la edad de plata de la cultura española
Tiempos modernos
 

especiales abc.esModernos y trágicos podría ser el emblema de los días que hicieron sucumbir la más extraordinaria etapa española de la vida cultural del siglo XX y algún siglo más. Modernos, por cuanto la efervescencia creativa rompió los moldes de la vieja y aislada España e instaló en el canon intelectual de la Europa de su tiempo, y de buena parte de América, nombres parece que irrepetibles, como son los de Unamuno y Ortega; Valle-Inclán y Lorca; Falla y Dalí; Machado y Buñuel, meros pero relevantes ejemplos de un período que, con santa razón, ya ha quedado en la historiografía española como La edad de plata. Esos años de profunda modernización que comienzan en 1898 y terminan, trágicamente, en 1936. «Las dos décadas fecundas (1916-1936)» (Marichal) que se amplían al inicio de la Generación del 98.

Porque son tres enormes generaciones de escritores, artistas, periodistas, científicos, universitarios, músicos y cineastas. Del 98, además de los citados, Azorín, Baroja, Maeztu; del 14, Marañón, Azaña, Pérez de Ayala; del 27, Salinas, Guillén, Cernuda, Ayala, Chacel... un centón de nombres y de obras que jalonan, de manera formidable, el esplendor de un momento de creación que se prolonga a lo largo de tres décadas. Modernos, por que la España de aquellos años está a la altura de lo mejor de Europa, no ya por la homologación de sus elites políticas y económicas, y grupos universitarios, sino por el dinamismo de la propia sociedad que se entrega a un «proyecto sugestivo de vida en común» (Ortega) mediante la radical transformación de su circunstancia histórica. Y trágicos porque aún queda entre la niebla del tiempo, entre la vasta biblioteca que aquellos años ha descubierto, la pregunta o la sorpresa o el asombro de uno de sus protagonistas, Julián Marías: «Siempre me ha sorprendido que el desastre de 1936, el más grave de nuestra historia moderna, sobreviniera cuando España había alcanzado una asombrosa plenitud intelectual»; trágicos porque como décadas después del desastre escribiera el poeta Jaime Gil de Biedma: «De todas las historias de la historia, la de España es la más triste porque termina mal».


«Narcisismo del desastre»


Del ansia de modernidad, de la efectiva o anhelada ansia de vertebración nacional, del paraíso en la tierra que fue la creación literaria y artística, del cielo en la tierra se pasó al más oscuro de los infiernos, esa suerte de «narcisismo del desastre» (Marichal) que tanto habían repetido las dos Españas del siglo XIX. Modernos, porque la Generación del 98 había colocado la «exploración del alma trágica» en el centro de la literatura contemporánea y había expuesto, con rotundidad, el fracaso de las creencias y la confianza existencial; modernos, porque la del 14 había aspirado al orden, al cruce de fronteras, a un régimen de objetividad que dirigiera la vida pública e intelectual, a la necesidad de captar la trama unitaria de la vida a través del curso real de la experiencia; modernos, porque la del 27 culminaba ese proceso de modernización de los usos y estilos rabiosamente contemporáneos en lo más íntimo del entramado intelectual y artístico. Tiempos modernos y trágicos fueron los días de vino y rosas que terminaron en sangre, exilio y silencio. Tenebroso silencio.

El sueño de la razón, de nuevo en la vida española, había creado monstruos. Monstruos tan inquietantes como reales. Cosas del siglo

 

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