miércoles 4 de julio de 2012
Valoración:
GABRIEL ALBIAC
Conviene saber a qué gente hemos venido halagando. Aunque duela

«DURANTE nuestra última estancia en Siria pudimos comprobar los importantes esfuerzos realizados por Vuestro país en momentos particularmente difíciles y complejos. Tanto en Damasco como en Palmira y Alepo, sentimos el pulso de un país vivo, con ánimo de avanzar y de abrirse al exterior. Desde Vuestra primera visita a España, al poco tiempo de Vuestra toma de posesión, me impresionó la profunda ilusión y el esfuerzo personal desplegados para que Siria alcance los mayores niveles de desarrollo y bienestar a través de un constante proceso de modernización. Estoy convencido de que esta tarea y dedicación -no siempre sencilla- dará sus frutos, y que el esfuerzo que sigáis desplegando será correspondido con nuevos avances. Os reitero el apoyo de España en tal empeño» (http://www.casareal.es/noticias/news/785-ides-idweb.html). ¿Quién fue el «especialista» en asuntos del Cercano Oriente a quien encargó el entonces ministro de exteriores Moratinos redactar semejante colección de disparates para ser leída durante la recepción oficial al presidente sirio Bashar Al-Assad, el 1 de junio de 2004? Es lo primero que me ha venido a la cabeza tras leer el informe sobre la tortura en Siria publicado ayer por Human Rights Watch (http://www.hrw.org/reports/2012/07/03/torture-archipelago).

Lo que ese informe de la más fiable de las organizaciones internacionales encargadas de velar por los derechos humanos saca ahora a la luz no es nuevo. Pero la fría acumulación de datos, que compone lo esencial del dossier, deja en el alma un como remordimiento profundo: el de ser miembro de esa cosa horrible que es la estirpe de los hombres, curiosos animales que hacen de la crueldad último criterio.

La tortura, analiza el documento, no es una irregularidad o un estado transitorio del despotismo sirio; es el fundamento mismo del régimen puesto en pie por Assad padre y heredado por Assad hijo. Para quienes recuerden que el partido Baaz, médula de esa hereditaria dictadura, nació como variedad específicamente árabe del nazismo, ninguna sorpresa podría haber en ello. La filiación aparece, desde el primer momento reivindicada por su fundador, Zaki al-Arzouzi, para quien, más que el fascismo, es el nacional-socialismo alemán quien da la verdadera inspiración sobre la cual alzar su proyecto. Mein Kampf fue el confeso libro de cabecera del primer baazismo de al-Arzouzi y Aflaq, aquel partido de la «resurrección» árabe, asentado sobre el racismo, las mitologías del socialismo nacionalista y el antisemitismo en su forma más inequívocamente genocida.

Que un partido nazi torture está en el orden previsto de las cosas. Que el Occidente democrático haya preferido hacer, durante décadas, la vista gorda ante la sordidez del «aliado sirio», es parte de esa variedad exquisita de la infamia a la cual llamamos política internacional. Pero conviene saber a qué gentes hemos venido halagando. Aunque duela. La lectura del informe de HRW es seca y despiadada. Los modos en los cuales mujeres y niños son violados por la policía política de Assad, los hombres apaleados hasta la muerte, electrocutados hasta lo insoportable, desfigurados con ácido, soplete o agua hirviendo, hieren la imaginación del más desalmado. Pero eso puede hacerse porque nosotros lo hemos permitido, porque nosotros lo hemos financiado, porque nosotros hemos preferido acariciar el lomo de la bestia. Y, aunque ya sea tarde, aunque nada de lo que hagamos pueda calmar todo el dolor que hemos, si no infligido, ayudado a infligir, es hora de decir bien alto que aquella mala bestia que fue «nuestra» mala bestia, ha dejado de serlo.