jueves 26 de enero de 2012
Valoración:
fernando fernández
LA economía está llena de intrigas, conspiraciones, contubernios y grandes disputas. Esta semana ha emergido la que tiene toda la pinta de convertirse en el best seller del invierno de nuestro descontento. En esencia se trata de un remake, de una nueva versión del clásico debate entre keynesianos y monetaristas. Viene con el morbo adicional, muy de los tiempos que corren, de ver cómo se las gastan dos mujeres con poder, Lagarde y Merkel. La francesa ha sentado sus reales en la actualización del informe económico del FMI y nos avisa que la austeridad europea está poniendo en peligro la recuperación mundial. Pide directamente que no nos pasemos de frenada y que le metamos un poco de alegría al gasto público. La alemana no se anda con paños calientes, las crisis de deuda no se solucionan contrayendo más deuda que tampoco se va a pagar. El contribuyente alemán es solidario, pero no manirroto. Como no tiene un destino imperial no está por la labor de un nuevo plan Marshall. Los países con problemas de financiación tendrán que ajustarse.
La nacionalidad de las protagonistas no es irrelevante. Si su disputa dialéctica, por ahora confinada al terreno de los principios económicos, se traslada al escenario de la Unión Monetaria como una confrontación franco-alemana, lo que es probable según nos acerquemos a las elecciones presidenciales galas, el futuro del euro está en peligro. Si el mantenimiento de la Unión Monetaria depende de que los alemanes consuman más, renuncien a la ortodoxia monetaria, acepten un banco central expansionista y paguen una factura ilimitada, no hay futuro. Ese es un club en el que no se admitirían a sí mismos, aunque no funcione sin ellos.
La traslación de este debate a la política española da mucho juego. Podría hacerse una versión castiza entre Chacón y Saénz de Santamaría, o incluso entre Margallo y Guindos. Dado que el ministro de Exteriores piensa que la canciller alemana llega siempre tarde, es de suponer que le habrá enviado una copia del informe del FMI y anda esperando en cualquier momento su llegada al mundo de los eurobonos y el déficit público. Espera infructuosa, me temo. Porque si como él mismo ha enfatizado, España tiene un problema de imagen, no será con excusas de mal pagador como va a recobrar la credibilidad. Este gobierno no tiene la culpa, pero los alemanes tienen un pelín de memoria y recuerdan cómo Zapatero prometió un déficit del 6 por ciento y terminó en el 8,3 por ciento después de haberse vendido como el gran converso, el mártir que se inmoló al amanecer de un día de mayo para consolidar a España en Europa. Curados de espanto, los alemanes esta vez no se contentarán con buenas intenciones, ni con sesudos argumentos, por mucho que nuestros competentes tecnócratas se esfuercen en explicarles el multiplicador del gasto público en distintos idiomas. Quieren oler a sudor y lágrimas. Habrá que dárselas para luego exigir un pañuelo común. No sé si es injusto, pero es realpolitik. Esa que inventó por cierto Willie Brandt y que en interpretación de un actor secundario como Reagan provocó la unificación alemana. La unificación europea, ese sueño federalista que cada vez se parece más a aquella maldición de tengas pleitos y los ganes, no vendrá de la mano del gasto público, sino de la austeridad fiscal. Cuanto antes lo entendamos todos, mejor nos irá. No vaya ser que nos pase como a Mourinho, cuyos problemas empiezan cuando concluye que vale todo para ganar al Barcelona.