienvenida. Y repiquetean los relojes que aquieta y para el Faraón Curro Romero, bajo el manto de Sevilla, en crónica memorable de Vicente Zabala. Las Ventas llora de emoción por la grandeza poética del maestro Chenel: Antoñete. El duende de Rafael de Paula (re )aparece en la Monumental, con Zabala de la Serna de testigo sublime: «Encajó los botines entre las rayas, como si fuese a mecer una verónica sorda, y caminó hacia los medios con la lentitud de la eternidad, quebrado el paso, sobre la frágil desarmonía de sus rodillas, que sostiene todavía un empaque macizo y gitano. El sombrero de ala ancha calado en la ceja derecha. Impecable la camisa blanca, inmaculada, abrochada hasta el último botón del cuello. El traje gris marengo perfecto. La plaza en pie». La arena talla la letra callada que Lennon susurra al más grande, Mohammad Alí, cuando aún era el rey: «Cuanto más auténtico seas más raros serán Jos demás».. Y Lorca derrama el bálsamo de fierabrás de los clásicos sobre esta Fiesta perfecta, «que descubre en el hombre sus mejores iras, sus mejores bilis y su mejor llanto». Así es la letra queda del toreo. Pura ambrosía.
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