Internacional.
CAMBIOS EN EUROPA.
FRANCIA. Cambio generacional
Las elecciones
presidenciales francesas de la próxima primavera
tendrán consecuencias nacionales y europeas importantes
por dos razones capitales, íntimamente ligadas. Deberá frenarse
o acentuarse el declive histórico nacional. El nuevo
o el mismo rumbo que tome Francia, permitirá o no permitirá sacar
a la UE de su insondable parálisis institucional, indisociable
de la construcción política de Europa.
>Tales procesos históricos coinciden con una
profunda metamorfosis del paisaje político nacional.
Está en marcha un cambio generacional en todas las grandes
familias políticas nacionales, acompañado del
ocaso de las ideologías tradicionales, sustituidas por
nuevos modelos de acción.
Solo la extrema izquierda y la extrema derecha presentan viejos
candidatos de otra época. Arlette Laguillier, trostkista,
fue la primera mujer francesa candidata a la elección
presidencial, en 1974. Ha participado de manera muy activa
en todas las campañas presidenciales, desde entonces,
sin salir nunca de la marginalidad. Jean Marie Le Pen, extrema
derecha, también ha sido candidato, siempre, desde el
mismo año. Decanos entre los candidatos minoritarios,
ambos caminan con paso decidido hacia el ocaso último.
En el caso de Le Pen, se trata de un ocaso potencialmente incendiario.
En el 2002, el líder de la extrema derecha eliminó en
la primera vuelta al candidato socialista, Lionel Jospin. La
primavera que viene, Le Pen pudiera precipitar una nueva tormenta
política nacional, amenazando a Nicolas Sarkozy y Ségolène
Royal, los candidatos favoritos.
Subrayada la doble excepción extremista, la derecha
y la izquierda moderadas están consumando, a su manera,
muy distinta, distintos cambios político y generacional.
No es posible descartar una nueva candidatura a la reelección
del presidente Jacques Chirac, que ya fue candidato en 1981,
1988 y 1995, cuando terminó por triunfar. Pero son muy
mayoritarios los analistas que predicen su renuncia, a muy última
hora, para intentar preservar su menguada autoridad personal.
En el centro derecha domina la personalidad de Nicolás
Sarkozy, ministro del Interior y presidente de la Unión
por un Movimiento Popular (UMP), que pudiera afrontar las posibles
candidaturas rivales de Michelle-Alliot Marie, ministra de
la Defensa, o Dominique de Villepin, primer ministro.
Sarkozy hace campaña en nombre de la «ruptura
tranquila», que es una forma amable de denunciar veinticinco
años de demagogia de izquierda (François Mitterrand)
y derechas (Jacques Chirac), como afirman con cierta brutalidad
algunos de sus consejeros políticos más influyentes.
La «ruptura tranquila» prometida por el líder
conservador mejor situado en los sondeos aspira a poner coto
al declive histórico nacional de las dos últimas
décadas.
Sarkozy encarna al mismo tiempo la ruptura generacional con
Chirac, la ruptura ideológica con el nacionalismo gaullista
tradicional, la ruptura con un cierto antiamericanismo rampante,
y la promesa de un reequilibrio ideológico más
favorable hacia los modelos liberales. Para consumar tales
proyectos de ruptura, Sarkozy tendrá que conseguir grandes
equilibrios entre las distintas familias del centro derecha
francés.
A la izquierda socialista, Ségolène Royal ya
ha consumado una primera ruptura: ha convertido un partido
de «barones», ideólogos y burócratas
en un partido que aspira a la «democracia participativa».
Formada en la escuela inmoralista de François Mitterrand,
Ségolène está dispuesta a llamar «socialismo» a
cualquier cosa que reclamen los sondeos de opinión y
ella está dispuesta a prometer.
Tras eliminar a sus rivales Dominique Strauss-Kahn y Laurent
Fabius, Ségolène ha puesto a sus pies a la vieja
burocracia interna del PS, y se apoya en los sondeos de opinión
para imponer sus criterios contra los ideólogos socialistas
más renuentes.
Ségolène sólo ha hecho promesas muy generales
de mejor bienestar social y más prosperidad ecológicamente
responsable. Pero nadie conoce con precisión sus proyectos
de fondo. En el momento crucial, deberá convencer a
las extremas izquierdas (trostkistas, ecologistas, alter mundialistas)
que sus programas no son centristas ni conservadores.
