Así cambió el mundo en 2009

Irán se tiñó de verde

Mikel Ayestaran

El 12 de junio de 2009 Mahmoud Ahmadineyad fue reelegido presidente de Irán por mayoría absoluta y con su mayoría el país pasó a estar en manos de la Guardia Revolucionaria, el cuerpo de élite paramilitar que controla la seguridad y la economía del país. El resultado fue cuestionado por los candidatos reformistas que denunciaron “un fraude masivo” y llamaron a sus votantes a echarse a las calles para pedir una nueva votación. Como a lo largo de la campaña electoral, los reformistas hicieron del color verde el color de su lucha. Seis meses después nadie pide elecciones en Irán, pero las protestas no sólo no cesan, sino que son más violentas y apuntan ahora a la cabeza misma del régimen, a la figura del Líder Supremo, ayatolá Alí Jamenei, la persona que tuvo en su mano la solución, pero que no fue capaz de frenar las ansias de poder del sector más fundamentalista.

Ni los muertos en las protestas, menos de cuarenta según las autoridades, ni los cientos de detenidos, los últimos trescientos durante la celebración de la Ashura el pasado 27 de diciembre, ni las penas de muerte han logrado frenar las manifestaciones. Como ocurrió en 1979 en la revolución que acabó con la monarquía del Shá, los iraníes aprovechan cualquier festividad para echarse a las calles y mostrar su oposición al régimen. Las cartas se invierten y muchos de los arquitectos de aquellas revueltas son hoy perseguidos por el mismo régimen que ellos ayudaron a crear. Los grandes ayatolás Montazeri (fallecido en diciembre) o Saneí, el ex primer ministro Mir Husein Musavi o el ex ministro de Exteriores, Ibrahim Yazdi, están hoy en el punto de mira de un sistema islámico que ellos diseñaron, pero que ahora está en manos de la Guardia Revolucionaria.

La respuesta del Gobierno ha sido la mano dura. Las fuerzas del orden abren fuego contra las manifestaciones y no cesan las denuncias de torturas y violaciones en las cárceles, por las que al menos tres agentes han sido procesados y una prisión clausurada. ¿La crisis nuclear? Parece más una excusa de Ahmadineyad para intentar distraer la atención de sus problemas domésticos que otra cosa. El país está dividido y la república islámica vive una profunda crisis de identidad, y para las autoridades, por encima de americanos, británicos o israelíes, los propios iraníes de la oposición son su mayor preocupación.

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