
La entrada en vigor del Tratado de Lisboa es la primera buena noticia en Bruselas desde hace mucho tiempo. La reforma institucional tantas veces reclamada ha entrado en vigor con más de un lustro de retraso, justo a tiempo para que en los pasillos del edificio “Justus Lipsius” ministros y diplomáticos de todos los países pudieran darse cuenta de que con 27 países –y pronto 28- era completamente imposible seguir funcionando con las reglas del consenso permanente. El salto adelante que se ha dado con la designación del belga Herman Van Rompuy como presidente permanente está lejos de ser algo que afecte solamente a la presidencia española, sino que está destinado a cambiar para siempre el rostro de un club al que hasta ahora ha sido muy difícil ponerle cara. Pronto sabremos si es el hábito lo que hace al monje, o será el monje –y no hay mejor analogía para utilizar en el caso de Van Rompuy- el que dará forma al hábito.
No se sabe tampoco si con los nuevos poderes que se le han concedido, el Parlamento será ahora la causa de los bloqueos que ocasionaban hasta ahora algunos países. En la Eurocámara puede haber también mayorías más correosas que el viejo presidente checo, Vaclav Klaus, que con su irredentismo mantuvo en vilo a toda la UE al negarse hasta el último momento a firmar el decreto de ratificación del Tratado. Su firma fue lo que puso fin a una década europea de Javier Solana. Después de un mandato en la OTAN, sus diez años como Alto Representante han servido para sacar a la UE de su viejo cascarón de la política agrícola común y del mercado interior, a una balbuceante proyección hacia el mundo. Solana ha visto pasar casi a dos generaciones de presidentes y secretarios de Estado norteamericanos y a todos ha logrado explicar el viejo problema de Henry Kissinger sobre a quién debían llamar cuando quieren hablar con “Europa”. Finalmente ya se sabe, pero resulta que a quien deben llamar ya no es a él, sino a la baronesa laborista Catherine Ashton, a la que se ha designado como su sucesora con la investidura añadida de vicepresidenta de la Comisión. Entre tanto nuevo cargo, la figura del portugués José Manuel Barroso, presidente de la Comisión, al que sus buenos manejos le han costado la renovación de su mandato, palidece a pasos agigantados. Aunque el Tratado dice que la Comisión es la que defiende los intereses comunitarios, el club de Estados que es en el fondo la UE ha sabido prevalecer, aunque sea envolviéndose en la bandera europea y poniendo a un presidente permanente.