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Veintiocho años fumando, dos
paquetes diarios, un cigarrillo cada 24 minutos. Cuando se duerme
no fuma, pero a veces ha soñado hacerlo. Dos hijos de
11 y 14 años y un trabajo de dependienta. Se llama Rosa.
42 años a cuestas y... poco más. Ella es uno de
los españoles que a partir del 1 de enero tendrá que
cruzar puertas sin chimeneas entre sus labios. Este es un ejercicio
de futuro, anticiparse más de dos meses y ver qué haría
Rosa el 2 de enero en cualquier ciudad. Como cualquier otro ciudadano.
En ocho horas habrá acumulado tres expedientes de infracción
y pagará entre 661 y 11.200 euros, según la bondad
del ente sancionador.
No saldrá de su casa el día de Año Nuevo,
fecha de la entrada en vigor de la nueva ley del tabaco. Preferirá quedarse
sola. Sus hijos están con su padre hasta la noche, cosas
de las separaciones. Pero sí lo hará el siguiente,
un lunes tan vacío como otros. Sabe que ese lunes ya no
podrá fumar en el almacén del trabajo. Sabe que tendrá problemas
para inhalar nicotina con su cuadrilla en muchos de los lugares
habituales. Pero quiere estar preparada.
Intentos frustrados
Ella lo intentó hasta en tres ocasiones. La primera sólo
con su voluntad. Malo, aguantó dos días. La segunda
con parches. Peor, resistió tres días, hasta que
en un pub, un día que había conseguido «aparcar» a
sus retoños en manos seguras, decidió
arrancárselo y suplicar un cigarrillo. La tercera tenía
que ser la definitiva. Hasta fue al médico. Las pastillas
le sirvieron para recuperar sus pulmones 22 días. Resultado:
120 euros tirados (70 de los chicles y 50 del fármaco).
La mañana del día de Nochevieja, Rosa pidió cita
con su médico de familia. No le quedaba más remedio
que dejarlo. Era viernes, se le reservó hora a primera del
lunes. Iba a ser la cuarta vez que lo intentaba.
Llega el lunes y pide a su hijo de 11 años que le acompañe
al bar a por churros. Franquea la puerta y sin sorprenderse huele
a frituras y tabaco. Los olores no habían cambiado, las
voces sí. «El niño no puede entrar».
Cara de asombro. «Aquí se fuma, me pueden multar hasta
con 600 euros si le pillan, perdona». El niño sale.
Rosa consigue la docena de churros. Con las vueltas intenta comprar
tabaco. No puede.
El dispensador las escupe
«Necesitas una ficha», dice el camarero. Se la da, aunque empieza
a estar
harto de la maquinita. Por fin... lleva dos paquetes.Regresa a
su casa y desayuna. Los churros van acompañados de café,
humo y nicotina. Lo hace frente a sus hijos, sin disimulo. Espera
a que llegue la asistenta, a quien le repugna el olor del tabaco
y ya ha comenzado a pensar en cómo decirle a su «patrona» que
no aguanta más, que no quiere respirar en su lugar de trabajo
el humo de Rosa. De su casa al garaje, Rosa fuma en el ascensor.
Malo. Vive en un octavo. En el tercero un vecino se suma al metro
y medio cuadrado. En dos segundos le amenaza con denunciarla, aunque
no sepa a quién. Estrella el cigarro en el suelo. Le podían
caer de 30 a 600 euros.
Monta en su coche. Enciende otro cigarro. Sale, tuerce a la izquierda.
Primer semáforo. Para. Un niño vende pañuelos,
otro asalta los parabrisas con un chorro de agua. Si no pagas puedes
salir con otra raspadura en el coche. No tiene miedo, sólo
respeto. Paga, pero el niño le pide un cigarro. Se lo da.
Mala suerte. Una patrulla de la Policía Local contempla
la escena. Arranca. A quince metros, es detenida. «No se
puede dar tabaco a menores, es la nueva ley. Por favor, el permiso
de conducir». «¿Me va a multar?», inquiere
Rosa. «Es la norma, lo siento, es una infracción grave,
lo que ha hecho está penado con multas de 601 a 10.000 euros»,
dice el policía.
«¿Cómo?, lo siento, no lo sabía. Si no le daba un
cigarrillo me podía romper el espejo...». «Lo siento. Recibo órdenes.
Prosiga su camino».A Rosa no le queda más remedio que reanudar
el camino. Pero no puede. Para el coche en el primer hueco que ve. Piensa en
el policía, en una multa que puede acabar con tres cuartas partes de
su sueldo, en el mejor de los casos.
Tendrá que buscar un abogado. Y pagarle. Confía,
al menos eso piensa, en que se apiaden de ella. Lo que está claro
es que debe dejar de fumar.Llega al ambulatorio. Aparca. Enciende
otro cigarro. Puede ser uno de los últimos. Vuelve a pensar
en la multa y... no puede ser... Consumido, cae sobre los adoquines.
Entra. Tiene suerte, es la primera. Le espera una doctora. Le cuenta: «Quiero
dejar el tabaco, lo he intentados tres veces...». Sale, el
consejo médico se ha resumido en una receta, otra vez los
mismos fármacos. Te coinciencias (sola), te preparas (sola)
y decides el
día en que se acaba el humo (con la fuerza de voluntad,
es decir, sola). Y
pagas, eso sí, 50 euros, el fármaco no está financiado
por el seguro.
