El
15 de abril de 1931 la portada de ABC fue la que se refleja en la de
este suplemento que editamos con ocasión del setenta y cinco aniversario
de la proclamación de la II República. Aquella portada
incorporaba un auténtico magisterio periodístico. Bajo
una enorme fotografía de la Puerta del Sol abarrotada de ciudadanos
eufóricos, ABC titulaba en un cuerpo bajo y con sobriedad expresiva: «La
situación política», y añadía con concisión: «La
Puerta del Sol durante la tarde de ayer (foto Alfonso)». Los lectores
de nuestro diario tenían toda la información de la jornada
anterior sin que el periódico mencionase ni la proclamación
de la República ni, en consecuencia, la caída de la Monarquía.
Pero al enfatizar en dos palabras —«la situación política»— toda
su comunicación semántica acompañándola de
un rotundo mensaje visual, ABC transmitía una acuciante preocupación
y, seguramente, pregonaba un mal augurio. En ambas intuiciones se mostró precoz
nuestro diario. Porque la II República, jaleada como una «gran
oportunidad», nació con un déficit de legitimación
que fue completada por la adhesión popular y callejera, y se desarrolló luego
en la convulsión que provocan siempre los regímenes que
nacen alentados por un sentimentalismo de fácil manipulación
por los políticos maniqueos.
La II República española fue un fracaso
que desembocó en la Guerra Civil porque los republicanos —desde
los conservadores a los izquierdistas— quisieron reinventar España,
aplicarle unos cánones extraños a sus inquietudes, transformar
usos y costumbres que respondían a motivaciones seculares y racionales
de hondo calado. La II República fracasó porque, a diferencia
de la Monarquía en sus más diferentes períodos históricos,
no fue una República nacional, integradora y evolutiva. Optó por
la transformación drástica y revolucionaria, por el desprecio
de las geologías culturales, por la ignorancia de las inercias y,
en definitiva, por la construcción ex novo de
una vieja nación cuyo futuro se pretendió imponer desde una
soberbia intelectual y un exclusivismo ideológico insoportables.
La II República no construyó una derecha liberal y democrática
ni una izquierda tolerante y desprejuiciada. Por el contrario, el régimen
republicano —cuyo vértice, la jefatura del Estado, es por
definición móvil y banderizo— acendró las peores
mañas integristas de las derechas y los usos totalitarios de la
izquierda.
La emergencia de figuras señeras del pensamiento, tributarias
de la decepción noventayochista, en unos casos, y de los nacientes
movimientos ideológicos comunistas y fascistas, en otros, acabaron
sobrepasadas por el sectarismo que inspiró el propio sistema republicano.
A una derecha levantisca, le replicó una izquierda revolucionaria
y, en medio, se ahogaba una sociedad que perdía la esperanza entre
destempladas decepciones por lo que pudo ser y no fue y por lo que fue
y nunca debió ser.
La Monarquía se retranqueó en ese capítulo
de la historia de España; depuso sus derechos porque no quiso hacerlos
valer ni con la fuerza ni enfrentando a españoles contra españoles
y se situó allí, muy a mano de la conciencia y el sentimiento
de la Nación, lista para ofrecer sus servicios. Pasaron décadas
y los viejos republicanos de Toulouse, arremolinados en este abril de 2006
en torno al Rey, absorbiendo las lágrimas de su emoción histórica
reconocían, en la honradez de una dignísima senectud, «¡qué suerte
ha tenido España con esta Monarquía!».
Hay naciones para las que la forma de su Estado ha sido siempre un accidentalismo
político. No para España. La dos repúblicas —la
del siglo XIX y la del XX— nos han escarmentado casi con ensañamiento.
La Monarquía es un elemento fundacional de la Nación y, en
esa misma medida, un factor estabilizador de la convivencia. Los españoles
exiliamos a reyes, pero no los decapitamos. Los deseamos primero, y los
aborrecimos después, pero tras uno sabíamos que venía
otro y que su razón de ser era la propia España y no militancia
alguna. Cada vez que España dobló el cabo de un nuevo tiempo,
la Monarquía supo estar a la altura de la circunstancia.
Acudo a Ortega —el hombre que peleó por la República
y abjuró luego de ella, que pasó del delenda
est monarchia al no es esto, no esto— porque
si el filósofo madrileño elevó la circunstancia personal
a la categoría de condición ontológica de cada individuo,
España se entiende en lo político sólo en su circunstancia
monárquica, de tal manera que el régimen republicano se constituye
en una anomalía para nuestro país. Eso es lo que enseña
la historia y de eso, de historia simplemente, se escribe y se enseña
en este suplemento de ABC, periódico que surgió hace ciento
tres años para «seguir sus propias banderas» que tampoco
eran entonces, no lo son ahora, ni lo serán en el futuro otras que
la Nación española y la Monarquía, cohesionadas ambas
en los valores de la excelencia cultural, el liberalismo político
y el sentido trascendente de la existencia humana.
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