Tanto Sarkozy como Ségolène deberán afrontar
los mismos y trágicos dilemas. Una Francia que ha perdido
influencia en Europa. Una economía nacional que lleva
veinte años produciendo menos y creando más paro
que sus principales vecinos. Un Estado que funciona como «ogro
filantrópico»: gasta más dinero del que
tiene, endeudando a los ciudadanos, creando guetos urbanos,
frenando la creación de riqueza, acentuando el declive
de una Francia víctima de sus oligarquías burocráticas.
Ante tal situación, bien conocida, Sarkozy y Ségolène
proponen remedios retóricos muy distintos.
Sarkozy es consciente de la gravedad de la crisis. Y lleva
varios años matizando su proyecto personal de ruptura. Él
mismo ha denunciado, en muchas ocasiones, la injusticia del
modelo social francés, incapaz de crear empleo, incapaz
de gastar con justicia y equidad, con unas cuentas sociales
que confirman la injusticia, cuando no la crean y ahondan.
Ségolène se limita a culpar a las derechas de
todos los problemas de Francia, evitando la crítica
de los dos septenios de Mitterrand (1981-88, 1988-95) y el
quinquenio socialista de Lionel Jospin (1997-2002). Ella misma
fue ministra y jugó un papel político activo
durante todos esos años. Ségolène se limita
a insistir en que una mujer presidenta, socialista, devolverá la
esperanza a los empresarios y las clases populares. Y esa esperanza
que ella dice encarnar será el «motor del cambio».
Ante tales incertidumbres, el rumbo político que tome
Francia el mes de mayo que viene será decisivo para
el destino de la construcción política de Europa.
La crisis institucional de la UE viene de muy lejos. Europa,
en definitiva, todavía no ha asimilado plenamente el
derrumbamiento fáustico de la antigua URSS, tras la
caída del Muro de Berlín. Pero el «no» francés
al proyecto de Tratado institucional europeo, el 29 de mayo
de 2005, fue una catástrofe fatal para la construcción
política de Europa. Alemania tiene proyectos propios
para intentar «relanzar» tal proceso. Pero la crisis
francesa de fondo, acentuándose, o iniciando un intento
de ruptura, serán determinantes para el futuro inmediato
de la UE.
En el terreno económico, la crisis francesa afecta a
todos sus grandes vecinos. Y es uno de los frenos históricos
de la UE, cuando los nuevos «motores» de la economía
mundial, EE.UU., China, India, etc., crecen a un ritmo mucho
más vigoroso, desde hace veintitantos años.
En el terreno político, los lazos trabados dentro de
la UE tienen incontables relaciones. Las políticas institucionales,
judiciales, policiales, agrícolas, etc., son objeto
de bizantinos chalaneos europeos. Y Francia está históricamente
en una encrucijada geográfica, entre los intereses de
la Europa del sur (España, Italia, Portugal, Grecia)
y los intereses de la E]uropa del norte (Alemania,
Polonia, y todo el este continental).
Grandes debates
En el terreno diplomático y militar, los siempre empantanados
proyectos de Europa de la seguridad y la defensa,
los grandes debates trasatlánticos sobre el puesto de
la OTAN y la Alianza en la nueva geografía mundial de
la inseguridad, se verán sin duda afectados por el rumbo
que pueda tomar Francia el verano que viene.
El voto, el peso y la influencia de Francia en la Europa han
cambiado mucho durante los últimos veinticinco años.
A través de sus ideas y su diplomacia, Francia todavía
estuvo en el origen del antiguo Sistema Monetario Europeo,
la elección del Parlamento Europeo a través del
sufragio universal, la creación del mercado único.
El rechazo francés al proyecto de Tratado institucional
europeo marcó un jalón histórico que todavía
es pronto para evaluar en su definitivo alcance continental.
Las próximas elecciones presidenciales debieran aclarar
si fue sólo un accidente o el síntoma de un melancólico
declive.
La crisis de Francia quizá sea indisociable de las muy
distintas crisis europeas, unidas, quizá, en un mismo
y melancólico ocaso continental. Con matices propios.
Pero España puede cultivar la ilusión de sus
relaciones americanas, como el Reino Unido. Alemania es la
gran encrucijada entre Europa y la oceánica estepa ruso-asiática.
Europa, por el contrario, es el único «horizonte
utópico» de Francia. Su posición geográfica,
su influencia relativa, sus relaciones históricas con
Alemania, Inglaterra, Italia y España, la convierten
en un aliado indispensable. De ahí que la agravación
de su declive, o la ruptura con las sirenas de la decadencia,
afectan a toda Europa.
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