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MIGUEL ÁNGEL BARROSO, Martes 26 de febrero de 2008

entrevista

La Tierra puede sobrevivir al cambio climático; otra cosa es que lo haga el ser humano

Fernando Jiménez, escritor y biólogo. Autor del libro «La sexta extinción».

Está ocurriendo. La gente pasea en manga corta o con una chaqueta fina por el centro de Madrid. El calendario no engaña: finales de enero, es decir, mitad del ¿crudo? invierno. Fernando Jiménez López acaba de llegar de Barcelona: «Allí la temperatura es aún más suave. Ayer estuve montando en bicicleta con la equipación de verano y tomando el sol». El autor de «La sexta extinción» (editorial Zenith) afirma que el cambio climático no es cosa de ecologistas chiflados o científicos catastrofistas. Lo estamos viviendo. Hablamos de ello en la calle, en el ascensor, en el taxi: apenas llueve, no nieva, no hace frío. ¿Una mala racha, sin más? «Sufrimos varias crisis medioambientales de forma simultánea. A la locura del clima hay que añadirle la crisis del agua, el agujero de ozono, la deforestación y el consumo sin freno. El efecto combinado de todas ellas está desembocando en una especie de Apocalipsis».

La Tierra ha sufrido cinco grandes extinciones en los últimos 500 millones de años. La más grave sucedió hace unos 245 millones de años y supuso la defunción de casi el 95 por 100 de los animales y plantas. La última tuvo lugar hace 65 millones de años y provocó la desaparición de los dinosaurios y de tres cuartas partes del resto de especies. Ahora, el factor humano está provocando lo que en círculos científicos se llama «la sexta extinción». ¿Será la nuestra?

— El calentamiento global ha inspirado libros «apocalípticos», pero también otros políticamente incorrectos que apuntan, por ejemplo, que durante muchos periodos el clima en la Tierra ha sido más cálido que ahora y que sólo una pequeña porción de los gases de invernadero son de emisión humana. El tema de moda destapa un pulso entre pesimistas y escépticos.
— Se puede ser todo lo escéptico e irónico que uno quiera, pero estudios científicos han demostrado que el cambio climático está fuertemente relacionado con el principal gas de invernadero, el dióxido de carbono, que procede del desarrollo industrial. Si se comparan los gráficos de la subida de temperaturas y los de concentración de CO2 en la atmósfera las «fiebres» van paralelas. ¿Que ha habido épocas más cálidas en la Tierra? Por supuesto. Pero este cambio es el más brusco de los últimos 100.000 años. El problema es suficientemente serio para verlo con rigor. El calentamiento forma parte de la batería de crisis que estamos padeciendo, porque en ecología nada es independiente. La deforestación, por ejemplo, es una de las causas de la desaparición de especies y del aumento de temperaturas.

— Si la alarma tiene un padre, ése es el ecologismo tantas veces denostado. Ahora los científicos le han dado un salto cualitativo.
— Es importante que investigadores de prestigio hayan entrado en el debate, pero aún lo es más que el público vaya tomando conciencia de que las cosas no van bien. El medio ambiente no es algo etéreo, es donde vivimos. Cada vez somos más y consumimos más. Los recursos naturales no son un cheque en blanco. En el año 1900 habitaban en el planeta cerca de mil millones de personas; hoy la cifra ha llegado a los 6.600 millones, de los que 4.900 viven en países del Tercer Mundo. Si las previsiones se cumplen, seremos más de 9.000 millones de almas en 2050.

— ¿Qué opina de gurús de nuevo cuño como el controvertido Al Gore?
— Creo que se le ha criticado injustamente. Al principio pensé que actuaba por revanchismo hacia Bush, pero después descubrí que el ecologismo no es una chaqueta que se ha puesto ahora. Gore tiene este discurso desde sus años en la universidad. Entiendo que moleste: a nadie le gusta ir al médico y que le diagnostiquen una grave enfermedad. La negación es una postura más cómoda, pero por desgracia no real.

