Constituye
pasatiempo favorito de los historiadores preguntarse por las causas del
colapso de la segunda República; es menos frecuente cuestionarse
si tal colapso era, entonces, predecible para un economista profesional.
La República sobrevino en unas circunstancias
bastante favorables. La situación de los trabajadores, penosa para
estándares actuales, había mejorado con Primo de Rivera y
la Monarquía constitucional. Un manojo de normas de las etapas anteriores
encauzaba conflictos y mejoraba condiciones de los trabajadores en la industria.
Durante la Dictadura, se había implantado un mecanismo de arbitraje
en los centros de trabajo. Desde 1904, regía la obligatoriedad del
descanso dominical. Y desde 1918, la jornada de ocho horas en muchas industrias.
Además, un primitivo sistema de protección social había
iniciado su andadura con la ley de accidentes de trabajo de la Monarquía
constitucional y los beneficios por maternidad de Primo de Rivera, el Instituto
Nacional de Previsión y el plan voluntario de pensiones
División sindical
En 1931, el movimiento obrero era un Jano bifronte.
Tanto el PSOE como la UGT colaboraban con la Monarquía constitucional,
y con la misma Dictadura. Y no tuvieron empacho en apoyar los comités
paritarios de conciliación.
La UGT defendía las cooperativas para atender
perentorias necesidades sociales, ahorro, consumo, viviendas baratas, etc.
La Mutualidad Obrera brindaba servicios de hospitalización, o quirúrgicos.
Es verdad que la otra cara de Jano estaba constituida por el movimiento
anarquista, enfadoso competidor de la inicialmente gradualista UGT. La
CNT era violentamente antisistema.
En fin, muchos historiadores señalan la escasa repercusión
de la crisis mundial de los años treinta sobre la economía
española dado al magro desarrollo económico del país.
Con gran peso del sector agrario, tecnológicamente atrasado, presentaba
el producto interior un perfil temporal de dientes de sierra, trasunto
de su estrecha dependencia de factores climáticos; no de la coyuntura
internacional. Además, la ascensión salarial del período
1931-1933 reforzaba el aislamiento. Ya un trabajo del Banco de España
insistía, en 1934, sobre estas explicaciones. Claro que una subida
de salarios no podía, si bien se mira, constituir fuente de inmunidad
frente a la crisis, pues, aunque inyectara liquidez para el consumo, no
dejaría de generar alto volumen de paro y menor demanda de trabajo,
ahora sustituido por capital; todo, en un mundo irrespirable de gran tensión
social.
Con el desempleo se hundieron el consumo y el crecimiento.
En 1935 el
paro doblaba, prácticamente, al de 1931. La crisis, inducida en pequeña
medida por contagio, y en mayor grado por respuesta de las unidades internas
de decisión, fue poco profunda, pero larga. Se dirá que el
retardo de la prosperidad se debió a la ortodoxia de la política
monetaria y, en buena medida, de la política fiscal, y a la vigilancia
estricta de la deuda pública. Sin embargo, pienso que fue la tremenda
crispación, la conflictividad ascendente, y la incompetencia de
las autoridades lo que retrasó la recuperación. Con un clima
de seguridad, las fuerzas espontáneas del mercado devolverían
la bonanza.
Reformas radicales no constituyen la prioridad más sensata en una
economía estancada. Si, además, van en la dirección
equivocada la ruina está servida. No podían las autoridades
alejarse de la ortodoxia pues la Balanza de Pagos, acosada por el derrumbe
de las exportaciones, cerraba con abultado déficit. Sedienta de
capitales, no tenía la economía otra opción para mantener
la credibilidad de los mercados y atraer capital, obturando el boquete
de la Balanza de Pagos. Pero la política laboral de Largo Caballero
fue un disparate, y mayúsculo dislate constituyó la cirujana
reforma agraria, efectista, ineficaz y políticamente explosiva.
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