ABC.es
Ir a ABC.es

FIMA Ganadera
- Inicio

- Patrón de un nuevo tiempo

- Frente al tótem
- Renovar o morir
- Julián López «El Juli»
- Manuel Jesús «El Cid»
- Cesar Rincón
- Sebastián Castella
- ¿Rezan acaso los toreros?
- Los ganaderos
- Toreros de dinastía
- Carteles de San Isidro 2006
- Domingo Ortega
- Gregorio Sánchez
- 75 años para el recuerdo
- Alerta en la enfermería
- Esperando a Picasso
- Para despertar los sentidos
- Casquería, tradición madrileña
- La letra callada del toreo

Toreros de dinastía... y de Falcon Crest

ÁLVARO MARTÍNEZ

 

No es la primera vez que los tres escalafones se cuajan de nombres que evocan a grandes toreros de antaño; una bendición, si bien se mira, pues cuando uno se echa a la cara los carteles de tal o cual feria de este 2006 se desprende de una buena pila de años y regresa al pasado al hilo de un apellido, de una faena memorable, de un pase único, de un quiebro, de un quite, de una bronca colosal, de un «¡la que lió!» o de un «¡qué calor hacía ese día!» asociado a las palabras Manzanares, Ternel, Capea, González (Dámaso), Ordóñez, Barrera, Moura, Cartagena, Posada, Benítez o Sebastián Palomo... El toreo, visto está, es memoria, tanto que uno es capaz de acordarse de una chicuelina determinada que dio tal diestro hace veintitantos años. Por ahí, por el rejuvenecimiento personal que trae esta invasión de nombres conocidos es por donde yo le veo más ventajas a la moda de que los hijos, los sobrinos y hasta los nietos se pongan delante.

 

La Fiesta se levanta en buena medida sobre el pilar de la tradición, que alcanza incluso a la esfera familiar, como esos negocios que pasan de padres a hijos y que van guardando la esencia de cómo se hace cabalmente una cosa.

 

Metafóricamente hablando, claro, que no es lo mismo hacer un par de botas o un kilo de mazapán que pisar la arena y liarse a dar muletazos a una fiera de media tonelada de peso y tonelada y media de mala leche. Pero es cierto que esa recurrencia familiar, ese mantenimiento del legado transmitido de
padres a hijos, ha tenido mucho que ver no ya con la mera pervivencia del toreo sino con la grandeza -incomprensible para el profano y única en todo el mundo -que ha terminado por alcanzar. Ya saben: todo singular, todo extraordinario.
Nada que objetar, pues, a que el «niño de fulano», el «nieto de zutano» o el «sobrino de mengano» decidan -la mayoría de las veces abandonando la apacible comodidad en la que les han instalado el sudor y la sangre de sus progenitores- tomar los trastos y probar suerte. ¿O quizás sí? Porque visto lo visto, e intuido lo que van a dar de sí buena parte de los que recién empiezan, no parece que la salvación del innegable mal momento que vive la creación torera vaya a venir de mano de estos nombres con sabor; tiempo que han entrado a borbotón en la Fiesta. No es lo de «en tu fiesta me planté» (porque esto es de todos y no es de nadie) pero casi. Merecen, claro está, el respeto derivado de quien se la juega. Pero en la misma medida que Pepitopérez, de la dinastía de los Donnadie, que es, de largo, la que más figuras del toreo ha deparado a lo largo de la historia. El único pero viene de la mano de que si alguno no se llega llamar «así» no torea ni en el cuarto de baño de su casa con la toalla. No todos, que la hornada trae jóvenes con trazas y avíos de notable porte, pellizcos y arrestos.

 

A estas alturas, y visto las idas y venidas y lo que han durado otros hijos, hermanos y primos de figuras, es esencial distinguir los toreros de dinastía, de los de... Falcon Crest. Es decir, los que con independencia de sus cualidades tienen ese no sé qué taurino, de arte o de valor, de creer en lo que se hace; y de respeto a un nombre y al bagaje que calza, que los aleja del arribismo que se olfatea en los otros -fantasmas que no saben que lo son- que llegan a rebufo de la moda y el pelotazo. En el bien entendido de que no están estos tiempos para dinastías y que no parece probable que vayamos a asistir en breve al advenimiento de una saga tan fértilmente torera como la de los Bienvenida, el siglo pasado, o la de los Romero, hace tres. No está la magdalena para tafetanes y con que no se caigan] los toros y los toreros se pongan en su sitio casi nos vale.

 

Rematemos dándonos un respiro de: esperanza, porque aunque la mayoría de los «hijos de» se terminen marchando, alguno puede que se quede manteniendo vivo el legado heredado, ese genoma indescifrable que crea la pasta especial de la que están hecha los toreros.

 

Detengamos la mirada en ellos, se vayan o se queden, sean saga de leyenda o carne de culebrón, pues al menos en el nombre llevan la savia que ha nutrido desde siempre la Fiesta: la memoria.

 

Canales RSS

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U, Madrid, 2009.
Datos registrales: Inscrita en el Registro Mercantil de Madrid,
Tomo 13.070, Libro 0, Folio 81, Sección 8, Hoja M-211112, Inscripción 1ª - C.I.F.: B-81998841.
Todos los derechos reservados. ABC Periódico Electrónico S.L.U. contiene información de Diario ABC. S.L.
Copyright © Diario ABC. S.L., Madrid, 2009.
Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción, distribución, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.