Unas elecciones municipales
cambiaron el destino. Los partidos monárquicos ganaron apuradamente
en el conjunto de España, pero los republicano-socialistas se hicieron
con el poder en las grandes ciudades. Esa victoria parcial (o la «derrota
moral» de sus oponentes) bastó para que se proclamara la república
en muchos ayuntamientos y para que se sucedieran las manifestaciones de
celebración en la calle. A la vista de lo ocurrido, Alfonso XIII
decidió abandonar el país.
ERA un 13 de abril, pero faltaban todavía doce meses para que
se proclamara la Segunda República española. Corría
el año 1930 y no hacía mucho que la dictadura del general
Primo de Rivera había terminado. Ese día, toda la atención
política del país estaba puesta en un ex ministro de la
monarquía y miembro del Partido Liberal llamado Niceto Alcalá-Zamora.
Había anunciado que hablaría en el Teatro Apolo de Valencia
y eran muchos los que esperaban algo sonado. No defraudó; se declaró a
favor de la república, explicando que la «legalidad constitucional» estaba «deshecha» y
era «imposible de reconstruir».
Nada podía ser más positivo para los republicanos que
el hecho de que un ex monárquico liberal diera por imposible la
asociación de monarquía y régimen constitucional.
Faltaba, no obstante, que aquellos fueran capaces de superar su tradicional
división. El movimiento republicano creció sustancialmente
durante aquel año, pero nunca llegó a ser tan fuerte como
para derrotar al régimen monárquico en la calle con la
tradicional huelga revolucionaria. Lo intentaron, de hecho, y el fracaso
fue estrepitoso. Sin embargo, la oposición republicana sí consiguió algo
que habría de resultar trascendental para su victoria: a mediados
de agosto sellaron, en San Sebastián, la unidad de acción
de casi todos los partidos republicanos. No eran pocas ni menores las
diferencias entre ellos, pero pudieron constituir un comité revolucionario
conjunto que serviría, a la postre, para dar forma al futuro gobierno
provisional de la república. Fue esa unidad de acción,
más importante en el terreno de la propaganda que en el de la
movilización popular —aunque esto tardaran en entenderlo—,
lo que, unido a la desorientación y debilidad creciente de los
partidarios de la monarquía, más debilitó la causa
monárquica.
La Segunda República se proclamó el 14 de abril de 1931.
No fue el fruto de una revolución violenta ni el resultado de
un proceso de transición pactado. Fue una consecuencia no prevista
de los resultados de unas elecciones locales celebradas dos días
antes. A la vista del triunfo de la coalición republicano-socialista
en las grandes ciudades, y una vez informado de que el gobierno interpretaba
los resultados como una derrota moral, Alfonso XIII decidió abandonar
el país.
Aunque hubiera sido de forma pacífica y hasta cierto punto festiva,
para la mayoría de los miembros del movimiento republicano, incluidos
los socialistas, lo ocurrido aquel 14 de abril fue interpretado como
una revolución en toda regla. Estaba por ver, sin embargo, en
qué habría de traducirse esa amplísima generación
de expectativas de cambio.
En un principio, el nuevo gobierno actuó conforme a las ideas
de su presidente, Alcalá-Zamora, partidario de construir una República
conservadora. Fue él quien tomó las riendas del ejecutivo
e hizo público, previo acuerdo del mismo, un Estatuto Jurídico
en el que se afirmaban algunos principios liberales básicos, se
garantizaban los derechos civiles y se prometía la reunión
de unas Cortes Constituyentes. La declaración sirvió al
menos para tranquilizar a las clases medias y reforzar la posición
del sector de la derecha católica que defendía la moderación
y el posibilismo. La Iglesia católica, de hecho, y aun con el
desacuerdo de destacados prelados, manifestó oficialmente su voluntad
de acatar el nuevo régimen.
Sin embargo, no era ese comienzo proclive a la negociación con
las instituciones del antiguo régimen, lo que la izquierda republicana
y los socialistas, que tenían más de la mitad de las carteras
ministeriales, deseaban. Su idea de la «revolución republicana» era
otra bien distinta, en la que el proceso no se agotaba en la caída
de la monarquía, sino que debía traducirse en una obra
legislativa profunda y urgente. Convencidos de que en el pasado, la modernización
del país había sido imposible por el espíritu transaccional
de los viejos liberales, ansiaban una República que no traicionara
una vez más las aspiraciones de cambio del pueblo español.
Para ellos no se trataba de reformar; la palabra reforma, de hecho, apenas
formaba parte de su vocabulario político. Había que llevar
a cabo una transformación radical de la sociedad y de las instituciones,
y eso sólo podrían hacerlo los republicanos. No había
tiempo que perder ni necesidad alguna de concebir la nueva democracia
republicana como un sistema político en el que tuvieran cabida
los representantes de ese antiguo régimen a extinguir.
La historia de los meses que transcurrieron desde abril de 1931 hasta
la aprobación de la Constitución republicana, en diciembre
de ese mismo año, estuvo fuertemente condicionada por la tensión
entre esas dos posturas. De un lado, la república conservadora
o respetable de la derecha republicana, partidaria de negociar con la
Iglesia la separación de esferas y de establecer un marco constitucional
que recogiera mecanismos como el Senado, con los que amortiguar el impacto
de la llegada repentina de la movilización democrática.
Sus posibilidades de éxito mermaron considerablemente a raíz,
primero de la quema de conventos en mayo de 1931, y segundo por los decepcionantes
resultados electorales de los republicanos conservadores en las elecciones
constituyentes celebradas en junio. De otro, los socialistas y la izquierda
republicana más extrema, los radical-socialistas, que cosecharon
un buen resultado electoral, partidarios de que la Constitución
recogiera un programa de cambio revolucionario que asegurara el cumplimiento
de las expectativas despertadas en abril.
Entre medias, el centro-izquierda
republicano liderado por Azaña, con una
pequeña minoría parlamentaria, y el Partido Radical de
Lerroux, el segundo grupo de la Cámara, los dos con posturas ciertamente
ambiguas con relación a la idea de constitucionalizar la revolución,
aunque ambos acabaran apoyándola con más o menos reservas.
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