IGNACIO CAMACHO
TENEMOS otro problema. A la crisis de deuda, a la del empleo, a la del déficit y a la de confianza se ha sumado una crisis de prestigio que plantea al atribulado Gobierno de Rajoy una emergencia relacionada con la reputación nacional, con la marca España. La debilidad estratégica del país se ha vuelto evidente y los caudillos populistas latinoamericanos han tomado nota para convertir a nuestras empresas en el chivo expropiatorio de sus delirios de orgullo soberano. Más allá del oportunista chauvinismo retórico y de la tosca reivindicación nacionalista de los caciques neobolivarianos, el motín de incautaciones en serie revela la percepción de una España anémica, decaída y pusilánime, aislada de socios y fácil de zarandear sin consecuencias significativas: una tentación al alcance de cualquier demagogo envalentonado. Al viejo payaso de las bofetadas de León Felipe se le ha puesto de nuevo en América la cara de un Quijote exánime y demacrado; un hidalgo venido a menos que encaja patadas en el culo con inquietante docilidad mientras trata de componer un gesto altivo en el que disimular la humillación impune.
Todos los gobiernos nuevos se tienen que someter a la prueba de la presión: un tanteo de fuerzas con el que los rivales foráneos y los grupos de influencia interior examinan el talante y la resistencia del poder recién llegado. En el caso del Gabinete de Rajoy el primer envite exterior no ha llegado como suele ser habitual desde Marruecos sino de Latinoamérica, donde el ascendiente español viene debilitándose desde hace más de una década; primero con el hosco liderazgo de Aznar, experto en poner cara de perro, y luego con la liviandad amable de Zapatero, que derramaba mimos, subvenciones y condonaciones de deuda a los extravagantes epígonos de Chávez y demás adalides del tardocastrismo. Ninguno de ellos necesita prismáticos de largo alcance para ver al flamante presidente español como un hombre agobiado por un cuadro crítico de problemas focalizados en el marco europeo: la situación idónea para ponerlo en aprietos y encontrarle las flaquezas con un ataque ventajista sobre la retaguardia más descuidada.
Por esa razón, la ofensiva confiscatoria contra nuestros intereses americanos amenaza algo mucho más importante que el balance de las compañías afectadas o su cotización bursátil: se trata de un evite sobre el crédito exterior de España, sobre el intangible del ascendiente diplomático, el influjo político, la autoridad moral, el peso estratégico. Y sucede en un momento de delicada fragilidad institucional en el que incluso nuestro principal agente promotor de reconocimiento y fama, que es la Corona, está en horas bajas. Se trata de un desafío primordial cuyas consecuencias van a repercutir en la imagen global de la nación. Porque lo que las Kirchner y los Morales de turno están expropiando no son sólo empresas, sino respeto.

