La República de abril del 31 no la esperaba nadie. Ni
siquiera sus más conspicuos valedores. Alguno hubo que quería seguir encerrado
en una casa amiga sin atreverse a ir a la Puerta del Sol donde varios de
sus correligionarios y las masas populares ya habían proclamado aquella
tarde del 14 el cambio de régimen. Ahí están los libros de memorias de
todos los que vivieron aquellas jornadas. Jornadas tan absurdas como increíbles
que hizo sintetizar el almirante Aznar en un escueto: «España se ha acostado
monárquica y se ha levantado republicana».
Pero con el cambio consolidado
vino tal trueque de chaquetas que hasta una revista republicana como «Crisol» tuvo
que denunciar la desvergüenza de algunos. Escribía, cuarenta y ocho horas
después de instaurada la República: «Importa distinguir entre el republicanismo
sincero en que se ha apoyado el acontecimiento del 14 de abril y los republicanos
hechos de pronto, que buscan en ese mismo acontecimiento apoyo y comodidad
personal…». Y concluía: «No es hablar así vano afán de distinción entre
quienes han puesto algún esfuerzo por lograr la República y los que abren
la boca ahora, en apariencia para un viva, pero, en realidad, para una
breva. Distinguir entre los unos y los otros es conveniencia para el Gobierno
de la República y para España toda. Es problema de decencia pública».
La cita es larga, pero elocuente y sabrosa. Sabedores de la marcha del Rey, sorprendidos porque unas simples elecciones municipales supusieran la caída de la Monarquía, muchos de los que apenas un mes antes aclamaban a la Real Familia, ahora estaban, con banderas rojas y tricolores, en el anochecer abrileño, gritando frases soeces contra la Reina y sus hijos. A Alfonso XIII le habían plantado el ultimátum de que abandonara Madrid antes de ponerse el sol y a las ocho y media de la tarde, tras firmar el manifiesto dirigido al país y que sólo ABC se atrevió a publicar, con un reducido séquito, salió en automóvil por el Campo del Moro, camino de Cartagena. Como única escolta un coche de la Guardia Civil con siete números y un sargento.
Media hora más tarde, la Reina Victoria Eugenia y los Infantes pasaron a la habitación del Príncipe de Asturias, que se encontraba enfermo en cama, e improvisaron una cena que casi nadie probó.
Fuera, en la plaza de Oriente, los guardias de seguridad, con los escudos
arrancados del casco, impedían
que grupos de manifestantes asaltaran las ventanas de Palacio.
El Rey llegó a Marsella procedente de Cartagena en el crucero Príncipe Alfonso. Eran las cinco y cuarenta y cinco de la mañana del 16 de abril. En dos taxis el Rey y sus acompañantes se trasladaron al hotel Noailles. Sólo tenía
45
años y había sido Rey de España desde el instante de su nacimiento. Ahora, se le venía prematuramente envejecido, agotado. Había resignado el poder real para evitar una guerra civil, pensando que los españoles volverían a llamarle. Pero no fue así. Había comenzado su exilio, un exilio que nunca comprendió, que le llenó de amarguras y soledades y que fue, a la postre, su muerte, diez años más tarde, con sólo cincuenta y cinco de su edad y convertido en un auténtico
anciano.
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