— Según la teoría Gaia, de James Lovelock, la Tierra es capaz de aplicarse su propia medicina para sobrevivir. ¿Le quitamos entonces hierro al Apocalipsis?
— La Tierra cambia. Eso es indudable. Ha sobrevivido a cinco extinciones masivas, y aquí está. Pero no olvidemos que por el camino se han quedado miles de especies. El planeta puede sobrevivir al cambio climático; otra cosa es que lo hagamos nosotros, que podamos adaptarnos. Hay que verlo con perspectiva: cuando hablo de «nosotros» no me refiero a los 900 millones de personas que viven en los países ricos, sino a los 5.500 millones que viven en los países pobres, donde la sequía mata, donde si el mar sube un metro las consecuencias serán catastróficas. La lucha no es por salvar a los osos polares, sino a nosotros mismos. No hablamos de pérdida de comodidades, de ir al cine o de compras. Hablamos de aire, agua limpia, comida, tierra fértil, un clima estable.

— En otras extinciones ha habido un fenómeno que ha provocado el colapso final. ¿Esos modelos son aplicables a lo que pasa ahora?
— En nuestra escala vital, es algo gradual; pero está ocurriendo en un suspiro de tiempo si tenemos en cuenta el ritmo geológico. Todo está relacionado. Talamos miles de hectáreas de bosque por motivos económicos; eso provoca la extinción de especies —algunas de ellas desconocidas— y una influencia clave sobre el clima, pues desaparecen los sumideros de carbono. Las emisiones tóxicas afectan a la capa de ozono, cuya destrucción desestabiliza la cadena trófica en los océanos.

— En su libro menciona a los cuatro jinetes del Apocalipsis: al rojizo «fue dado el poder de quitar la paz de la Tierra». ¿Estamos en los albores de una guerra por los recursos naturales?
— Ya ha empezado. Hay conflictos, como el de Darfur, cuyo origen hay que buscarlo en el control de las fuentes de agua potable y las tierras cultivables. La guerra contra el terror oculta un componente económico en forma de pozos de petróleo. Las fuentes del Himalaya cada vez son menos productivas, así que a China se le planteará un dilema: o compra agua o invade un paí sque lo tenga. El nuevo objeto de deseo no va a ser el oro, sino el agua limpia.

— Alguien debe beneficiarse para que las cosas no cambien con urgencia.
— El bloque de países ricos se aprovecha del Tercer Mundo. Las empresas más contaminantes, los procesos más erosivos y el expolio de los recursos naturales se trasladan a los países en desarrollo. En Brasil se destruye la selva amazónica para cultivar la soja que alimenta al ganado europeo; en Indonesia es la producción de madera y papel lo que provoca la deforestación. Quién sabe cuántos remedios para enfermedades se están perdiendo. Pero las fronteras son rayas en un mapa. No hay impermeabilidad posible ante los desastres ecológicos que ocurren lejos de nuestro confortable primer mundo.

— Se muestra muy crítico con los foros internacionales donde, aparte de buenas intenciones, no cuaja ninguna medida concreta.
— Los planes propuestos en Kioto pretendían que en 2010 se emitiese un 5,2 por 100 menos de gases de invernadero que en 1990. En vez de eso, se va a lanzar a la atmósfera un 7,7 por 100 más. Los problemas están identificados, las medidas correctoras se conocen... pero no se acaban de implementar. Y eso que nos jugamos nuestra propia supervivencia. Hacen falta soluciones reales, no gestos. Las medidas deben llegar desde arriba y efectuarse de forma coordinada en toda la sociedad. Por ejemplo, el 80 por 100 del aguadulce en España lo malgasta la agricultura. ¿Por qué no se hace algo para frenar este despilfarro? Hay que apostar sin tibieza por las energías renovables, que son el futuro. Ahorrar en la fase industrial, porque consumir menos no significa comprar menos, sino reducir la energía en el proceso de producción. Es preciso un público bien informado que exija de sus políticos un cambio, y que se cumpla; que los ecologistas moderen sus respuestas sin dejar de ser un contrapunto, ya que habrá que aceptar soluciones de compromiso. Acercar el primer y el tercer mundo; la pobreza es causa y consecuencia de los principales problemas medioambientales. Y ser conscientes de que la ecología, al final, es rentable.

Fernando Jiménez (en el centro de la imagen) cruza el Paseo de Recoletos, en Madrid, en una soleada y templada mañana invernal.
«El planeta cambia. Ha sobrevivido a cinco extinciones masivas, y aquí está. Pero por el camino se quedaron miles de especies»
«No se trata de salvar a los osos polares, sino de conservar el aire, el agua limpia, la comida, la tierra fértil, un clima estable»
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