lunes 14 de septiembre de 2009
Valoración:
FÉLIX MADERO
RODEADOS como estamos de organismos ineficaces, resulta estimulante la existencia de la figura del Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid. Hasta donde sé, la gran mayoría de autonomías prescinden de un servicio como este, que en Madrid es ejemplar. Qué más da, pensarán, hasta que los menores no crezcan y voten, todo puede esperar. Conozco a los dos Defensores que por ahí han pasado. El trabajo de Javier Urra resultó excelente en el impulso de leyes y protocolos en favor de la infancia que más sufre. Lo mismo pienso del actual. Arturo Canalda ha dicho basta. El Defensor es persona paciente y reflexiva, pero debe de estar harto de ver cómo la farándula de más baja estofa utiliza en su beneficio a sus vástagos. Por eso ha pedido a la Fiscalía que investigue si la ex de un torero mediocre está exponiendo a su hija hasta el punto de vulnerar su intimidad. La infancia como mercancía. Desde aquel atribulado personaje del Madrid maldito del XIX que, con el ataúd de su hijo bajo el brazo, pedía por tabernas y tugurios para poder enterrarlo a lo de hoy hay sólo un salto en el tiempo, pero nada más. Uno abría la pequeña caja para enseñar el cadáver amarillento y apestoso de un bebé a cambio de unas monedas. Estos de ahora pillan el cheque y directos al plató.
Canalda no está sólo para defender la infancia que sufre violencia, abandono y enfermedad. Hay un tipo de infancia silente y aparentemente normal que resulta igualmente desgraciada. Probablemente no lo saben, porque crecen en un mundo de oropeles, ausente de valores, pero suficiente en lo económico. Un mundo donde la notoriedad cutre y vomitiva termina comiéndose al personaje. Conocen la fama, no la reputación. Su nombre debiera ser Nadie, como Ulises en la Odisea. Pero no, son alguien para nosotros y para las televisiones, que fían sus subidas de audiencia a un mundo miserable y patán.
Canalda ha abierto un debate que va más allá de la protección de una niña. El Defensor nos interroga por las razones por las cuales una madre ágrafa y procaz y su hija suscitan nuestro interés. Nos interroga por la forma en que han entrado en nuestras vidas siendo como son humo, nada. La fama de la señora en cuestión se fundamenta en la ordinariez y el mal gusto. ¿Nos hace gracia? Será que eso es lo que deseamos pero no nos atrevemos a ser. Admiramos el disparate pero siempre que lo podamos ver en otro. Mientras tanto, millones de españoles complacientes se sientan ante la televisión y ven cómo pasa la vida. Mejor dicho, cómo ese aparato peligroso y absurdo nos la roba. También a una niña convertida en mercancía mediática, circo y espectáculo. Ya lo verán: no saldrá gratis.