Si
a un espectador que observara el entusiasmo con el que la población
de Madrid recibió la declaración de la Segunda República
en abril de 1931 le hubieran dicho que apenas cinco años después
el nuevo régimen se hundiría en medio de la guerra civil
más extrema y encarnizada, le habría parecido increíble.
Los analistas españoles de 1931 afirmaban que la introducción
pacífica de un nuevo régimen democrático indicaba
la «madurez cívica» de la sociedad española,
y que los amargos conflictos del pasado habían llegado a su fin.
Por el contrario, lo peor aún estaba por llegar. ¿Cómo
era eso posible?
Hay que tener en cuenta dos realidades
básicas respecto a la instauración de la República.
En primer lugar, fue el resultado de la caída repentina de la Monarquía,
no de un movimiento republicano popular, masivo y unificado. El nuevo régimen
despertó un gran entusiasmo popular, y en general se aceptó su
legitimidad, pero una minoría muy amplia de la población —simpatizantes
monárquicos y católicos— nunca compartió este
entusiasmo, aunque tardó en responder con sus propias organizaciones
políticas.
En segundo lugar, las fuerzas republicanas estaban
compuestas por tres sectores completamente distintos: los demócratas
liberales del centro republicano, la izquierda republicana moderada y los
socialistas. Todos ellos tenían proyectos distintos. Sólo
el centro era partidario de la democracia liberal sin adjetivos, con las
mismas normas de juego para todos. La izquierda moderada, dirigida por
Manuel Azaña, insistía en un régimen
totalmente de izquierdas y anticatólico que fuera radicalmente reformista,
aunque no socialista, y basado en gran medida en la propiedad privada.
Los socialistas aceptaban la república democrática porque
conduciría al socialismo, pero una república democrática
basada en la propiedad privada debía ser sólo un medio para
alcanzar la meta definitiva de un régimen socialista.
Sin consenso
Las reformas republicanas de 1931-1933 fueron promulgadas
por una alianza de republicanos de izquierdas y socialistas, de la cual
se retiraron pronto los liberales centristas. Esta alianza de gobierno
rechazó cualquier tipo de consenso, e insistió en volver
a la «tradición ensalzada» del siglo XIX de imponer
por decreto cambios a los que se oponían sectores significativos
de la sociedad. No sólo se separaron la Iglesia y el Estado, sino
que las nuevas leyes privaron a los católicos de ciertos derechos
civiles básicos como la educación y la expresión religiosa.
La reforma agraria fue muy conflictiva y de hecho relativamente moderada,
pero también extremadamente compleja y confusa. Debido en parte
a la feroz oposición de los anarquistas, las reformas laborales
beneficiaron principalmente a la Unión General de Trabajadores (UGT)
socialista, y dieron lugar a una subida irracional de los salarios en una época
de depresión y creciente desempleo. Al final, la alianza entre la
izquierda republicana y los socialistas se rompió hacia finales
del verano de 1933. La luna de miel de la República se había
terminado y empezó el punto de inflexión.
La ley electoral de la República
negaba la representación proporcional con objeto de superar la fragmentación
política, pero fomentaba giros pendulares y una representación
desproporcionada en el Parlamento. La izquierda desunida experimentó así una
derrota desastrosa en noviembre de 1933 a manos de una ley electoral redactada
por ella misma. El mayor partido en las Cortes fue a partir de entonces
la católica Confederación Española de Derechas Autónomas
(CEDA), que prometió transformar el régimen en un sistema
corporativo más conservador y católico, del mismo modo que
los socialistas estaban decididos a convertirlo en un régimen socialista.
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