Así cambió el mundo en 2009

Los espejismos rotos de la China post-olímpica

Pablo M. Díez

Entre los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008 y la Exposición Universal de Shangai de 2010, 2009 se presentaba como un año de transición para China. Un año que, en comparación con la revuelta tibetana que precedió a los fastos olímpicos y el terremoto de Sichuan, debía ser tranquilo.

Todo ello a pesar de que el 4 de junio se conmemoraba el veinte aniversario de la masacre de Tiananmen y de que el 1 de octubre se celebraban los 60 años de la fundación de la República Popular China. Mientras que el régimen de Pekín silenciaba la primera efemérides, volviendo a detener a los disidentes y censurando internet, se volcó de lleno en la segunda con un espectacular y multitudinario desfile que sirvió para mostrar su ascenso militar como superpotencia.

Una auténtica fiesta marcada por la propaganda y unas medidas de seguridad tan draconianas que cerraron el centro de la capital china a cal y canto y sólo permitieron a sus habitantes ver el desfile por televisión. De esta forma tan poco “popular”, el régimen, que aún se sigue denominando comunista pese a haber abrazado el capitalismo más salvaje, se legitimaba ante su pueblo tras haber superado con éxito los difíciles retos que planteaba este 2009.

Como en el resto del mundo, el año empezaba sacudido por la crisis financiera global, que provocaba el cierre de 67.000 empresas y el despido de 20 millones de trabajadores en la “fábrica global” al desplomarse las exportaciones chinas por la caída del consumo en Occidente. Los emigrantes rurales que ocupaban las cadenas de montaje en las provincias industriales de Guangdong, Zhejiang, Fujian y Jiangsu se veían obligados a hacer el petate y, con sus escasas pertenencias a cuestas, regresaban a sus pueblos en las provincias agrícolas de Henan, Hunan, Anhui o Sichuan.

Para evitar el riesgo de un estallido social, el régimen agilizaba el plan de estímulo de la economía, aprobado a finales del año pasado y presupuestado en 4 billones de yuanes (400.000 millones de euros).

Además de generar empleo incentivando las obras públicas, el Gobierno se planteaba el cambio de patrón económico para potenciar el consumo doméstico y depender así menos de las exportaciones, lo que le exige la instauración de un sistema de seguridad social y una sanidad pública para que los chinos dejen de ahorrar buena parte de sus exiguos salarios y gasten más.

A mediados de año, las medidas económicas de Pekín parecían dar sus frutos y el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) ya se acercaba al objetivo del 8 por ciento marcado para este año.

El esperado aniversario de Tiananmen volvía a pasar sin pena ni gloria en una sociedad china volcada en el crecimiento económico y, una vez más, sólo era recordado en los medios extranjeros y en Hong Kong. Precisamente, en la ex colonia británica se publicaban pocos días antes del 4 de junio las memorias póstumas de Zhao Ziyang, el ex secretario del Partido Comunista defenestrado en 1989 por reunirse con los estudiantes para intentar detener la matanza.

Y, cuando nadie se lo esperaba, el espejismo de la calma y la “sociedad armoniosa” que preconiza el presidente, Hu Jintao, estalló a principios de julio en la remota región occidental de Xinjiang, donde sus habitantes autóctonos, los uigures musulmanes que hablan una lengua emparentada con el turco, se rebelaban en el mayor levantamiento de las últimas décadas.

Unas 200 personas, la mayoría chinos de la mayoritaria etnia “han”, fallecieron en unos brutales enfrentamientos y disturbios callejeros que sembraron el caos en la capital de Xinjiang, Urumqi, y desencadenaron la contundente represión del Ejército, que impuso el toque de queda, bloqueó internet y arrestó a cientos de uigures, algunos de los cuales ya han sido ejecutados.

Por ese motivo, los derechos humanos volvieron a centrar la primera visita a China del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quien confirmó en noviembre el ascenso del “dragón rojo” como la nueva superpotencia de un mundo que vuelve a ser bipolar.

Asia, entre el cambio histórico de Japón y la amenaza nuclear norcoreana

Arrastrando una crisis que dura ya más de una década, Japón votó por un cambio histórico el pasado mes de agosto al acabar con medio siglo de hegemonía de la derecha. Con un programa electoral de fuerte contenido social, Yukio Hatoyama se convertía en primer ministro prometiendo la recuperación económica del imperio del Sol Naciente y una política exterior menos dependiente de EE.UU. y más centrada en Asia.

Este continente volvía temblar en mayo con la segunda prueba nuclear de Corea del Norte. Pero tras varios meses de tensión, el régimen estalinista dirigido por Kim Jong-il, el país más hermético y aislado del mundo y la última frontera de la Guerra Fría, acaba de anunciar su vuelta a las negociaciones de desarme nuclear meses después de la histórica visita que el ex presidente norteamericano, Bill Clinton, efectuó en agosto para liberar a dos periodistas detenidas.

Y, mientras tanto, en Camboya se apuran los últimos compases del primer juicio contra el régimen genocida de los Jemeres Rojos. Bajo un tribunal internacional auspiciado por la ONU, este proceso comenzó en febrero sentando en el banquillo a “Duch”, el responsable de la infame prisión Tuol Sleng (S-21), donde los prisioneros eran torturados antes de su ejecución en los “campos de la muerte”.

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U, Madrid, 2009.