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Ciudades

londres
por Juan Ángel Juristo

Londres ya no sufre de nieblas, a no ser las inevitables que remontan del río en esa suave planicie donde se planta la ciudad. Tampoco la miseria adquiere perfiles distintos a los de otros sitios del mundo. Incluso sus fachadas, sobre todo en los tonos crepusculares, adquieren un colorido digno de los pasteles de un Turner.

Y, sin embargo, para nuestro imaginario Londres sigue teniendo el color de la carbonilla en suspensión indefinida, con gentes que pasean en sus calles con la orondez de piel de cangrejo de los nuevos millonarios rodeados de las riquezas saqueadas del mundo, mientras a unos pocos centenares de metros vaga una multitud de esqueletos desarrapados donde la miseria y el vicio, la delincuencia y el oprobio se codean en una nueva versión del Pandemonium de Milton.


Esa mirada expresionista, ese horror del que es imposible salir, esa pesadilla moderna tiene su origen en Dickens, el cantor moderno de Londres, como en su momento lo fueron Samuel Johnson o Alexander Pope y más tarde lo será Virginia Woolf. Pero es en Dickens donde todos reconocemos a Londres, aun cuando sus calles no nos digan nada de David Copperfield, Scrooge o la Pequeña Dorritt. ¿Nada? La magia de este autor reside precisamente en que su paisaje londinense es humano, no de paisaje, eso se lo dejamos a Doré, y así nos es dado hoy ver la Navidad a través de los ojos del avaro por excelencia, o reconocer cuando vamos a tomar el metro en Victoria o subirnos a un autobús, los ojos, el acento y el gesto humano, demasiado humano, del «cockney» que nos requiebra con su extraña manera de ver las cosas, tan comunes.


Y este Londres, que nos parece ahora tan bien dibujado por el novelista, ha tenido sus malentendidos entre sus paisanos, claro. Fue Chesterton, sin embargo, el que dejó escritas las páginas más hermosas sobre Dickens y sobre Londres.

Él, que amaba a ambos hasta el fetichismo que le permitía en conciencia su católica manera, y que debía ser mucho, pues pocos exégetas escribieron líneas tan acertadas sobre esta ciudad haciéndola centro de la humanidad riente y doliente. Y eso se lo debemos a Dickens. Como muchas otras cosas.

 

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