Las primeras horas en el trabajo
Monta otra vez en el coche. Enciende otro cigarro y se dirige al
trabajo. Llega dos horas tarde, eso sí con permiso. Saluda
y entra al almacén a cambiarse. Como siempre enciende otro
cigarro. En la tienda nunca se ha podido fumar ante el cliente, éste
sí. Uno de sus compañeros le grita: «No puedes,
apágalo, estoy harto de chuparme vuestro humo». «¡Calla,
imbécil, ¿quién eres tú para decirme
qué tengo que hacer?» Mala contestación.
Su compañero abandona el almacén. Ella se queda fumando.
Cabreada. Pero él
acude al enlace sindical y éste al gerente del negocio. «O
paras esto o aviso a la inspección de trabajo, a la empresa
le caerá una buena multa (de 30 a 600 euros) y a ella, lo
mismo». Rosa ya pliega vaqueros tras el mostrador. El teléfono
suena. Es el gerente, quiere verla. Sube media planta. Abre la
puerta. «Rosa, o dejas de fumar o te pongo de patitas en
la calle». «La ley dice que no me puedes echar»,
dice. Malo. «Es la última vez que fumas en la tienda, ¿vale?».
Pasa una hora, se habría fumado ya entre tres y cuatro cigarros.
No puede
más. Sale a la calle. Hace frío pero da igual, hay
que vencer el mono, todavía no ha comprado las pastillas.
Pasan dos horas. Y lo vuelve a hacer. Sale a la calle, enciende
un pitillo. El gerente también va fuera. «O vuelves
ahora mismo o te pongo una falta por abandono de puesto de trabajo». «Vete
a la mierda», dice Rosa. Pasan tres horas, se aproxima el
descanso.
Otros 60 minutos sin fumar. Ve cómo el encargado del almacén
acaba su jornada. Y aprovecha. Malo. El enlace sindical está allí y
ve cómo ella enciende su cigarrillo. Resultado: primera
denuncia ante la inspección laboral, a Rosa le pueden caer
entre 30 y 600 euros, a la empresa otro tanto. El gerente empieza
a pensar en cómo echarla con el menor coste posible.
En el restaurante
Por fin se acaba la mañana del dos de enero. Día
aciago. Lleva dos sanciones; una multa de entre 601 y 10.000 euros,
otra de entre 30 y 600, y lo que puede ser peor, el odio de su
jefe. Cuando sale, recoge a dos dependientas que trabajan en la
tienda de al lado. Como siempre, acuden al mismo restaurante a
por el menú del día. Cuando entran notan algo raro.
No huele a tabaco. Rosa enciende el cigarro. El propietario del
local, de 150 metros cuadrados, le dice que lo apague. «Aquí no
se fuma. He tenido que preparar una zona de fumadores». «Pues
danos una mesa ahí».
Rosa y sus amigas se instalan. Las tres fuman.
Mientras dan cuenta del postre, llegan al local dos inspectores
de Sanidad. Analizan si el restaurante familiar se ha adaptado
a la normativa. Y no lo ha hecho aunque crea que sí, no
utilizando, además, la moratoria de la que legalmente dispone
hasta el uno de septiembre. Primero: la zona de fumadores no tiene
un sistema de ventilación independiente del circuito general
y el humo pasa al área donde no se puede fumar.
Segundo: la máquina expendedora sigue en la calle y sin
fichas. Tercero: los inspectores han entrado en el establecimiento
porque han pillado a un menor comprando tabaco. Resultado: tres
multas. Una por deficiente instalación, de 601 euros a 10.000.
Otra por no haber metido la máquina dentro y no cambiar
el mecanismo, de otro tanto, y una tercera, por el mismo importe,
por permitir la venta a un menor. El propietario llora y suplica.
Rosa le ve, y piensa en lo que le puede caer a ella, nada parecido
a entre los 1.803 y 30.000 euros que pueden arruinar al
hostelero.
El día es nefasto para los fumadores. Ella lo sabe y lo
siente como algo propio. Se ha quedado sin dinero, acude al cajero
antes de volver al trabajo. Lleva un cigarro encendido. «Al
menos se puede fumar en la calle».
En la calle sí, pero no en un cajero y más si hay
dos dispensadores y uno está ocupado por uno de los inspectores
que habían hecho su «agosto» en el bar. Ella
fuma mientras introduce su tarjeta de crédito.
Y van tres
A su lado, el inspector hace lo propio. Pero no sólo con
su tarjeta, también con la misma cámara digital con
la que ha retratado las infracciones del bar. Un fogonazo deslumbra
a Rosa, el inspector le ha pillado. Otro expediente sancionador
abierto. Y van tres, dos de 30 a 600 euros y otro de 601 a 10.000.
De nada le sirven las súplicas, el inspector parece regocijarse,
no en vano es el mismo que un año antes había denunciado
a un estanquero por permitir fumar en su establecimiento. Rosa
llora.
Sus amigas parecen no creérselo, ya han decidido no ir al
concierto de jazz en el polideportivo porque tampoco se puede fumar.
De madre separada con dos hijos va a pasar a arruinada y con las
mismas responsabilidades. Saca del bolso el paquete de tabaco para
coger un cigarrillo. Pero no, lo tira y lo aplasta con la bota. «Se
ha acabado». Cuando a las cinco de la tarde vuelve a entrar
en la tienda ya es una ex fumadora, exhausta y en una situación
muy peligrosa.
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