españa y sus circunstacia
 
por José Antonio Zarzalejos, Director de ABC

especiales abc.esEl 15 de abril de 1931 la portada de ABC fue la que se refleja en la de este suplemento que editamos con ocasión del setenta y cinco aniversario de la proclamación de la II República. Aquella portada incorporaba un auténtico magisterio periodístico. Bajo una enorme fotografía de la Puerta del Sol abarrotada de ciudadanos eufóricos, ABC titulaba en un cuerpo bajo y con sobriedad expresiva: «La situación política», y añadía con concisión: «La Puerta del Sol durante la tarde de ayer (foto Alfonso)». Los lectores de nuestro diario tenían toda la información de la jornada anterior sin que el periódico mencionase ni la proclamación de la República ni, en consecuencia, la caída de la Monarquía. Pero al enfatizar en dos palabras —«la situación política»— toda su comunicación semántica acompañándola de un rotundo mensaje visual, ABC transmitía una acuciante preocupación y, seguramente, pregonaba un mal augurio. En ambas intuiciones se mostró precoz nuestro diario. Porque la II República, jaleada como una «gran oportunidad», nació con un déficit de legitimación que fue completada por la adhesión popular y callejera, y se desarrolló luego en la convulsión que provocan siempre los regímenes que nacen alentados por un sentimentalismo de fácil manipulación por los políticos maniqueos.


La II República española fue un fracaso que desembocó en la Guerra Civil porque los republicanos —desde los conservadores a los izquierdistas— quisieron reinventar España, aplicarle unos cánones extraños a sus inquietudes, transformar usos y costumbres que respondían a motivaciones seculares y racionales de hondo calado. La II República fracasó porque, a diferencia de la Monarquía en sus más diferentes períodos históricos, no fue una República nacional, integradora y evolutiva. Optó por la transformación drástica y revolucionaria, por el desprecio de las geologías culturales, por la ignorancia de las inercias y, en definitiva, por la construcción ex novo de una vieja nación cuyo futuro se pretendió imponer desde una soberbia intelectual y un exclusivismo ideológico insoportables. La II República no construyó una derecha liberal y democrática ni una izquierda tolerante y desprejuiciada. Por el contrario, el régimen republicano —cuyo vértice, la jefatura del Estado, es por definición móvil y banderizo— acendró las peores mañas integristas de las derechas y los usos totalitarios de la izquierda.

La emergencia de figuras señeras del pensamiento, tributarias de la decepción noventayochista, en unos casos, y de los nacientes movimientos ideológicos comunistas y fascistas, en otros, acabaron sobrepasadas por el sectarismo que inspiró el propio sistema republicano. A una derecha levantisca, le replicó una izquierda revolucionaria y, en medio, se ahogaba una sociedad que perdía la esperanza entre destempladas decepciones por lo que pudo ser y no fue y por lo que fue y nunca debió ser.


La Monarquía se retranqueó en ese capítulo de la historia de España; depuso sus derechos porque no quiso hacerlos valer ni con la fuerza ni enfrentando a españoles contra españoles y se situó allí, muy a mano de la conciencia y el sentimiento de la Nación, lista para ofrecer sus servicios. Pasaron décadas y los viejos republicanos de Toulouse, arremolinados en este abril de 2006 en torno al Rey, absorbiendo las lágrimas de su emoción histórica reconocían, en la honradez de una dignísima senectud, «¡qué suerte ha tenido España con esta Monarquía!».


Hay naciones para las que la forma de su Estado ha sido siempre un accidentalismo político. No para España. La dos repúblicas —la del siglo XIX y la del XX— nos han escarmentado casi con ensañamiento. La Monarquía es un elemento fundacional de la Nación y, en esa misma medida, un factor estabilizador de la convivencia. Los españoles exiliamos a reyes, pero no los decapitamos. Los deseamos primero, y los aborrecimos después, pero tras uno sabíamos que venía otro y que su razón de ser era la propia España y no militancia alguna. Cada vez que España dobló el cabo de un nuevo tiempo, la Monarquía supo estar a la altura de la circunstancia.
Acudo a Ortega —el hombre que peleó por la República y abjuró luego de ella, que pasó del delenda est monarchia al no es esto, no esto— porque si el filósofo madrileño elevó la circunstancia personal a la categoría de condición ontológica de cada individuo, España se entiende en lo político sólo en su circunstancia monárquica, de tal manera que el régimen republicano se constituye en una anomalía para nuestro país. Eso es lo que enseña la historia y de eso, de historia simplemente, se escribe y se enseña en este suplemento de ABC, periódico que surgió hace ciento tres años para «seguir sus propias banderas» que tampoco eran entonces, no lo son ahora, ni lo serán en el futuro otras que la Nación española y la Monarquía, cohesionadas ambas en los valores de la excelencia cultural, el liberalismo político y el sentido trascendente de la existencia humana.


 

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