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| londres | |
| por Juan Ángel Juristo | |
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Londres ya no sufre de nieblas, a no ser las inevitables que remontan del río en esa suave planicie donde se planta la ciudad. Tampoco la miseria adquiere perfiles distintos a los de otros sitios del mundo. Incluso sus fachadas, sobre todo en los tonos crepusculares, adquieren un colorido digno de los pasteles de un Turner. Y, sin embargo, para nuestro imaginario Londres sigue teniendo el color de la carbonilla en suspensión indefinida, con gentes que pasean en sus calles con la orondez de piel de cangrejo de los nuevos millonarios rodeados de las riquezas saqueadas del mundo, mientras a unos pocos centenares de metros vaga una multitud de esqueletos desarrapados donde la miseria y el vicio, la delincuencia y el oprobio se codean en una nueva versión del Pandemonium de Milton.
Él, que amaba a ambos hasta el fetichismo que le permitía en conciencia su católica manera, y que debía ser mucho, pues pocos exégetas escribieron líneas tan acertadas sobre esta ciudad haciéndola centro de la humanidad riente y doliente. Y eso se lo debemos a Dickens. Como muchas otras cosas.
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