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Los chistes

Para que yo haga chistes
una señora gorda de apretada gordura,
pugnaz en la estrechez de su bikini,
suspira ante el espejo imaginando auroras
en los brazos de un cursi engominado
que se dice melancólico
para que la gorda alivie el monedero
en su auxilio. Miseria entre suspiros
y un magreo
que entristece a las gárgolas y regocija a un párroco
después del veraneo.
(Asoma aquí la rima consonante,
¿me habré hecho yo poeta en un instante?)

Para que yo haga chistes,
un diputado audaz y asaz incompetente
e incapaz
bosqueja disposiciones y un discurso
junto al cual un buñuelo de viento
sería como mármol esculpido en metopa
y lo recita (eso si) envuelto en ortodoxia
para que un periodista adicto lo comente
con tanta seriedad como conviene
para enturbiar el claro transcurrir
del contribuyente manso y delicado.
Para que yo haga un chiste.
Para que yo haga un chiste,
la cachonda jamona, ahora pía
feligresa y votante bien pensante
se extraña
de que la tierra se caliente según los alarmistas
boletines meteorológicos,
pues ella ya ha olvidado las viejas apetencias
que calentaban tanto.
Para que yo haga un chiste.

Para que yo u otro haga un chiste,
un aspirante a insigne e importante
es decir un aspirante a sabio
absorbe con ahínco
como esponja insaciable y poderosa
conocimientos y fundamentos
y funcionamientos
nociones y funciones,
aventurero implacable aventurándose
por los intrincados entresijos de la ciencia,
para que, ya ahíto,
henchido de saberes y diplomas,
pueda casarse con la chica del tercero
de suntuosos muslos,
la cual, por el momento,
alberga en último entresijo
el venenoso gusano del rencor
por haber sido elegida
(lo que de ningún modo colma sus aspiraciones)
tercera dama de honor en el concurso
de Miss Laboratorios Farmacéuticos,
cuando ella aspiraba a la corona
y a la portada en su revista favorita.
Para que yo haga un chiste.

Si para que un poeta se llame Ángel González
se han multiplicado íntimos acontecimientos,
peripecias y acaeceres entrañables
con surgimiento al fin del poeta
y su estremecimiento,
yo, humildemente, me avergüenzo
de haber superado infinitas auroras
e incontables memorables crepúsculos,
lunas llenas, tempestades, ceremonias,
incluso nacionalizaciones
(y tal vez me quedo corto)
para hacer apenas unos chistes.

Para yo hacer sin cesar chistes,
importantísimos señores
con la importancia enhiesta
hacen con importancia importantes declaraciones que nada importan y menos declaran.

Y cuando el otro poeta solicitaba de la inteligencia el nombre exacto de las cosas,
se pide ahora
el nombre conveniente de las cosas,
y un eslogan
que acarree entusiastas chundaratas
múltiples enarboladas emocionantes zafiedades
y algún asesinato
para que yo haga un chiste.

Para que yo haga chistes
mientras lloro

 

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